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¿Es China una economía socialista?

Los dirigentes chinos le llaman a su proceso económico economía socialista de mercado. Los publicistas afectos a ese régimen, como John Ross en su libro La gran ruta de China, aceptan esa definición e intentan ligarla con el pensamiento de Marx.

Lo que ocurrió en China a partir de 1978 fue algo muy singular, si comparamos ese país con lo ocurrido en otras naciones capitalistas o socialistas. Los chinos, liderados por Deng Xiaoping, iniciaron a partir de ese año una serie de profundas reformas económicas en todo el país.

¿Qué intentaron reformar? Sobre todo, el sistema económico socialista totalitario, que controlaba la producción y distribución de los bienes y servicios. Ese modelo se reveló ineficiente para satisfacer las necesidades de una población muy numerosa.

Sus dificultades se relacionaban con la poca generación de riqueza, con el lamentable nivel de vida de la gente y con la miserabilización de las masas, debido a la escasez o mala calidad de los bienes de consumo, a la falta de empleo e ingreso y a otros factores que estaban provocando el colapso del sistema.

Un régimen que se autoproclame defensor de los intereses de los sectores populares debe procurar la mejoría sustancial de ese conglomerado humano. Para conseguir tal objetivo está en la obligación de generar riqueza, pues esa es la base de un adecuado reparto posterior que beneficie al pueblo.

Aquí estaba el principal cuello de botella de la sociedad china: las palabras que viajaban en el discurso político desde los tiempos de Mao no reflejaban la realidad social, pues los líderes decían trabajar para la gente, pero el modelo económico enfrentaba sus objetivos sociales, al no generar la riqueza suficiente para elevar la calidad de vida de la población.

Este fue el gran problema que enfrentó el Partido Comunista, al mando de Deng Xiaoping: ¿Cómo resolver las dificultades vivenciales de más de mil millones de almas con un sistema socialista que no producía lo suficiente y que tampoco era eficaz en el reparto?

La prioridad del gobierno chino no consistió en mantener una ortodoxia socialista a raja tabla (como lo hacen hoy los marxistas conservadores cubanos y de Latinoamérica), sino en intentar una solución para un pueblo que se debatía en la miseria y la pobreza, a pesar de las buenas intenciones del liderazgo.

Por eso Deng Xiaoping lideró un proceso de reformas cuyo norte fue desarrollar la economía de mercado. No importa que el gato sea negro o blanco, lo importante es que cace ratones, expresó este jefe. O, en otras palabras: si la economía privada o capitalista nos ayuda a resolver los problemas, bienvenida sea.

Esta política reformista del gobierno chino permitió captar capitales foráneos y, también, utilizar la experiencia técnica de las empresas extranjeras para desarrollar sus fuerzas productivas, mediante una estrategia de apertura a la inversión de otros países e instituciones.

Así mismo, desde las alturas del poder se estimuló la economía privada en los campos y las ciudades, y cesó la demonización de los emprendimientos no estatales, del dinero, de la ganancia y de los mercados.

Es decir, fue abandonada una larga tradición crítica que, por lo menos desde los tiempos de Marx y de los primeros anarquistas, veía a la economía capitalista como el mismísimo demonio.

Esta amplia liberación del mundo económico de las trabas burocráticas, ideológicas y partidarias está en la base del dinamismo que obtuvo China en las décadas por venir. Y esa liberación de las fuerzas productivas de las cadenas impuestas por el modelo socialista es lo que explica el gran despegue actual de la economía de esa gran nación.

Un despegue que convirtió a los chinos en la segunda potencia económica del planeta, y que les ha permitido sacar de la miseria y de la pobreza a más de seiscientos millones de personas. Ningún país de la historia de este mundo ha obtenido un logro tan notable en tan pocas décadas.

El elemento que produjo la diferencia en esa sociedad fue la economía de mercado, timoneada por el aparato estatal. Esa no es una economía socialista, en el sentido planteado por Marx, sino una economía capitalista, con su empresa privada y todo lo demás, incluidas sus fortalezas y debilidades.

Esa es una economía capitalista dominante en las principales ciudades y regiones de China, pero sin la burguesía en el poder. Este es el rasgo típico diferencial de ese país con respecto a otras sociedades: se trata de una dinámica economía capitalista con una burocracia partidaria en el poder, la cual aún se autoproclama socialista.

El renacimiento de China consiste en el renacer de una economía de mercado dirigida por un partido que dice representar al pueblo, no a la burguesía; que dirige a la sociedad mediante planes estratégicos de largo alcance, sin negar la iniciativa privada ni la libertad de hacer economía; y que permite la existencia de pequeñas y medianas empresas, de sociedades de economía mixta o de control estatal, en contacto con el mercado interno y con el exterior.

Las reformas de Deng Xiaoping no están en la línea de Marx, como lo dejan entrever los gobernantes y algunos de los publicistas del régimen, sino en la línea de Keynes, por mencionar una sola influencia. El pensamiento económico del liderazgo chino no se articula con el socialismo de Marx, sino con el capitalismo promovido por Keynes.

Este economista británico siempre abogó por un papel más activo del Estado en el plano de la inversión, en la intervención en la producción y el reparto, al plantear sus teorías para combatir las ilusiones del liberalismo económico, de la ortodoxia neoclásica.

La economía china actual está más cerca de las teorías de Keynes y del Estado de bienestar de algunos países del norte de Europa que del socialismo soviético de talante estalinista; además, abrió otra opción en el concierto de opciones para el cambio social a nivel planetario.

Es, de hecho, una solución para trabajar por la mejoría de la calidad de vida de la gente sin caer en los excesos del estatismo marxista o del capitalismo salvaje. China no es una sociedad perfecta como consecuencia de las reformas, pero sí exhibe logros sociales y económicos que muy pocas naciones de los dos últimos siglos pueden mostrar.

China no es una economía socialista, en el sentido de Marx, sino una economía muy dinámica, transformada y progresiva, gracias a las reformas adelantadas por su dirigencia a partir de finales de los años setenta del siglo XX.

Ese país ha servido de ejemplo a otros liderazgos, como el vietnamita y, quizás, su modelo le sirva de norte a los líderes cubanos para salir de la ineficiencia y el marasmo en que se consume esa nación actualmente, si su partido comunista abandona la ortodoxia y el conservatismo marxista. Ni más ni menos.   

Deng Xiaoping