El poder de las ideas
Reconocer la importancia de las ideas en la formación y desarrollo de la sociedad humana no significa caer en el idealismo simplista o en la teología. El mundo humano es el escenario por excelencia del simbolismo, de la cultura simbólica.
La sociedad no está compuesta únicamente por estructuras materiales sino también por estructuras ideales o mentales. El avance o retroceso de las civilizaciones ha sido impactado por lo técnico, lo económico, lo climático, entre otros elementos físicos u objetivos.
Pero, así mismo, la marcha y la estabilidad de los conglomerados humanos siempre caen bajo la influencia de la religión, las ideologías, las tradiciones y otras variables de la cultura simbólica, que son la marca distintiva de los seres pensantes, aquello que los distingue de las plantas y los animales.
Las ideas tienen su originen en el núcleo de la interacción de los individuos y grupos con el contexto. Podría decirse que no solo son el resultado de esa interacción, sino que ayudan a modelar el comportamiento social e individual.
El papel de las religiones, las ideologías y la ciencia va más allá de ser simples instrumentos interpretativos. En cierto modo, predeterminan las acciones, las actitudes de los individuos y los grupos.
Max Weber ilustró la importancia de las ideas religiosas en el desarrollo del capitalismo norteamericano y en la configuración de varias sociedades orientales. Según él, los postulados protestantes estimularon la acumulación de riquezas individuales y de grupo en lo que hoy se llama los Estados Unidos.
La ética laboral, la disposición para el trabajo duro, fue iluminado, según Weber, por las enseñanzas religiosas, así como la vía libre para acumular riqueza, al considerarse esta un regalo divino, una especie de don otorgado por dios (Ver La ética protestante y el espíritu del capitalismo).
Este autor no es tan ingenuo para creer que todo se debe a las simples ideas, sin tener en cuenta otras variables materiales, como los recursos técnicos, el papel del dinero y de la tierra, entre otros aspectos. Pero sí da en el clavo al destacar la influencia de las ideas en la motivación y en la acción de las personas.
El ser actúa no solo por instinto, por las vísceras, como lo destacó Nietzsche, sino por la manera como se estructuran dentro de él los conceptos, las teorías, encajadas dentro de una tradición que puede ser mítica, religiosa, ideológica, científica o de otro tipo.
La acción individual y colectiva viaja a través del tiempo modelada por la ambición, por la voluntad de poder; relacionada con las condiciones materiales de vida, de acuerdo con la visión de Marx, pero también dirigida u orientada por la cultura simbólica, en sus diversas expresiones.
Pero los conceptos insertados en los paradigmas científicos o en las estructuras ideológicas o religiosas no son solamente la consecuencia automática de la interacción entre un cerebro y su entorno, sino que pueden ser transformados o conservados por ese cerebro, o por esos cerebros, para escribirlo con más propiedad.
Este es el punto de partida del dogmatismo y el fanatismo, así como el de las grandes transformaciones o revoluciones operadas en el nivel del pensamiento. Es decir, los cambios en las ideas, que ayudan a transformar la economía o la política, por citar esos casos, no son solo la consecuencia de la dialéctica de los individuos con su medio, sino de la especial acción de los pensadores.
El mantenimiento o la transformación de un cuerpo especial de ideas no es el resultado mecánico de la evolución social, sino también la consecuencia de la acción de los individuos, una acción predeterminada por conceptos que suelen adquirir la forma de ideas revolucionarias o conservadoras.
Es un poco parcial y hasta idealista creer que las ideas cambian o permanecen exclusivamente por una especie de movimiento social autónomo que encarcela a los individuos. La permanencia o transformación de un andamiaje conceptual se deriva del papel de las tradiciones, de la resistencia de estas ante los embates de lo diferente, pero también de las características peculiares del individuo.
La existencia humana no es definida únicamente por lo social sino también por lo natural, lo orgánico. El dogmatismo o el fanatismo, por mencionar estas dos aberraciones, no son simples efectos de una cultura o de una sociedad, sino la consecuencia de las características psicológicas de los individuos.
Las investigaciones neurocientíficas, de la psicología evolutiva y social están arrojando mucha luz sobre esas facetas del comportamiento humano, asociadas a lo social y a las particularidades orgánicas, naturales, del individuo humano (Véase a este respecto, Jonathan Haidt, La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata).
La explicación de los expertos en la mentalidad humana profunda abre otro fértil campo para comprender cómo las ideas, que modelan las acciones, no brotan solamente de la interacción individuo-sociedad, sino que toman cierto rumbo por las peculiaridades del ser.
Este hecho ayuda a explicar tanto el conservadurismo como los grandes cambios que se operan en la ciencia, la tecnología o la religión. Si las cosas no ocurren de este modo se dificulta la comprensión de la excepcionalidad de Newton, Einstein o Lutero.
Este venero de la ciencia reciente es muy útil para entender las acciones de los genios, en cualquier ámbito de la cultura, o el comportamiento de los monstruos que ha producido la historia. Combinado con los hechos masivos de la cultura simbólica y material facilita el análisis de los fenómenos individuales, incomprensibles en el marco de una perspectiva muy general.
Por ejemplo, ayuda a responder estas preguntas: ¿por qué en un entorno dominado por el dogmatismo surgen espíritus libres? O, al contrario: ¿por qué en sociedades relativamente abiertas, impregnadas de ciencia y pensamientos de avanzada, florecen los individuos dogmáticos o fanáticos?
La respuesta convencional, decimonónica, reduce el asunto al papel del contexto histórico en el individuo o los grupos. La respuesta reciente, neurocientífica y psicológica, llama la atención sobre las características del ser individual, integrando al análisis su composición orgánica, cerebral.
El hecho de que unos individuos se aferren más que otros a unas ideas (teniendo en cuenta las dos preguntas de arriba) es inexplicable a la luz de los enfoques tradicionales, materialistas o idealistas. El factor psicológico particular es soslayado o anulado por esas teorías longevas.
Un individuo es más resistente al cambio que otro en función de sus particularidades. La resistencia cognitiva ante lo nuevo o lo diferente es distinta en cada quien. Esto suele estar más allá de lo social o cultural global, pues involucra el modo de ser de los individuos, el cual también es la consecuencia de sus peculiaridades orgánicas, psicológicas, cerebrales.
Esta dinámica persona-sociedad, que incluye lo individual orgánico, es una mina de oro para entender el papel negativo y positivo de las ideas, aquello que le hace daño a la sociedad o que la beneficia, en todos los ámbitos.
No es que se niegue la importancia del contexto, sino que la ciencia actual integra nuevos avances que facilitan la comprensión de lo social sin descartar lo individual, al explicar la acción humana colectiva o singular agregando al análisis los aspectos especiales de la psicología humana.
Las ideas suelen ser efectivas como vehículos de la transformación revolucionaria de la sociedad en el ámbito político, económico o tecnológico. Así mismo, se convierten en el fundamento del dogmatismo, el fanatismo o el conservadurismo.
En este sentido, hacen parte de la esencia del doctor Jekyll y el señor Hyde que viaja en la cultura y en los individuos. O sea, pueden ser la fuente del mal, junto a otras variables (como en las guerras de todo tipo), o servir para la vida, para el desarrollo humano. Entender su poder aligera la explicación científica de la humanidad.
Porque el monstruo y el santo conviven dentro de cada uno de nosotros y en la cultura social. Y las ideas tienen el poder de nutrirlos a ambos, aunque no tengamos conciencia de ello.
