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¿Es la enfermedad de Trump una estrategia electoral?

Algunos amigos han insinuado en las redes sociales que el contagio de Donald Trump con el coronavirus es pura estrategia electoral, es una mentira más del personaje para inspirar solidaridad en sus seguidores, y para bajarle el tono a los ataques de la oposición.

Confieso que semejante apreciación me puso a dudar, partiendo del hecho de que viene de un mentiroso compulsivo, de alguien que utiliza el engaño y la falsedad como estrategias esenciales, no solo de su actividad política, sino en toda su existencia.

El libro de su sobrina, Mary L. Trump (Siempre demasiado y nunca suficiente), escrito desde las entrañas de su entorno familiar, lo muestra como un simulador nato, como alguien sin principios ni valores, capaz de hacer lo que sea contra la ley y contra los demás, llevado por la ambición, por el deseo de ganar y ganar, o de tener más poder.

Mary, psicóloga clínica de profesión, lo conoce muy bien y lo define como un sociópata, como alguien incapaz de empatizar con nadie, y tan carente de escrúpulos que miente, engaña, viola la ley y daña a la gente sin sentir ningún tipo de remordimiento.

Trump pertenece a esa categoría de políticos capaces de destruir un país con tal de beneficiarse ellos, o de imponer su agenda. Seres tan singulares que se creen con la libertad de hacerlo todo, sin medida, y sin temer a las consecuencias en el futuro. Fujimori, Bolsonaro y Uribe son ejemplos de ese tipo de políticos engaña-bobos que se parecen demasiado al habitante de la Casa Blanca.

Como Trump es el máximo exponente de las estrategias electorales basadas en las fake news (un estilo que no respeta la dignidad de nadie, y que le gusta a la masa que es como él), yo dudé demasiado acerca de la certeza de la enfermedad del presidente norteamericano, al leer las entradas incrédulas de mis amigos.

Sin embargo, podría decirse que al primer magistrado de los Estados Unidos le ocurrió lo mismo que al personaje del cuento que, de tanto mentir, nadie le creyó cuando, por fin, dijo la verdad. A Trump hacen como que le creen sus adeptos, los engañados, los que son como él, y quienes se benefician del desorden y la locura que ha introducido en su país.

Donald Trump subiendo al helicóptero camino del hospital.

Pero la gente honrada y decente de este planeta, quienes respetan a los demás y a la legalidad, nunca ha sido engañada. Por eso, cuando expresó que se había enfermado, muchas personas anticiparon que era otra de sus perversidades, que no estaba enfermo, sino que quería hacerse la víctima para aumentar las rentas políticas.

Yo dudé cuando mis amigos plantearon esa posibilidad, apoyados en el comportamiento errático y cínico de Trump; y dudé porque es muy difícil creerle a un individuo como él. Pero, a pesar de todo lo mentiroso que ha sido (y que seguirá siendo), esta vez sí le creí a él, en contra del punto de vista de los allegados de las redes sociales.

Le creo a Trump a pesar de que es posible que se invente una enfermedad para eludir un debate que lo puede terminar de desnudar, y que permita establecer, una vez más, que es un individuo falto de preparación para ser presidente. Le creo porque es imposible que no esté contagiado, debido a la evidencia existente.

El covinazo de Trump parece un castigo divino. Un hombre que calumnió tanto a esa enfermedad, que la pordebajeó al compararla con una simple gripita, que se atrevió a decir que no tendría un efecto muy fuerte en los Estados Unidos, y que la retó, al pasearse por todos lados sin acatar los protocolos sanitarios, quizás no obtenga de la vida una peor muenda contra su arrogancia como esta de que el coronavirus se posará en él y desbaratara su petulancia.

Le creo, por primera vez, a Trump, y voy en esto en contra de la duda razonable de mis amistades. Ese presidente bocón e irrespetuoso ha sido tocado por una dolencia a la cual también ha calumniado hasta el exceso. Si su covid-19 es real, como yo lo creo, en contra de la opinión de algunos en las redes, pediré lo siguiente:

No que el coronavirus lo mate, porque eso iría en contra del sentimiento cristiano dominante entre nosotros. Pero sí que le dé por donde más le duele, para que no siga macartizando al virus al bajarlo de categoría, y para que reduzca la capacidad de seguir engañando a los incautos y a los que son como él, al comprobar, en su propio cuerpo, que el covid-19 patea fuerte, que no es una gripucha ridícula.

No lo mates, coronavirus, pero sí dale buen bate para que aprenda a respetar, si es que todavía puede aprender a respetar alguna cosa en esta vida. Tortúralo como tú sabes. Ponlo a sufrir y masácrale la arrogancia, para que se dé cuenta de que es tan mortal como todos nosotros. Haz lo tuyo, coronavirus…