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La derecha, el centro y la izquierda en Colombia

“Aunque en muchos sistemas democráticos con pluralismo acentuado el Tercero (‘centro’) incluido tienda a llegar a ser tan extraordinario como para ocupar la parte más extensa del sistema político, relegando la derecha y la izquierda a los márgenes, no afecta en lo absoluto a la antítesis original (‘derecha-izquierda’), puesto que, al contrario, el centro, definiéndose ni de derecha ni de izquierda y no pudiéndose definir de otra manera, la presupone y extrae de su existencia la propia razón de ser (…) La definición de este espacio intermedio (‘centro’) hace posible una comprensión más articulada del sistema, ya que permite distinguir entre un centro que está más cercano a la izquierda o centro-izquierda, y un centro que está más cercano a la derecha o centro-derecha, y así, en el ámbito de la izquierda, una izquierda moderada que tiende hacia el centro y una izquierda extrema que se contrapone al centro, e igualmente, en el ámbito de la derecha, una derecha atraída hacia el centro, y una que se aleja de él, contraponiéndose en igual medida tanto al centro como a la izquierda”.

Norberto Bobbio, Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política, Editorial Taurus, páginas 55 y 56 de la versión digital.

He comenzado esta columna con una cita tan larga por varias razones. La primera de ellas porque representa una muestra de que el concepto centro político sí existe en la teoría política. Además, porque esa realidad teórica y práctica enriquece el análisis del sistema político, como lo han demostrado los mejores estudiosos de la política a nivel global.

En tercer lugar, porque siempre que existan una derecha y una izquierda se abre la posibilidad de que se configure un centro político, debido a las diferencias que pueden surgir entre este y las alas del espectro. Un centro cercano o lejano a cualquiera de las dos alas, es decir, una centroizquierda o una centroderecha.

En Colombia tenemos una derecha y una izquierda claramente diferenciables, que han brotado desde las tradiciones políticas nacionales e internacionales, y en el marco de un contexto plagado de conflictos, de guerra y de mucha sangre.

La última derecha que ahora observamos gira alrededor del uribismo, pero rebasa al Centro Democrático. Es una derecha (y ultraderecha) muy comprometida con el conflicto político militar que enfrenta al Estado con la guerrilla, por un lado, y a la derecha con la izquierda, en general, por el control del Estado.

La guerra impuso la conformación de una derecha extrema que no solo asumió como suya la lucha contra la guerrilla y la izquierda, sino que estableció todo tipo de alianzas o acuerdos, ocultos o explícitos, con sectores radicalizados y descompuestos de la sociedad, como los paramilitares y los narcotraficantes.

Ante el asedio de la guerrilla, sobre todo en los campos, la derecha se nutrió de los grupos de interés o sectores económicos empeñados en enfrentar el acoso de esta; de ese modo, adquirió una base terrateniente, que luego se amplió a otros sectores económicos, incluidas actividades de la economía urbana.

El proyecto político de derecha (y ultraderecha) encarnado en Uribe representa una reacción fuerte de sectores del campo y de las ciudades contra el avance guerrillero, y contra todo lo que huela a izquierda.

Esa reacción (cuya raíz estuvo en el ataque previo de la guerrilla) no se quedó en el plano de las élites o de los poderosos, sino que permeó a las capas medias y a los sectores populares, debido al sufrimiento provocado por los rebeldes a estos últimos grupos (más que nada en los campos), y a una hábil estrategia ideológica implementada desde adentro y afuera del Estado.

La guerra contra la guerrilla y la izquierda justificó la aplicación del todo vale. Este modo de proceder violento y sin barreras fue un resultado del conflicto, pero también la consecuencia de una posición que no descartaba ningún medio con tal de alcanzar el fin de derrotar a los enemigos armados y desarmados.

Este es el contexto en el cual se recrudece la guerra y se emplean procedimientos ilegales que infringen el derecho internacional humanitario y las normas penales colombianas, tales como los falsos positivos, las masacres de civiles, la persecución de opositores, las chuzadas, y una lista extensa de situaciones, más propias de un régimen autoritario y criminal que de una democracia sólida.

El uribismo y sus congéneres lograron minar y hasta casi derrotar a la guerrilla, al precio alto de desinstitucionalizar al país, de poner al servicio de su proyecto violento a casi todas las instituciones, de irrespetar la constitución y las leyes, y de sembrar un odio muy parecido al que sembraron los conservadores contra los liberales (y viceversa) en la llamada época de La Violencia, a mediados del siglo XX.

Uribe y los suyos obtuvieron el poder en las elecciones enarbolando la bandera de la guerra, y con eso ayudaron a canalizar y sistematizar una fuerte polarización contra la guerrilla y la izquierda. El país quedó partido casi en dos mitades irreconciliables, en uribistas y antiuribistas.

El proyecto político-militar de Uribe no solo contribuyó a aumentar la polarización, sino que fue un factor decisivo en la derechización de las masas. Como lo prueban ciertos eventos electorales y las redes sociales, la nación todavía se mueve en ese marco de confrontación irreconciliable, derivado de la política uribista.

La derechización de una gran parte de la gente y la reacción contra ese fenómeno, especialmente por los sectores de la izquierda, es una secuela de la guerra que incrementó el enfrentamiento entre enemigos. Esa polarización aún está entre nosotros, no ha desaparecido, y no es un invento de nadie, sino una consecuencia del conflicto, y de la confrontación político-ideológica entre dos enemigos declarados: la derecha y la izquierda.

El análisis de la izquierda nacional es un poco diferente al de la derecha. Podría decirse que el proceso político, ideológico y militar que expande sus raíces hasta la actualidad arranca, en firme, en los años sesenta del siglo XX, con la aparición de las dos guerrillas pioneras, las Farc y el ELN.

Pero la izquierda contemporánea no se relaciona solo con estos dos fenómenos de clara influencia soviética y cubana, sino también con las grandes rupturas del siglo XX dentro del comunismo global, que dieron pie al estalinismo, al trotskismo, al maoísmo y a muchos otros matices dentro de ese movimiento político.

La ideología dominante dentro de esa izquierda variopinta sigue siendo la del comunismo, la de un anticapitalismo radical cuyo germen sistemático nació en el siglo XIX, de la mano de Marx y, en menor medida, de los anarquistas. Por este motivo, en general, la izquierda colombiana hace parte de una vasta tradición mundial contraria a la economía de mercado.

El norte de su programa máximo sigue siendo, en muchos de los sectores que la componen, igual a las propuestas decimonónicas de Marx: a) destrucción de la propiedad privada y de los mercados; b) reestructuración drástica de las formas de propiedad, de la producción y la distribución; c) control y administración estatal de la producción y la distribución; d) predominio político, cultural e ideológico mediante un partido único y una ideología única.

Ese modelo es el que se ha venido aplicando en casi todas partes desde la Revolución Rusa. Después de la esperanza, ya que se trataba de una reorganización de la vida contraria a la que ofrecía el capitalismo, su aplicación práctica ha venido desdibujándolo, hasta poner en crisis la ideología que lo sustenta.

Golpes muy severos contra el socialismo de Marx fueron el derrumbe de la Unión Soviética y de la llamada cortina de hierro, bajo el peso de sus propias contradicciones, de la ineficiencia y de representar una sociedad y un Estado de corte totalitario con una calidad de vida inferior a la de su contraparte capitalista, y con un sistema policivo que estrangulaba la libertad.

Otro golpe tremendo contra esa ideología marxista fue la implantación de la economía de mercado en China (y después en Vietnam), para dar pie a una realidad diferente que combina una dictadura tradicional de talante socialista con una dinámica economía capitalista que ha sacado a ese país del atraso.

En el universo ideológico de la izquierda tradicional colombiana estos graves cambios políticos y económicos han representado muy poco, a tal punto que desde la guerrilla hasta los núcleos más dogmáticos de la ultraizquierda no armada es casi inexistente la reflexión sobre aquellos fracasos. Ellos han preferido, como el avestruz, meter la cabeza en la tierra para no ver lo ocurrido o para aparentar que no lo ven.

El eje principal de su ideología sigue siendo totalitario, estatista, antimercado, antipropiedad privada, contra la democracia y por la aplicación de un modelo dictatorial en el ejercicio del poder. Ese modelo tiene aún mucha simpatía dentro de la izquierda armada y en los sectores más dogmáticos de la izquierda tradicional.

Esas dos vertientes que hemos bosquejado representan las alas del espectro político nacional. Hacia el extremo de la derecha podría ubicarse a aquellos sectores más recalcitrantes de los poderosos, partidarios de los métodos más duros de represión, de corte autoritario o fascistoide.

Hacia el extremo de la izquierda se ubicarían los grupos más dogmáticos y violentos, simpatizantes del totalitarismo de izquierda, los cuales no tienen en cuenta la experiencia histórica internacional. Los núcleos menos extremos se conectan con la centroizquierda.

La centroizquierda está compuesta por aquellos partidos y personas que no están de acuerdo con la violencia militar, con el totalitarismo y con una economía estatizada que repita los graves errores de los países socialistas caídos en desgracia.

Ese sector, que se mueve entre la derecha y la ultraderecha ramplonas y la izquierda y la ultraizquierda dogmáticas, está a favor de la democracia, del desarrollo constitucional y legal y de una economía de mercado con más perfil social.

Destruir la economía de mercado y la empresa privada para montar un sistema estatista dictatorial significa repetir la historia de la Unión Soviética, sin poder salir de los problemas de fondo que se padecen en la actualidad. Este es un elemento central en la visión de la centroizquierda, que define una diferencia esencial con el dogmatismo marxista.

Es seguro que siempre que se apliquen esas estrategias decimonónicas totalitarias las consecuencias serán las mismas: ineficiencia a nivel de la producción y el reparto de los bienes y servicios, y un desmejoramiento de la calidad de vida de las mayorías. Esto, más las condiciones políticas antidemocráticas, hacen la existencia tremendamente triste para la gente, como lo ha probado la experiencia histórica.

Teniendo en cuenta lo analizado hasta aquí, ahora resulta más fácil comprender el porqué de la existencia de personas y partidos que simpatizan con varias de las ideas de la izquierda, pero se oponen, también, a muchos de sus postulados y prácticas sectarias. Cabe resaltar que esa centroizquierda está también muy lejos, por principios, de las visiones de la derecha y la ultraderecha.

Este plano del centro político no se agota en Fajardo, como creen muchos. Es decir, ese líder puede hacer parte del centro, pero él solo y su partido no representan a la totalidad del centro. La centroizquierda es mucho más amplia, y se compone de todos aquellos que, aun simpatizando con la idea del cambio social, tienen profundas diferencias con la izquierda y la ultraizquierda tradicionales, en cuanto a los procedimientos y el tipo de sociedad a construir.

La izquierda y la ultraizquierda han identificado al centro con Fajardo. Y como odian a este político porque lo sindican de haber provocado su derrota en las anteriores presidenciales, extienden su odio hacia todo lo que huela a centro. Aquí podría estar la raíz de un grave error político, pues resulta improbable la derrota de la derecha en el 2022 sin una gran alianza que recoja sectores de la centroizquierda y de la izquierda, opuestos al proyecto uribista.

La izquierda y la ultraizquierda niegan el centro político porque se consideran enemigos de Fajardo, y esa es la mejor manera de sacarlo a él del juego. Pero el centro político existe, más allá de la polarización y el odio que caracterizan a los extremos del espectro. Y existe gracias a ese odio y a esa polarización, cuya raíz es la guerra.

La centroizquierda no es neutral, ni blanda, ni nada de lo que plantean las bodegas de la ultraizquierda. Estar en contra del totalitarismo de izquierda no tiene nada de neutral, así como enfrentar la violencia, venga de donde venga, tampoco es un síntoma de neutralidad.

Confrontar el modelo autoritario y antidemocrático de la derecha tampoco significa neutralidad, sino firmeza en los principios. Estar en desacuerdo con la polarización extrema, y apostarle al diálogo y no a la guerra como estrategia para salir del atolladero actual, es una consecuencia del análisis de la situación del país, y no ninguna clase de neutralidad o tibieza.

Luchar por una democracia más sólida, por el respeto a las leyes y a la constitución, y por el pluralismo dentro de un espectro político en guerra que contiene fuerzas centrífugas que conspiran contra la democracia, es un síntoma de independencia y de valor, mas no de tibieza o neutralidad.

En general, la centroizquierda está más cerca ideológicamente de la izquierda que de la derecha; pero se distancia de aquella en varios puntos. Cree más en la reforma, como método de cambio, que en la violencia revolucionaria. Y viaja en el barco del desarrollo y consolidación de la democracia.

No está de acuerdo con ningún tipo de dictadura, porque le apuesta al avance democrático con pluralismo y con legalidad activa. Tampoco concuerda con el estatismo a ultranza, que mata la economía y limita la generación de riqueza. Estas son diferencias fundamentales con la izquierda y la ultraizquierda, las cuales aún sostienen las tesis de Marx sin tener en cuenta la experiencia histórica del siglo XX.

En una sociedad altamente polarizada se requiere un centro político que sepa enfrentar las tendencias destructivas que viajan en las alas extremas del espectro. Las secuelas de la guerra siguen siendo un elemento esencial en el proceso de polarización aún vigente. Este hecho debe ser enfrentado firmemente, sin ningún tipo de neutralidad o tibieza, por todos los que no pertenecen al círculo de los enemigos enfrentados.

La reforma inteligente para atacar los problemas sociales, para desarrollar la economía, para elevar la calidad de nuestra democracia y la calidad de vida de las mayorías es una tarea urgente que se dificulta por la existencia de una polarización enfermiza como la que protagonizan la derecha y la izquierda del espectro político.

Las personas que vienen planteando otra clase de alternativas (dialogantes, democráticas, pacíficas) lo hacen bajo la motivación de construir una sociedad más vivible para las generaciones actuales y del futuro. Y lo hacen desde una perspectiva de principios democráticos firmes, de ninguna manera neutrales.

Otro tipo de sociedad solo es posible si no repetimos los errores que nos enseña la historia, y si sabemos salir de la violencia enfermiza que nos está empujando hacia el abismo.

Regresar a un pasado totalitario de izquierda o derecha, o mantener el statu quo de violencia y polarización, no representa un cambio cualitativo hacia adelante, sino un lamentable retroceso histórico, el mantenimiento de la degradación…ni más ni menos.

Álvaro Uribe Vélez, Claudia López y Gustavo Petro