Feliz Navidad y próspero Año Nuevo
La Navidad es una temporada muy importante en la vida del pueblo colombiano. Su epicentro es el 25 de diciembre, día en que, se supone, nació Jesucristo. Pero las celebraciones y actividades empiezan el 7 de ese mes y se prolongan hasta el 7 de enero.
El 7 de diciembre es el Día de las Velitas, en el cual se celebra el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En esta fecha se ha vuelto costumbre encender velas dentro de faroles en la puerta de las casas o en los balcones, en horas de la noche y de la madrugada.
Esta celebración ya es tradicional por el peso del recuerdo en los adultos y los niños, y ha perdido un tanto su contenido religioso al darle paso a costumbres paganas relacionadas con la familia, con el simple placer de prender velas solo por el placer de prender velas, y de beber alcohol bajo la iluminación de las tambaleantes velitas.
Todos tenemos un recuerdo muy grato del Día de las Velitas en Barranquilla, como un momento muy especial de nuestra de vida de niños, patrocinado por unos padres que se divierten viendo felices a sus hijos al encenderlas dentro de sus faroles, aunque ni unos ni otros supieran a qué o a quién se le rendía el homenaje.
El 24 de diciembre es otra fecha sembrada en el imaginario colectivo de los niños y los progenitores. Quizás no tanto porque sea la víspera del nacimiento de Jesús, sino porque está asociada con los juguetes y la ropa nueva. Los padres con recursos llenan a sus hijos de obsequios, aunque esa suerte no es compartida por los infantes que viven en la pobreza y la miseria.

Con todo, en general, el 24 es un día especial para la infancia, para hacer felices a los niños y a las niñas, aunque esa felicidad sea restringida por la desigualdad económica extrema. Así mismo, es un momento para la reunión familiar, la cena en grupo y para compartir con los seres queridos y los amigos.
El 24 es la fecha cumbre de la temporada decembrina. Sin embargo, todo el mes se impregna del fervor religioso de los creyentes y del deseo de divertimento de una población deseosa de escapar del círculo vicioso de los problemas, aunque sea sintiendo la ilusión de que no existen.
La ciudad se transforma por el efecto de la tradición, de los imaginarios colectivos que dirigen ciertas prácticas culturales periódicas, como adornar las viviendas con luces para la ocasión, engalanar los parques y las vías con inmensos árboles de navidad o con vistosos y resplandecientes motivos que le dan color y majestuosidad a la temporada.
En la época navideña varias cosas cambian en relación con lo que ocurre el resto del año. Cunde una sensación distinta prohijada por el espíritu dominante en el período y por el ambiente que se crea debido al efecto de ese espíritu, que es una mezcla de sentimientos religiosos y de costumbres paganas.

Diciembre no es solo el tiempo de las velas, las cenas, los villancicos, la música de ocasión, las luces multicolores y los árboles de navidad sino el momento más importante y prolongado para las ventas. Los centros comerciales se engalanan para recibir a los compradores, armonizando su aspecto físico con los sentimientos de la temporada.
La variación en la mentalidad colectiva, por efecto del ambiente decembrino, es distinta a la que ocurre en Barranquilla en la coyuntura de carnavales. Diciembre es una época más inclinada hacia la solidaridad con un toque religioso, bajo la influencia de los creyentes y de la iglesia.
El ingrediente pagano, recochero, es mucho más masivo y actuante en Carnaval que en los días decembrinos, aunque existen unos cordones umbilicales, construidos por la gente, que unen los dos festejos (la alegría por la celebración y el ethos costeño), no solo como un escape de las dificultades, sino como otra manera de vivir la vida.

Esas dos etapas del jolgorio colectivo barranquillero están separadas (o unidas, se escribiría mejor) por el 31 de diciembre, el momento de los deseos, las esperanzas, las uvas, las pantaletas amarillas, las maletas vacías y las correndillas por el barrio para atraer los viajes. La navidad y el año que se avecina le dan cuerpo a una fórmula de la convivencia que se volvió tradicional entre nosotros:
Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.
Posdata: disculpas por no mencionar a la pandemia, que ya empieza a aflojar por el efecto de las vacunas y de los protocolos sanitarios.