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La esperanza socialista en Colombia

Colombia es un país lleno de desigualdades económicas extremas, de iniquidades y de partidos, políticos y personas inmersas en la corrupción que poco aportan para construir una sociedad más equitativa y justa, con instituciones democráticas sólidas y un ambiente social más incluyente.

La guerra ayudó a exacerbar las contradicciones, pero no a superar los problemas de fondo de la nación, relacionados con la excesiva concentración de la tierra y, en general, de la riqueza. Los males básicos de la sociedad están a la espera de soluciones que se apoyen en la experiencia histórica nacional e internacional.

Este es un asunto fundamental que se juega en las próximas elecciones para elegir congresistas y al nuevo presidente de la república. Es un aspecto de primer orden porque justifica la protesta de millones de personas descontentas con la situación de Colombia y con el establecimiento que, de uno u otro modo, se beneficia de un estado de cosas insostenible.

La mayoría de quienes critican al sistema se agrupan alrededor de un sector del electorado que podría caracterizarse como de izquierda o de centro izquierda. Esta reflexión está dirigida, especialmente, no a aquellos que pelechan dentro de una sociedad inicua sin conmoverse, sino a los preocupados por construir un entorno social más solidario y saludable.

La esperanza socialista en Colombia se pasea por las mentes de los mayores y de los jóvenes que ven con desespero el mantenimiento de unas condiciones que favorecen, sobre todo, a las élites concentradoras del poder y de la riqueza. Por las discusiones que he sostenido con ellos, dentro y fuera del aula, parece ser que su socialismo no es un camino al futuro sino al pasado.

Por la razón que sea, esas personas siguen pensando el futuro del país con las ideas que resultaron de analizar las características socioeconómicas y políticas del capitalismo del siglo XIX. Inexplicablemente, ellas pasan por encima de las experiencias prácticas socialistas del siglo XX.

Es decir, en sus mentes no ha pasado nada con las propuestas de Karl Marx para cambiar la sociedad en ese último siglo. Aparte de ser ya un pensamiento del pasado casi remoto, las teorías de este gran pensador para destruir al capitalismo demostraron ser un completo fracaso. Esto no son simples palabras, pues se asienta en la experiencia histórica y en los hechos establecidos por los historiadores.

La Unión Soviética se derrumbó estrepitosamente en los años 90 del siglo XX y lo mismo ocurrió con todos sus satélites, antes y después de 1991, iniciando una transición hacia el capitalismo que se conoce bien por los expertos. Para mal de males, lo ocurrido luego de esa terrible crisis nada tuvo que ver con la implantación de una sociedad menos policial y eficiente, sino con el desarrollo del más feroz capitalismo salvaje, que acabó hasta con los beneficios obtenidos por las masas bajo la revolución.

La dirigencia china, ante la paquidermia e ineficiencia del modo de producción socialista, optó por reemplazarlo, a finales de los años 70, por una economía esencialmente capitalista, con sus inversores nacionales y extranjeros, con la producción generalizada de mercancías y con un mercado interno muy dinámico, cuyo motor ha sido el modo de producción capitalista.

Esta misma ruta también fue seguida por los vietnamitas, país donde más del 80% del empleo está en manos de las empresas privadas y donde la mayor parte de la riqueza nacional es generada por la economía de mercado. ¿Qué significan estas señales de la realidad del siglo XX y del XXI?

Significan que la esperanza del socialismo en Colombia ya no puede apoyarse en las teorías del cambio social de Marx, sin repetir la historia de la catástrofe del socialismo marxista del siglo XX. Ya no son solo el capitalismo y la democracia los que están en crisis, sino el socialismo ideado por Marx, el cual influyó sobre todas las revoluciones socialistas de este planeta.

De acuerdo con lo ocurrido, y para no repetir errores, los ideólogos y los políticos deben tener en cuenta la evidencia histórica con el propósito de estructurar salidas viables que sepan recoger, quizás no lo mejor, sino lo menos malo de la experiencia mundial.

La peor alternativa consiste en repetir los viejos errores de la humanidad sin darse cuenta, por dogmatismo o ignorancia, que eso ya no hace parte de un futuro promisorio, sino que está asentado en el basurero de la historia.

En este sentido, lo menos malo no son ni la dictadura socialista ni una economía completamente estatizada, que eso fue lo que colapsó en la Unión Soviética y sus satélites, y que es lo que está arrojando síntomas de crisis en Cuba. Tampoco lo manos malo es construir una sociedad policiva que no deje respirar a quienes no están de acuerdo con los poderes establecidos, como ocurre ahora en Corea del norte.

Lo menos malo (no lo perfecto) tiene que ver con la creación de un ambiente legal que facilite la resolución de los conflictos por la vía de las leyes; lo menos malo, teniendo en cuenta la evidencia histórica, consiste en elaborar un sistema de derechos y deberes que respete, en la práctica, la libertad individual y colectiva.

Así mismo, siempre será mejor resolver las contradicciones políticas por la vía pacífica, sin echar bala. La única ruta que ha creado la humanidad para eso se llama democracia, realidad soportada en un cuerpo de instituciones que, si funcionan como debe ser, permiten el desenvolvimiento de la sociedad por canales menos tortuosos que los que provienen de la ley de la selva o del más fuerte.

Finalmente, la historia de la humanidad permite establecer que no hay nada superior a la economía de mercado para producir riqueza. El dato más relevante en este sentido es lo que están haciendo los chinos con su economía de mercado, la cual les ha permitido sacar más de 700 millones de personas de la miseria y de la pobreza y convertirse en una potencia económica mundial.

Es muy sencillo: si se quiere repartir bienestar hay que producir la riqueza necesaria para eso. Si se tiene un modo de producción, como el socialista, con tendencia a la ineficiencia y al estancamiento, nunca se podrá mejorar la calidad de vida de las masas, aunque los deseos altruistas dominen la mente de los dirigentes.

La evidencia obtenida de China y de Vietnam es muy diciente en este punto. El reparto de pobreza y miseria es típico de los modos de producción paquidérmicos e ineficientes, como el de Corea del Norte y de Cuba. En estos últimos, aparte de soportar un régimen cerrado y policivo, la gente tiene que aguantar una calidad de vida lamentable por efecto de su sistema económico.

No se puede seguir pensando el futuro aferrados a un pasado gris y tortuoso, que enseña muy pocas cosas sostenibles. Hay que alimentar la esperanza con lo mejorcito, o con lo menos malo, que brota de la experiencia histórica.

El presente nos indica que sí podemos organizar una sociedad con una sólida acción estatal, sobre todo para apoyar e impulsar a los desvalidos; con una economía de mercado que ayude a generar riqueza y empleo; y con un sistema legal y una democracia que ayuden a desarrollar civilidad, no salvajismo.

Quienes todavía no creen que esto es posible y piensan que solo es factible la aplicación de los fracasados modelos económicos y políticos de Marx, échenle un vistazo a los Estados de Bienestar que funcionan en el norte de Europa y que hoy también promueven los chinos y los vietnamitas.

La esperanza nutrida por la capacidad crítica y la evidencia histórica es mucho mejor que el dogmatismo apoyado en la ignorancia. Hay que remodelar el deseo de cambio en este país para evitar la catástrofe disfrazada de paraíso.

 Líder norcoreano Kim Jong-un.