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El valor de ser crítico

Hace un par de años, en una junta gremial, alguien dijo en tono de advertencia: “no nos vaya a pasar lo de Bruce; que lo van a vetar”.

Aquella frase, nacida del miedo y la conveniencia, quedó flotando en el aire como una verdad incómoda: en Colombia, muchas veces se confunde prudencia con sumisión y cercanía con complacencia.

Hoy, al mirar lo que ha sido su gestión en la presidencia de la ANDI, esa advertencia se estrella con la realidad. Porque “lo de Bruce” no fue un castigo ni un veto, sino el ejercicio coherente de un gremio que entendió que la independencia no se negocia y que la crítica, lejos de ser un pecado, es una virtud democrática.

En los últimos tres años, Mac Master ha encarnado esa convicción. Lo ha hecho hablando con claridad cuando el país se lo ha exigido e insistiendo en la necesidad de un gran acuerdo nacional, convocando al diálogo de manera reiterada, aun cuando del otro lado nunca obtuvo respuesta.

Su voz ha sido incómoda para algunos, pero necesaria para muchos. Ha reiterado que el papel de los gremios no es el de aplaudidores mudos ni el de socios menores del poder político, sino el de guardianes del interés general. Y esa claridad le ha permitido ganar algo mucho más valioso que un beneplácito: legitimidad frente a los empresarios, trabajadores y ciudadanos que esperan de sus líderes firmeza y coherencia.

La mejor expresión de ese talante se vivió esta semana que pasó en Cartagena durante el Congreso Empresarial Colombiano, organizado por la ANDI. Más de tres mil asistentes se congregaron en un evento que superó las expectativas y que, más allá de una agenda de conferencias, se convirtió en un acto de cohesión empresarial en medio de un país fracturado.

Allí se habló de violencia política y del impacto que tiene sobre la confianza y la inversión. Se discutió la inseguridad económica, la necesidad de estabilizar las reglas de juego y de pensar en políticas de largo plazo. Se abrió espacio para la prospectiva, para pensar cómo será Colombia en 10 o 20 años si se apuesta por la transformación digital, la innovación y la sostenibilidad. En ese escenario, el empresariado colombiano demostró que no está dispuesto a ser un espectador pasivo.

En un contexto en el que la polarización amenaza con paralizar al país, la ANDI envió un mensaje claro: la crítica fortalece, el silencio debilita.

La independencia del evento se tradujo en debates de fondo, en discusiones abiertas con precandidatos presidenciales, en el reconocimiento de que los problemas no se resuelven con consignas, sino con diálogo informado y soluciones colectivas. Cartagena se convirtió en un laboratorio de democracia gremial, un espacio en el que quedó claro que el país necesita más voces críticas y menos silencios cómplices.

Decir lo que se piensa, señalar lo que no funciona, proponer caminos distintos: ese es el deber de los gremios, pero también de toda sociedad democrática. Al final, los gobiernos pasan, pero las instituciones permanecen, y recordar que el manoseo y la complacencia nunca pueden ganar, porque cuando los gremios renuncian a su voz, el país entero pierde un contrapeso necesario.

Algunos han querido reducir la crítica a un gesto de oposición política, como si se tratara de un pulso personal. Pero lo que ha quedado demostrado es que la crítica bien fundamentada es un acto de lealtad con el país. No se trata de ser opositor, sino de ser honesto. No se trata de desafiar por desafiar, sino de advertir, proponer y construir.

Cuando las cosas se hacen bien se dice, y cuando no, también.

Hoy, cuando todavía hay quienes creen que lo más seguro es guardar silencio, la experiencia enseña lo contrario.

Esa es la lección que queda: la crítica sigue más vigente que nunca, la independencia es la mejor garantía para los gremios y la dignidad de un país también se mide por la valentía de sus voces.