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El problema del sesgo cognitivo en elecciones

Existen pocas cosas tan resistentes en este mundo como la coraza mental con la que la mayoría de las personas protegen las ideas fundamentales con las que construyen su forma de ver la realidad. Que Dios existe, que los extranjeros son criminales, que los heterosexuales son mejores padres que los homosexuales, que Uribe fue un gran presidente, etc. Todas estas ideas, a pesar de parecer tan dispares, comparten una misma característica: son vitales para la forma en la que un individuo comprende la vida en sociedad y entre sus pares.

Si cualquiera de estas ideas fundamentales se derrumba, una parte importante de lo que hace a una persona ser lo que es se derrumbaría con ellas. Por esto no es de extrañar que los individuos, en general, sean tan reticentes a aceptar que algunas de las cosas que más han dado por ciertas a lo largo de su vida no sean más que creencias sin asidero.

En general este tipo de concepciones llevan detrás una amalgama de pensamientos mucho más compleja que su manifestación más evidente. En Colombia, por ejemplo, la creencia en la magnanimidad de Uribe no viene sola, por el contrario esconde ideas muy fuertes sobre la moralidad de los individuos y sobre lo que es un comportamiento correcto. Que las personas no deben alejarse mucho de las líneas de pensamiento que sus superiores jerárquicos han determinado, que las ideas tradicionales son casi siempre las correctas, que el pensamiento complejo no es más que un arma para confundir, etc.

La forma en la que las personas hacen hasta lo imposible para desechar o tergiversar cualquier evidencia capaz de derrumbar sus ideas más básicas es lo que conocemos como sesgo cognitivo. El poder de este fenómeno, sin embargo, va mucho más allá de una simple curiosidad científica. Decisiones muy importantes para la vida de millones de personas son tomadas influenciadas por los sesgos cognitivos que todos llevamos encima. Los ejemplos clásicos ya son obvios: el Brexit, la elección de Trump o Bolsonaro, el plebiscito de paz en Colombia, todos fuertemente influenciados por ideas concebidas en contra de evidencia objetiva.

Frente a la que, probablemente, sea una de las elecciones democráticas más importantes de la historia a punto de celebrarse este 3 de noviembre en Estados Unidos, el problema del sesgo cognitivo cobra nueva relevancia. Sin importar cuál sea el resultado de la confrontación entre Biden y Trump en las urnas, lo cierto es que sin este fenómeno psicológico es muy probable que jamás hubiéramos llegado hasta este punto, personas informadas objetivamente jamás hubieran elegido a Donald Trump en primer lugar.

Había suficiente información pública sobre su comportamiento misógino, su total falta de ética personal, sus más que cuestionables prácticas fiscales, su multitud de fracasos empresariales, su trasfondo de niño rico nacido en cuna de oro, su carencia de conocimientos relacionados con el funcionamiento del sistema político de su país –mucho menos de cualquier otro lugar del mundo-, su vulgar tendencia a mentir sin reparos, y, sobre todo, la inutilidad de su agenda política. La migración no era el principal problema de Estados Unidos, el comercio con China no era el principal problema de Estados Unidos, el comunismo no era el principal problema de Estados Unidos. El único problema del país más poderoso del mundo era (y es) la creciente decadencia de su propio sistema político y la desigualdad de oportunidades y de la distribución de la riqueza.

No obstante, Donald Trump fue elegido y podría ser elegido de nuevo, a pesar de que, nuevamente, existe suficiente información sobre los fracasos de su administración. Su plataforma de campaña, construida bajo la idea de ayudar al estadounidense blanco, conservador y con menos ingresos, no se ha cumplido en lo más mínimo. Por el contrario, el presidente republicano ha impulsado una agenda que ha servido para favorecer a los más acaudalados del país. Ha destruido muchas de las relaciones diplomáticas que Estados Unidos había fortalecido a lo largo de años, y sus decisiones económicas ponen en tela de juicio la supuesta estabilidad inversora del gigante norteamericano. Esto sin hablar del fracaso del manejo que le ha dado a la pandemia por coronavirus.

No hay que subestimar todo lo que las personas son capaces de ignorar o atribuir a teorías de la conspiración con tal de no ver sus creencias más personales derrumbadas y enfrentar la angustia que esto conlleva. Precisamente el problema de los sesgos cognitivos es que hacen que todas las estrategias de información o investigación resulten inútiles, de nada sirve invertir en educación si esta va a ser vista como una estrategia de dominación social. En otras palabras, definitivamente no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Es muy difícil saber cómo combatir el fenómeno de los sesgos cognitivos, y ciertamente existen a lo largo de todo el espectro ideológico, así que no hay forma de estar a salvo de ellos, no es un problema de la derecha o de la izquierda, ni de los conservadores o los progresistas, es un problema de todos. Saber esto es, al menos, un comienzo, estar consciente de la propia vulnerabilidad, tratar de buscar información que no confirme lo que creemos que es cierto, sino todo lo contrario, buscar la información que confirma que estamos equivocados y analizar qué tan veraz puede ser. Dudar es bueno.

No obstante, lo que más nos interesa, disminuir la ceguera de los que están a nuestro alrededor, va mucho más lejos de tener hábitos de información personal apropiados. No existen fórmulas mágicas, más allá de, quizá, ser pacientes y tolerantes, no tratar las creencias principales de los demás como fundamentalmente equivocadas, por más absurdas que nos puedan parecer. Aun así, lo único que nos queda ahora, ante las históricas elecciones estadounidenses, es esperar que las personas no ignoren la información más evidente que tienen al frente y el hecho de que Trump ha sido un presidente fundamentalmente desastroso.