El papel del Estado y el mercado en la sociedad
A propósito de las discusiones contemporáneas acerca de si más o menos mercado o Estado, cabe introducir aquí la perspectiva histórica para comprender mejor la problemática. Ese debate es muy antiguo, no se reduce a la actualidad, en la cual se enfrentan los neoliberales y los estatistas a ultranza.
En realidad, la primera revuelta sistemática en occidente contra el predominio asfixiante del Estado sobre la economía se produjo en Francia en el siglo XVIII. Los fisiócratas criticaron al Estado mercantilista por ser profundamente interventor y proteccionista, es decir, por controlar el comercio y las actividades productivas dentro del mercado interno.
Por esta razón, plantearon la libertad para hacer comercio y abrir empresas, oponiéndose a la visión económica que favorecía a la monarquía y que fue analizada por los teóricos partidarios del mercantilismo. La primera concepción económica sistemática liberal de occidente fue la que plantearon los fisiócratas franceses.
(Es pertinente aquí hacer una digresión para diferenciar el liberalismo económico del liberalismo político. El primero se relaciona con la libertad de movimiento en el mercado, sin la influencia del Estado. El segundo tiene que ver con una visión acerca del manejo político de la sociedad, con el pluralismo, la democracia, las leyes, las instituciones, los derechos, los deberes y la libertad civil. Es posible que los dos liberalismos se retroalimenten o coincidan en un proceso histórico dado, pero no siempre es así. Los Radicales del siglo XIX en Colombia combinaron los dos liberalismos. Reagan, Thatcher y Pinochet aplicaron ideas del liberalismo económico, pero no eran liberales en política. En el siglo XX hubo liberales en política contrarios al liberalismo económico y, más bien, seguidores del intervencionismo, sobre todo del keynesiano).
Es decir, oponiéndose al intervencionismo estatal, los fisiócratas plantearon, antes que los liberales económicos ingleses, la libertad de mercado, para abrir empresas y el librecambismo en la relación entre los países. Por esta razón Marx, en El Capital, sostiene, con mucho acierto, que los fisiócratas lucían una mascarilla de la defensa de la producción agraria y el feudalismo, pero, en verdad, eran partidarios del desarrollo del capitalismo, del mercado, sin ninguna traba.
El segundo gran hito de aquellos tiempos en cuanto al pensamiento económico liberal es el de los clásicos ingleses, Adam Smith y David Ricardo. Estos fueron mucho más lejos que la fisiocracia, pues no solo plantearon la reducción del tamaño del Estado y la libertad económica en el mercado, sino que teorizaron sobre el origen de la riqueza, del valor, la importancia de la competencia y de la división del trabajo como factores para desarrollar las fuerzas productivas, el capitalismo industrial.
Las corrientes económicas liberales del siglo XIX, XX y XXI beben de las teorías de los clásicos ingleses para estructurar su enfoque y perfilar su aporte. La escuela austriaca, los neoclásicos, los monetaristas, etcétera, todos sin excepción, le apuestan al libre mercado, al librecambismo en el comercio exterior, y a la reducción del tamaño y el papel del Estado, con una función limitada al respeto de los contratos, de la libertad para hacer economía y a la aplicación de las leyes, entre otras funciones.
Sintetizando, el liberalismo económico le entrega mayor trascendencia al mercado, a la ley de la oferta y la demanda entre las empresas capitalistas participantes, y ve al Estado casi como un enemigo de la libertad económica o como un simple garante de esta; en cierto modo lo ve como una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas y la buena marcha de los negocios. Esto es muy claro en La riqueza de las naciones, de Smith, y en Principios de economía política y tributación, de Ricardo.
El intervencionismo estatal y el proteccionismo económico se levantaron (aún en los tiempos de Smith y Ricardo y en los siglos XIX y XX) como la contraparte práctica e intelectual del liberalismo económico. A decir verdad, el gran desarrollo de la industrialización capitalista en esos siglos tuvo mucho que ver con el papel del Estado en la economía, sobre todo para proteger las industrias en desarrollo y el mercado interno.
Hubo varios teóricos del intervencionismo estatal y del proteccionismo, pero solo se hará mención de los dos más importantes: Marx, para el siglo XIX y Keynes, para el XX. Ambos le conceden al Estado un papel decisivo en el manejo de la economía, y por ese motivo es posible pensarlos como economistas contrarios al liberalismo económico.
Marx es muy diferente de Keynes, pues se opuso al capitalismo y a sus elementos principales, el mercado, la empresa capitalista y la libertad económica como la entendieron Smith y Ricardo. Keynes no fue un revolucionario como Marx, pero le dio mucha trascendencia al papel del Estado en el manejo económico, más que nada en tiempos de crisis, enfrentándose por esto a lo que llamó la ortodoxia neoclásica, a los autoproclamados herederos de Adam Smith.
Para Marx, el Estado es fundamental en su propuesta de superación del capitalismo. Él no creyó en la destrucción de este órgano de poder sino en su utilización como un importante medio para transformar la economía, eliminando la propiedad privada y el mercado capitalista. En este punto, su teoría del Estado es muy distinta a la de los anarquistas, quienes convirtieron a la organización estatal en otro de los demonios a vencer para revolucionar la sociedad.
La teoría del cambio social de Marx tiene un eje transversal y holístico en el papel del Estado con respecto a la economía. Las expropiaciones, las nacionalizaciones y el manejo de la producción y la distribución recaerían sobre este, en manos de la clase obrera y del partido revolucionario.
Para iniciar y mantener la revolución, Marx ideó un Estado interventor como no lo había plateado nadie antes en la historia. Los mercantilistas nunca llegaron tan lejos, pues creían en el mercado y la economía privada, y ni soñaron con una revolución socialista.
La teoría revolucionaria de Marx con respecto al mercado y la propiedad privada no se aplicó en el siglo XIX, sino en el XX. Teniendo en cuenta la experiencia histórica, y sin sufrir por las elucubraciones dogmáticas, hay que destacar que su propuesta de eliminar la economía privada y el mercado utilizando al Estado como instrumento principal ha sido un completo fracaso.
La producción y la distribución socialistas y la planificación súper dirigida desde la burocracia estatal generaron ineficiencias productivas y distributivas insalvables, escasez, racionamiento y terribles colas que ayudaron a desprestigiar la idea de la revolución socialista, pues el modelo probó ser incapaz para elevar la calidad de vida y el nivel de vida de las mayorías por encima de lo ofrecido por el capitalismo, como prometían a menudo los dirigentes.
La evidencia histórica más notable para verificar el fracaso del socialismo de Marx está en la profunda crisis y derrumbe de la Unión Soviética, y en la transición de la mayoría de los países que antes estuvieron bajo la égida de la URSS hacia la economía de mercado. Así mismo, está en el desarrollo de un mercado interno capitalista en China y Vietnam, países en los cuales se reimplantaron la economía privada y el mercado capitalista.
Quizás le fue un poco mejor a las ideas intervencionistas y proteccionistas de Keynes, quien buscaba el desarrollo del capitalismo, pero por una vía diferente a la de la ortodoxia neoliberal. Keynes nunca planteó el uso del Estado para destruir al capitalismo, sino para redirigir las actividades económicas (Ver Teoría general del empleo, el interés y el dinero).
Este economista británico sostuvo que las crisis del capitalismo solo podían ser enfrentadas con éxito utilizando al Estado para dinamizar las ofertas y las demandas, utilizando el presupuesto nacional para estimular la inversión, el empleo y las otras variables económicas fundamentales.
Su posición contrasta con la de los neoliberales, quienes sostienen que las fuerzas del mercado restablecen los equilibrios perdidos en una crisis sin necesidad de la intervención estatal. Las crisis de los años 30 del siglo XX y la del 2008 probaron la validez de las teorías de Keynes y sirvieron para poner de relieve el dogmatismo y la metafísica que viajan en la teoría del liberalismo económico.
Las nuevas variantes del keynesianismo siguen influyendo en muchos países que no han eliminado el mercado y la economía privada. Se ve la influencia de la teoría estatal y del mercado de este pensador en la construcción de los llamados Estados de Bienestar y en el impulso de la economía social inserta en el mercado, pero patrocinada por el Estado.
Los aportes de Keynes influyeron mucho en la CEPAL, en cabeza del economista keynesiano Raúl Prebisch y fueron decisivos para el desarrollo de los mercados internos de muchos países latinoamericanos, así como para el impulso de la industrialización estimulada por el Estado.
El papel del Estado con respecto al mercado y la economía privada también se hace sentir en China y Vietnam, países que utilizan el mercado y la empresa capitalista para dinamizar las fuerzas productivas y para mejorar las condiciones de vida de su población.
El pensamiento económico alternativo, contrario al neoliberalismo, bebe mucho, en lo social, de Marx, y en la relación entre Estado y mercado, de Keynes. El capitalismo no es la panacea para todo (como lo piensan los ultraliberales económicos) y tiene muchos problemas, como la desigualdad económica extrema, las crisis periódicas, la concentración excesiva de la riqueza y el salvajismo de los empresarios que destrozan el medio ambiente tras la búsqueda enloquecida de la ganancia. En este y otros aspectos cumple el Estado un rol regulador extremadamente importante, como lo demuestra la experiencia planetaria.
Las propuestas de reforma del capitalismo que se mueven hoy a nivel internacional tienen un importante componente del pensamiento keynesiano. Esas reformas, benéficas para las mayorías, solo pueden concretarse utilizando al Estado como principal instrumento.
Los cambios para enfrentar la miseria, la pobreza y la desigualdad extrema sin caer en el totalitarismo marxista, se inspiran en las teorías de Keynes. Dan fe de este aserto los libros de los Premios Nobel Amartya Sen (Desarrollo y libertad) y Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad); además, la obra reformista de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI.
En los tiempos que corren es imposible prescindir del mercado y de la economía privada para mejorar la sociedad. Un medio importantísimo para regular el desarrollo sigue siendo el Estado. Todo el proceso reformista que tiene como norte mejorar las condiciones de vida de las mayorías cuenta con el Estado como su principal aliado. Así de sencillo.
