La famosa revolución molecular y la protesta colombiana
Hace unos días se armó en el país una especie de escándalo porque un individuo vinculado a la radio en Chile dio una conferencia en una universidad militar cuyo tema central era la revolución molecular disipada.
La disertación estuvo a cargo del chileno Alexis López Tapia, un reconocido militante de la ultraderecha, y el concepto se hizo muy popular porque fue utilizado por el expresidente Uribe en uno de sus trinos para dar a entender que la protesta social obedecía a un plan sistemático.
En realidad, la tesis de la revolución molecular ha sido desarrollada por varios autores europeos a partir de los años setenta del siglo XX como una crítica y una respuesta a la dominación capitalista, pero, así mismo, como un cuestionamiento a los métodos autoritarios o totalitarios en el campo de la izquierda.
La posición de Félix Guattari en torno a este asunto está expresada en el libro La revolución molecular, editado en el año 2017 por Errata naturae editores, de Madrid, España. Esta obra recoge diversas intervenciones de ese autor con respecto al tema de la revolución, incluidas algunas entrevistas.
Guattari es un caso extraordinario de intelectual francés. Su pensamiento se relaciona con Marx y con Freud, pero intenta ir más allá de ellos, bajo el criterio de que tanto el psicoanálisis como el marxismo han caído en los mismos vicios de autoritarismo y represión propios de las sociedades represivas.
En su texto, critica la burocratización en los sindicatos, en los partidos, y los métodos autoritarios y totalitarios que limitan el desarrollo del deseo bajo el capitalismo o el socialismo. En este punto hay una clara filiación con las ideas antiburocráticas de Trotsky, y con los planteamientos renovadores de Gramsci.

Este es el origen de su teoría de la revolución molecular, caracterizada como un evento antiburocrático, antiestatista y antipartidario. En esta tienen prioridad los movimientos de los grupos menores, de los individuos sin partido, de las comunidades, o de los pequeños agentes colectivos que expresan el deseo o los intereses de las minorías, de las mujeres, los estudiantes, etcétera.
Esa visión, enraizada por fuera de las organizaciones tradicionales, ensalza el movimiento de los marginales, y de todo tipo de movilización que critique el poder. Pero, así mismo, exalta el espontaneísmo de las masas, que expresan su deseo de cambio más allá de la regulación de un plan o de la dirección de un partido.
En esta concepción antiestatista, contraria al partido, a la burocratización, y partidaria de la autogestión popular se nota una clara influencia anarquista, para enfrentar los poderes tradicionales con el propósito de liberar los microdeseos colectivos, los deseos moleculares de los grupos que confrontan a los poderes establecidos y que aspiran a un cambio que los beneficie.
La revolución molecular de Guattari, en consecuencia, no ofrece ningún plan para el cambio social en sentido estricto, puesto que un plan global orquestado a través de un partido iría en contra de su sentido básico, que consiste en la liberación de las energías reprimidas de quienes critican al capitalismo desde diversos ángulos.
Es más: resulta claro que el concepto revolución aplicado a ese tipo de movilizaciones luce excesivo, pues de tales expresiones descoordinadas y espontáneas muy difícilmente resultaría un cambio revolucionario global. De estas solo saldría un proceso reivindicativo que se puede resolver mediante la reforma.
¿Por qué la ultraderecha sostiene que detrás de las movilizaciones populares en Colombia viaja la idea de la revolución molecular de Guattari? Obviamente, la principal razón está relacionada con el hecho de que no quiere reconocer la existencia de dificultades reales en la sociedad.
Es decir, para ella la explosión social en Colombia nada tiene que ver con problemas graves acumulados desde hace tiempo, todos ligados a la desigualdad extrema, a la inequitativa distribución de la riqueza, a la corrupción rampante dentro de las élites, y al trabajo sistemático de la ultraderecha para negar la posibilidad de salir del enredo social mediante el diálogo y la reforma.
Para los grupos reaccionarios es más efectivo acudir a las teorías conspirativas para enmascarar las dificultades y salvar su responsabilidad, echándole la culpa de los incordios a otros. Y echarle la culpa de los problemas al enemigo no solo busca lavarse las manos, sino justificar las medidas de fuerza.
Plantear que la movilización popular en Colombia es fruto de un plan inspirado en la teoría de la revolución molecular de Guattari es un contrasentido, pues la idea de plan está muy lejos de lo que pensó este filósofo, quien se deslizó hacia una especie de culto al espontaneísmo y quien, además, era partidario de la liberación del deseo de cambio, más allá de las estructuras partidarias.
La explosión social en Colombia no puede ser explicada con ninguna teoría conspirativa, ni mucho menos con la ya famosa revolución molecular disipada. La raíz de esa explosión está en los graves problemas que aquejan a la juventud y a los grupos bajos de la estructura social, los cuales se agudizaron bajo la pandemia.
Es cierto que hay mucho odio acumulado por efecto de la guerra y de la polarización, pero esa indignación no ha sido planeada por nadie, sino que es una secuela de los conflictos no resueltos, y de haber desaprovechado la coyuntura de los acuerdos de paz de La Habana para transformar la sociedad mediante las reformas adecuadas.
Ojalá que el país aproveche esta coyuntura crítica, inundada de violencia, para alcanzar unos acuerdos que restablezcan la calma. Lo que menos le conviene a la nación es echarle más fuego a la hoguera, con el grave riesgo de que nos quememos todos.
Lo más conveniente es alcanzar unos compromisos de fondo que ayuden a mejorar la calidad de vida de la juventud y de los estratos populares. Unos acuerdos serios, mediante el diálogo y la concertación, y sin engaños ni trampas.