El precio de la verdad
Dark Waters (Aguas oscuras), exhibida en Colombia como El precio de la verdad, es una película sin muchas pretensiones estéticas: su único propósito fue hacer una denuncia muy grave. De hecho, la cinta se apoya en un artículo que contiene el relato de la querella legal contra una gran empresa química norteamericana, intituladoThe Lawyer Who became DuPont’s Worst Nightmare (El abogado que se convirtió en el peor enemigo de DuPont).
La investigación periodística que sirvió de base al film se refería al daño que produjo la corporación multinacional DuPont a los habitantes de una parte de Virginia del Oeste, Estados Unidos, y había sido escrita y publicada por Nathaniel Rick en la influyente The New York Times Magazine.
Robert Bilott (abogado y personaje central de la película, protagonizado por Mark Ruffalo) también aportó un sustancioso resumen sobre la batalla de más de veinte años con la empresa que violaba los derechos y atentaba contra la vida de la gente común. El título de la cinta en español, que no corresponde a la versión en inglés, quizás se deba al hecho de que el litigante perdió la salud por ayudar a los afectados.
Lo que denunciaron los vecinos y el abogado Bilott fue que la DuPont había arrojado sustancias tóxicas a las corrientes de agua y al suelo donde tenía una de sus plantas. Ese contaminante dañó a los animales, provocando muertes repentinas y prematuras, y mucho deterioro físico y comportamental.
La contaminación de las aguas, el deterioro de las tierras y la muerte del ganado generó la ruina de los pequeños rancheros, desmejorando su calidad de vida, aparte de expulsarlos en masa de sus propiedades. Pero ese no fue el principal efecto del desastre provocado por la DuPont.
El daño más fuerte recayó en los pobladores, que bebieron por años agua impotable, contaminada con desechos químicos que envenenaban sus cuerpos y producían degeneraciones genéticas. Varios niños nacieron con retardo mental o malformaciones, y muchos casos de cáncer en la zona fueron asociados por los investigadores con la principal sustancia contaminante.
Esa sustancia tiene que ver con un producto que se vende en todo el planeta bajo el nombre genérico de teflón. En su momento, este producto se presentó como la gran revolución, pues permitía cocinar sin que los alimentos se pegaran en el metal. En Colombia, aún se comercializan los utensilios con teflón, sin tener en cuenta los efectos nefastos que podría producir en la salud humana.
El principal componente del recubrimiento llamado teflón era el PFOA-C8, un químico muy peligroso, que fue el origen de las millonarias ganancias de la DuPont en todo el planeta. El crimen de la empresa fue la consecuencia de enterrar tanques metálicos en el subsuelo, los cuales contenían el cancerígeno. Con el tiempo, esos contenedores se deterioraron y el mortal químico pasó a las aguas y a la tierra, provocando los efectos ya mencionados.
Pero esta historia oscura aún no concluye, pues muchos productos de cocina todavía son revestidos con el nocivo teflón, a pesar de las graves denuncias contra el PFOA-C8 y del hecho de que la DuPont perdió el pleito, debiendo pagar indemnizaciones y tratamientos por una elevada suma en millones de dólares.
Otro problema que plantea el filme es el de la estrecha relación entre las élites empresariales y el Estado, cuyo papel debería ser tutelar los intereses generales y no las ganancias de los capitalistas, sobre todo cuando se lesiona el medio ambiente y la salud de la gente.
Por la razón que sea, los organismos de control estatales se hicieron los de la vista gorda en cuanto al crimen que cometía la Dupont y, por ese motivo, aparecen en la cinta como cómplices de un delito que solo pagó, parcialmente, la empresa infractora. Toda clase de triquiñuelas se utilizaron para evitar que la verdad saliera a flote, y las presiones indebidas fueron la nota dominante en los largos años que duró el proceso.
Una película como esta lo pone a reflexionar a uno acerca de los intereses ideológicos y de otro tipo camuflados detrás de la posición que sostiene que la libertad de mercado y de empresa, por sí solas, son como una panacea que resuelve todos los problemas, incluidos los sociales.
Lo que indica la experiencia histórica (no solo de la DuPont, sino de muchas otras compañías) es que los capitalistas sueltos de madre son capaces de lo que sea, con tal de obtener y mejorar sus ganancias. La tierra, el agua, el aire, los animales y los humanos, de una u otra forma, han sido las víctimas del deseo de ganancia descontrolado.
En consecuencia, lo que se necesita en todas partes no es menos Estado y menos regulaciones, sino mejores instituciones, leyes más precisas y agentes sociales capaces de levantarse contra las grandes corporaciones para defender el interés común, como lo hizo Robert Bilott.
Abogados, jueces, fiscales y periodistas probos, que no se dejen comprar por el dinero, es lo que necesita la sociedad para meter en cintura a las empresas criminales que lo corrompen todo, y que dañan el medio ambiente y la salud de las personas, por su deseo de ganancia salido de madre. Esa es otra de las conclusiones que es posible sacar de esta interesante cinta.