La fuente histórica
Entiendo por fuente histórica a toda unidad de información (o serie de unidades, las fuentes seriadas) que aporta datos para resolver los problemas insertos en un objeto de estudio. Se llama fuente histórica porque, precisamente, cumple su función en el campo de un objeto de estudio dentro de la disciplina histórica.
Las unidades de información pueden ser exclusivas o seriadas, pero eso no cambia el papel de la fuente histórica como medio para obtener información con miras a conocer un objeto de estudio para producir conocimiento o saber acerca de este. Sin fuentes nunca hay conocimiento histórico.
Las fuentes (o testimonios voluntarios e involuntarios, como los definió Marc Bloch en su Apología para la historia) son el reservorio o nicho donde viajan los indicios sobre lo que ocurrió, y deben ser consultadas por los historiadores vivos de la actualidad para resolver sus preguntas acerca de lo ocurrido en el pasado remoto o cercano.
Por necesidad práctica, las fuentes históricas deben estar en el presente (aunque provengan del pasado) como evidencia empírica de lo que pudo haber ocurrido. Debido a que ellas contienen los indicios de los eventos sociales o individuales que sucedieron, pero ya no están, resultan indispensables para profundizar en las características que el devenir ubicó antes del presente.
Por esto es que se plantea que sin fuentes históricas no puede existir conocimiento histórico, pues este último resulta de la indagación de lo ocurrido en dichas fuentes. Si no hay testimonios que sirvan de soporte empírico para los asertos o conclusiones del historiador todo concluye en un simple ejercicio especulativo, solo asido a la capacidad subjetiva del investigador, pero no de los indicios que arrojó el tiempo en el presente.
Lo que facilita la configuración de los objetos de estudio y la observación histórica son las fuentes. Sin estas es imposible modelar tales objetos, como epicentro de la investigación histórica, ni afrontar los problemas que los definen. Tampoco se podría realizar la observación indirecta de los eventos del pasado y todo quedaría reducido, en consecuencia, a la subjetividad o capacidad especulativa de quien dice investigar.
Por estas razones, organizar objetos de estudio y hacer investigación histórica pasa por contar con suficientes fuentes que permitan la tarea de elaboración, mediante la imaginación histórica, de lo que pudo haber ocurrido en otros tiempos. Es decir, la construcción de la síntesis histórica, integrada por los asertos y conclusiones del historiador, así como por los hechos establecidos.
No basta con las habilidades del investigador ni es suficiente con la experiencia teórica, metodológica o técnica que él pueda adquirir en su entorno. Si no hay fuentes históricas no puede existir la historia científica tal y como la conocemos hoy.

En cierto modo, las fuentes son el nicho de los fragmentos de la memoria de la humanidad que viajan encapsulados en los diversos formatos a través de los tiempos. La tarea principal del historiador consiste en descifrar, en decodificar, desde su presente, esas huellas para entregarle a la sociedad un recuerdo razonado acerca de lo que ocurrió, tal y como lo destaca Jacques Le Goff en El orden de la memoria.
Sin fuentes históricas no podrá haber nunca objeto de estudio ni investigación histórica; de hecho, encontrar acervos de documentación empuja a elaborar nuevos objetos de estudio, como ha sucedido a menudo, tanto en Europa como en América y otros sitios. Varias de las investigaciones coloniales de James Lockhart se derivaron del hallazgo de esos acervos en América.
El objeto de estudio determina las fuentes que se han de utilizar. Si usted quiere convertir en objeto de investigación la economía colombiana debe utilizar las fuentes pertinentes para aclarar los asuntos relacionados con ella. Es imposible que logre solucionarlos acudiendo a fuentes sobre China o Australia.
Cualquier aspecto de la realidad, en forma de fuente de archivo o no, puede servir de indicio para abordar un objeto de investigación. No son solo las fuentes escritas las que tienen la función de aportar datos informativos. Lucien Febvre, en Combates por la historia, sostuvo que todo podría ser útil, lo natural o social, si aporta luces que ayuden a rehacer intelectualmente las características de las actividades humanas en el tiempo.
Los elementos geográficos o ecológicos, los cambios aportados por los seres humanos, la permanencia o variación de los caños o de los ríos y lagunas, de las funciones de la tierra ocupada, de los edificios y mucho más serían mieles del tiempo de las cuales se alimenta el historiador.
La fuente escrita es una más en el universo de las unidades de información que aprovecha el investigador histórico para razonar sobre las memorias que nos legó el pasado, pero cuyo peso dentro de la indagación científica depende del objeto de estudio.
La historia sin fuentes perdería su condición de ciencia cualitativa y cuantitativa y el estatus riguroso que hoy ha adquirido en todo el planeta. Sin ellas se acercaría a la simple especulación monda y lironda, más propia de los especuladores sin sentido que de los intelectuales de ciencia.
La ausencia de fuentes históricas mataría a la investigación histórica, pues le quitaría el oxígeno para existir como una forma de conocimiento imprescindible para los pueblos. Así como el conjunto de indicios del pasado empujaron al surgimiento y desarrollo de la ciencia histórica, la carencia de estos estimularía su desaparición, a manos de los charlatanes incurables. Esto es muy claro.