La desigualdad: la nueva pandemia
Aún recuerdo cómo, al comienzo de la pandemia, conocidos de todas las profesiones y niveles educativos especulaban (o especulábamos) sobre los cambios que traería consigo el coronavirus. No tanto sobre los cambios inmediatos, los cambios prácticos y obvios como la disminución de las salidas o las dimensiones de nuestras relaciones sociales, al menos por un tiempo. No, especulábamos sobre los grandes cambios sociales y económicos, los cambios del nuevo mundo que vendría tras un evento que, como fuerte experiencia común, volvería a hermanar a la humanidad o terminaría por separarla.
Hoy, casi un año después de que el mundo empezara a despertar a la realidad de la enfermedad que se salía de control, me atrevo a decir que los cambios en los ámbitos social, económico y político serán más bien pocos y los pocos no serán buenos. La COVID-19 no ha hecho sino exacerbar muchas de las dinámicas que ya venían generando tensión en las sociedades contemporáneas –neoliberales e hiperconectadas- de todo el mundo. Si antes de la pandemia la desigualdad era, probablemente, una de las cinco mayores preocupaciones de la humanidad, tras ella es posible que se vuelva la primera –o debería-.
Por allá en el siglo XIV, la peste negra barrió con la población europea, matando alrededor de un tercio de la población del viejo continente, una cantidad de proporciones bíblicas. No todo fue malo, sin embargo, después de que la sombra de la enfermedad empezara a pasar. La disminución tan significativa de la población hizo que la mano de obra disponible para trabajar la tierra escaseara y, por lo tanto, se hiciera más valiosa. Los ciervos de los señores feudales se encontraron, de repente, con que podían exigir a sus jefes o irse a trabajar a otro lado. La peste negra inició una revolución.
El coronavirus, sin embargo, puede que tenga consecuencias muy diferentes. La enfermedad sí ha afectado a la mano de obra, pero no haciéndola más valiosa, al menos no de forma generalizada. La necesidad de trasladar las actividades a las casas y de ‘virtualizar’ una infinidad de procesos laborales ha acelerado una transición que se veía inevitable. Las labores que requieren mano de obra muy calificada y, sobre todo, relacionada con el mundo de la tecnología y sistemas de computación, se ha vuelto todavía más valiosa de lo que ya era; la mano de obra no calificada, dedicada a labores presenciales de baja complejidad, se ha vuelto poco útil.
El problema es que el primer tipo de labor está fuertemente correlacionado con pertenecer a núcleos familiares con altos ingresos y mejores oportunidades de nacimiento; el segundo tipo de labor, lógicamente, está correlacionado con el caso opuesto. Por ponerlo en castizo, la pandemia ha hecho a los ricos más ricos y a los pobres más pobres. Por lo menos, en el mejor de los casos, la pandemia no le hizo nada a los ricos e hizo a los pobres más pobres. Ya lo dijo Oxfam en un informe publicado hace apenas unas semanas, para los más pobres los efectos económicos de la pandemia se podrían seguir sintiendo incluso una década después del fin de la misma; por otra parte, las personas con más recursos probablemente ya se recuperaron del golpe inicial.
Algunos economistas dirían que el problema está en devolver a las personas los mismos niveles de riqueza que tenían antes de la pandemia, prevenir que empeoren y seguir fomentando el crecimiento económico, no obstante, otros opinarían –como es mi parecer- que la desigualdad es un problema grave en sí mismo. A medida que las brechas se incrementan, las tensiones sociales también lo hacen, muchas de las decisiones políticas más controversiales de tiempos recientes se han cimentado en rencores alimentados por sectores de la población que se sienten olvidados por los intereses económicos de las tecnocracias, así como por sus códigos de normas y valores sociales.
La polarización de billeteras polariza también la política, separa a las personas, que con el tiempo se autosegregan y dejan de tener contacto con realidades diferentes a las propias. La desigualdad genera malestares que trascienden a la esfera económica e influyen directamente en el desarrollo personal y psicológico de los seres humanos. No yéndonos muy lejos, la desigualdad tiene consecuencias en la salud misma de la gente, ¿acaso creemos, por ejemplo, que la vacunación en Colombia –o en el mundo- será un proceso que no favorecerá a los que cuenten con más recursos?
En Colombia la venta de las vacunas para la Covid-19 está planteada para la segunda mitad del año en adelante, mientras tanto, en teoría, el Gobierno nacional controlará las dosis y las administrará en su ambicioso plan de vacunación que, si funciona bien, debería cubrir a más de la mitad de la población, algo sobre lo que soy en extremo escéptico.
Vamos que la desigualdad puede influir hasta en el tipo de dosis recibida, mientras una persona de escasos recursos podría tener que conformarse con el lanzamiento de moneda que representa la vacuna China (mejor que nada eso sí), una persona con suficientes recursos puede acceder bien pronto a una de las fórmulas con eficacias por encima del 90%. No hay que saber mucho de mercados para entender que, en parte, el precio de las vacunas viene dictado por lo que están dispuestos a pagar quienes pueden pagar de primero. Quien todavía crea que la pandemia hizo algo por unir a la humanidad debe empezar a abrir los ojos. Que los ricos se enfermaron igual que los pobres es cuestionable, que los dramas fueron parecidos también.
Más que reactivación económica lo que necesitamos de los estados, en todo el mundo, es un fortalecimiento de la red de seguridad que compensa las carencias de los sectores de la población menos favorecidos; menos favorecidos no porque hayan tomado peores decisiones, sino porque tuvieron menos oportunidades. Las políticas públicas del mañana serán aquellas que de forma efectiva libren a los más vulnerables del peso económico de suplir sus necesidades vitales, así como aquellas que faciliten la migración masiva de estas personas a sectores más lucrativos –capacitaciones, educación temprana, etc.-. Lo cierto es que, si esperamos que la pandemia conduzca estos procesos de forma natural, casi orgánica, nos quedaremos esperando. La única medida de éxito contra la desigualdad será la prevalencia que le demos en el discurso público.