El profesor que se arrodilla para que sus alumnos lean
Existe un caso excepcional de un profesor universitario que se arrodilla en plena clase para que sus alumnos lean. Este es un caso excepcional porque, ante la resistencia a leer, la mayoría de los docentes asumen una estrategia de ataque hacia sus dirigidos, recargando en ellos la culpa por no leer.
Ciertos docentes descalifican a los estudiantes como negligentes, desordenados y no comprometidos con la lectura. Otros colegas van mucho más lejos, pues no solo les endilgan toda la responsabilidad, sino que tratan de superar el problema acudiendo a la antiquísima y cruel ruta de la letra con sangre entra.
Como se sabe, dicho camino era muy seguido en el pasado; este partía del supuesto de que, si se castigaba al alumno, se le inducía a aprender, o a adquirir rigor, presionado desde afuera por la violencia del maestro.
Hasta hace pocas décadas en algunas escuelas los profesores utilizaban largas y pesadas “reglas” para ablandar a los alumnos que infringían las normas disciplinarias, o que no querían estudiar.
En la universidad todavía existe el método de la letra con sangre entra, pero sin utilizar las atemorizantes tablas de madera (o “reglas”) del pasado. Ahora los docentes victimarios emplean la nota como un arma coercitiva y hasta mortal.
A quien no lea o prepare bien sus exámenes lo rajan o “enyardan”, es decir, le colocan una nota perdida, a veces tan perdida que los alumnos quedan al borde de la muerte en la asignatura.
Varios profesores adquieren “prestigio” y “respeto” castigando de ese modo a los estudiantes para que estudien, o sea, aplicando el viejo estilo de la letra con sangre entra. Estos son docentes terroríficos porque, ante la dificultad, no suelen arrodillarse, sino que reparten botín a diestra y siniestra.
Otros colegas universitarios le echan la culpa de la falta de lectura, no solo a los estudiantes, sino a los medios virtuales. Para ellos, Internet no es un potencial aliado de la educación… es un enemigo.
Y como no pueden o no saben emplear los recursos cibernéticos en favor del proceso enseñanza-aprendizaje, asumen la posición más fácil: convertir a Internet en el adversario principal de la enseñanza. Con esta “solución” facilista, se lavan las manos como Poncio Pilatos.
El profesor que se arrodilla ante sus estudiantes para que lean no se lava las manos como Poncio Pilatos ante el papel de los medios virtuales, ni asume la táctica de la letra con sangre entra. No señor, eso no es para él.
Por el contrario, su actitud es bastante parecida a la de Jesucristo, que buscó redimir los pecados de los demás mediante su autoinmolación. Es decir, antes de repartir garrote, o de echarle la culpa de todos los males a Internet, ese docente, ese mártir de la academia, prefiere arrodillarse ante sus alumnos para que lean.
Yo me lo imagino con su ropa colorida, sus sandalias de pescador y su mochila repleta de libros postrado ante los estudiantes, en medio del salón de clases, implorándoles para que lean. Imagino también la cara que pondrá, abriendo los brazos con dirección al cielo, al decir:
“Chicos, lean. La lectura salva y nos hace libres. Lean en cualquier medio: en fotocopias, en libros, en Internet, pero lean”. Epistemológicamente hablando, esa actitud es distinta a la del troglodita que obliga a leer llenando el aula de sangre, o a la del tonto que convierte a Internet en un peligroso adversario del saber.

El método del profesor que se arrodilla para estimular la lectura en los alumnos es parecido a la actitud de Cristo, que se inmoló por la humanidad (como ya quedó anotado), pero también se parece a la acción no violenta de Mahatma Gandhi.
En términos semióticos, el profesor que se arrodilla en el aula para que los estudiantes lean sigue los pasos de la teoría de la no violencia del maestro Gandhi, sin duda alguna. Él prefiere autocastigarse, arrodillándose, que agredir o maltratar a sus discípulos. Esto es pacifismo de alta calidad, a lo Gandhi.
Por otra parte, y guardadas las proporciones, su comportamiento también es parecido al de Sócrates, quien se enfrentó a todo y bebió la cicuta antes que abandonar los principios. La lógica oculta tras bambalinas de su visión pacifista es esta: “prefiero arrodillarme, como Gandhi se arrodilló en presencia de los ingleses, antes que infligir castigo a mis alumnos”.
Entre los ejemplos de profesores que enfrentan la dificultad para leer de los estudiantes este es, quizás, el más esotérico, pero también el más coherente y conectado con una pedagogía amorosa, pacifista, en el ámbito de la enseñanza-aprendizaje.
Por lo tanto, debería ser resaltado como un procedimiento a seguir, para descartar los métodos sanguinarios de los profesores amantes de la letra con sangre entra. El colega, quizás sin proponérselo, abrió un nuevo camino para todos los docentes que aspiran a que los alumnos lean más.
De ahora en adelante, cuando alguien pregunte qué hacer con los estudiantes universitarios que no quieren leer, solo cabe responderle: “Arrodíllese, maestro”.
Nota: se supone que alguien desearía saber el nombre del colega que se arrodilla; lamento defraudarlo, porque no estoy autorizado para entregar ese dato. Como un premio de consolación informo que el personaje de marras trabaja en la Universidad del Atlántico. Escribí sobre el milagro, pero nada expresaré sobre el santo.
