El poder liberador de la lectura
La lectura contemporánea es la consecuencia de pequeñas y grandes revoluciones pacíficas que cambiaron de manera fundamental la cultura simbólica de la humanidad. Leer y escribir hacen parte de un mismo proceso histórico, decisivo en el desarrollo de la civilización.
La escritura se forjó con el paso de los siglos, siempre mediada por la necesidad de la comunicación, y de la fijación del recuerdo o de los saberes en un formato que garantizara su pervivencia para la posteridad. Desde este ángulo, escribir fue una gran transformación con respecto a la oralidad, que ha tenido un carácter más efímero e instantáneo.
Con la imprenta y el libro se produjo una de las más importantes variaciones en la forma de fijar y transmitir el recuerdo y los saberes. El libro impreso mejoró la calidad de la transmisión de la cultura simbólica, y aceleró la comunicación de las ideas, impactando fuertemente su recepción en todos los terrenos, es decir, en los campos religioso, científico, artístico, etcétera.
Los cambios técnicos de la escritura influyeron sobre la lectura, y en la velocidad de esta en la transmisión y la variación cultural. Ser culto o tener cultura pasó a asociarse con la lectura de libros, especialmente en las sociedades complejas de occidente, y dentro de los ambientes en los cuales ellos se convirtieron en objetos culturales prioritarios e imprescindibles.
El binomio escritura-lectura no ha fenecido con las recientes tecnologías de punta, aunque ya surgieron nuevos formatos para escribir y leer. Gracias a los recursos computarizados y a la Internet, asistimos a otra revolución tranquila que cambia día a día las formas de comunicación, la velocidad de transmisión de la cultura simbólica y la cantidad de lo que se lee y escribe.
Hoy es posible leer muchísimo más de lo que se leía en los siglos anteriores. Leer cosas buenas y también insignificancias, atiborrar el cerebro con tonterías o utilizar la lectura como un instrumento de liberación. Este último concepto requiere una aclaración, pues cada quien entiende la palabra liberación a su manera.
La lectura como instrumento liberador se utiliza aquí en el sentido de servir como medio para saber, para conocer, para acercarse a la ciencia, a la técnica, al arte, a la historia y a todos los recuerdos o conocimientos de la humanidad que se han fijado por escrito (o en formas relacionadas con esto último), y que representan las mejores tradiciones intelectuales útiles para la vida.
La liberación esbozada aquí se relaciona con la posibilidad que hoy tiene cualquier persona de asimilar la sabiduría mundial concentrada en lo escrito, utilizando los medios actuales para leer o informarse, con miras a su conversión en un ser inteligente, ilustrado o culto. Es la primera vez en la historia que el acceso a los conocimientos está abierto a todos, de manera masiva, gracias a las tecnologías de punta.
En la tarea de formar gente culta, es decir, artistas, científicos, historiadores, filósofos, sociólogos (o cualquier otra expresión de la cultura elaborada con más profundidad), sigue vigente la educación formalizada, que ya lleva siglos de existencia en manos de los estados y de los privados, y cuyo papel, en el desarrollo de la sociedad y en el cambio cultural, continúa siendo decisivo.
Pero el rol de la lectura como instrumento de liberación, en el sentido planteado, no es una planicie despejada, sino un terreno con muchos obstáculos. Ciertas tradiciones religiosas, ideológicas y políticas se erigen como barreras contra la libertad para leer o escribir, ya que ven en esta un gran peligro para su estabilidad.
En la tarea de reprimir la libertad de pensamiento y comunicación existen muy pocas diferencias entre los autoritarismos o totalitarismos de corte religioso o laico, como lo demuestra la experiencia histórica. Estos regímenes suelen ser muy alérgicos a la libertad de leer y escribir, pues ven en ella un peligroso enemigo contra su poder.
El dogmatismo, el sectarismo y el totalitarismo, como tradiciones aún vigentes, promueven prácticas culturales herméticas, donde la prohibición de leer a quienes no son iguales es una regla casi inamovible. Esa es una vieja costumbre religiosa, transmitida a la ideología y a la política, que funciona bajo un dueto maniqueo según el cual lo tuyo es lo malo y lo mío es bueno.
El dogmático y el fundamentalista pierden la oportunidad de aprender y de saber mucho más sobre lo que está disponible por esa actitud fanática que los niega para acercarse a lo otro con la visión de entenderlo o aprehenderlo sin prejuicios incapacitantes, a través de la lectura.
La mente cerrada, cristalizada, del dogmático nunca se abre a otras posibilidades. Su funcionamiento es una especie de círculo vicioso conservador, pues lee para ratificar o mantener lo que ya sabe, o aquello en lo cual cree, sin detenerse a pensar en su carácter erróneo, anticientífico o inhumano.
El fanático desarrolla el hábito elemental de leer siempre lo que se parece a lo que piensa, pues su interés no es, realmente, liberarse a través de la lectura, sino seguir siendo esclavo de su fanatismo. Es decir, la actitud que lo domina es la del fiel que ama su dogma, y que no quiere deshacerse de este bajo ninguna circunstancia.
La lectura es un instrumento de liberación que requiere, en consecuencia, unos requisitos mínimos para cumplir ese propósito: que la sociedad fomente o permita la libertad para leer, y que el individuo pueda liberarse de las cadenas dogmáticas que lo niegan para gozar de dicha libertad.
La cultura del saber, del conocimiento, necesita de esa libertad individual y colectiva para desplegarse de mejor manera. El fanatismo, las ideologías milenaristas y las visiones totalitarias son los principales enemigos del desarrollo de una civilización más robusta, apoyada en la invaluable tradición de escribir y leer.
Un paso importante para continuar cambiando positivamente a la sociedad, mediante la transformación de las mentalidades individuales y colectivas, está representado en la libertad de leer. Esa libertad es clave para seguir construyendo sociedades más abiertas, pluralistas y democráticas. Indudablemente.