El papel del Estado y el mercado en la economía
Analizar la importancia del Estado y del mercado en la economía implica contextualizar históricamente el papel de ambos. De hecho, el primer gran debate intelectual acerca de esos aspectos proviene del siglo XVIII.
El levantamiento de los fisiócratas franceses contra el mercantilismo fue, en lo esencial, una revuelta contra el rol del Estado monárquico, y un alegato a favor de la libertad económica, es decir, de la libertad para hacer empresa, negocios, comercio, etcétera.
Los economistas ingleses, bajo el influjo de la Revolución Industrial, también se levantaron contra la influencia excesiva del Estado monárquico, que era visto como una traba parasitaria contra el desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente las ligadas a la industrialización y al comercio.
Desde el punto de vista de la teoría, tanto los fisiócratas como los clásicos ingleses se inclinaban por entregarle más libertad al mercado y por reducir las funciones del Estado, ya de por sí muy interventor, proteccionista y gran succionador de la riqueza nacional.
Entregarle más libertad al mercado significó superar las cadenas mercantilistas que limitaban el desarrollo de los negocios y del comercio. O sea, reducir el tamaño y la influencia del aparato estatal y permitir que la economía se rigiera más por la ley de la oferta y la demanda.
De esos tiempos de las monarquías en crisis y del ascenso del capitalismo industrial proviene ese añejo debate global sobre el papel del Estado con respecto a la economía.
No puede olvidarse que por esos tiempos se vivía la experiencia de un Estado atrofiado por las necesidades de los reyes y de la burocracia, y de una expansión económica liderada por la industria, que requería libertad de maniobra, según la opinión de los economistas clásicos ingleses.
En ese contexto, el Estado era visto como una traba en el desarrollo del mercado, es decir, en el progreso de las empresas, en el comercio libre y en las otras actividades económicas influidas por la ley de la oferta y la demanda.
Esta vieja discusión continúo desarrollándose a lo largo de los tiempos por venir. En el siglo XIX, en los diversos países, la confrontación entre los proteccionistas y los librecambistas era, en el fondo, una disputa acerca de la influencia del Estado en el manejo de los mercados.
Cabe destacar que en este siglo las tesis de la “economía liberal” se hicieron dominantes, dando pie al surgimiento de escuelas económicas en los países europeos, clasificadas como neoclásicas por su filiación con el pensamiento clásico inglés.
Todas estas vertientes se inclinaron por plantear la reducción del tamaño y el papel del Estado y por ampliar la libertad y el radio de acción de la economía privada y de los mercados.
La máxima cumbre en cuanto a esta visión de “economía liberal” se encuentra entre los economistas austriacos, para quienes era innecesario otorgarle al Estado funciones en lo atinente a la “justicia social”, debido a que esta podría alcanzarse mediante la acción de los mercados.
En lo teórico, una gran ruptura con respecto a la visión liberal dominante fue la planteada por Marx. Para este pensador la primera necesidad era concretar la revolución que proponía, expropiando a los poseedores e impulsando un gobierno que garantizara el proceso revolucionario.
Por este motivo, el planteamiento de Marx fue necesariamente estatista, proteccionista, interventor y contrario a la economía de mercado. Este modelo de “economía socialista” empezó a aplicarse en Rusia a partir de 1917, y luego se replicó en otros países, como China y Cuba.
En el siglo XX no solo ocurrió la ruptura marxista con respecto al papel del Estado en la economía, que trajo consigo un ataque sistemático a los mercados y a la propiedad privada. También se presentó, desde los años 30 de ese siglo, una reacción contra la ortodoxia liberal neoclásica en el propio campo de las teorías procapitalistas.
El contexto de esta ruptura es muy distinto al del siglo XVIII, cuando los fisiócratas y los economistas liberales ingleses se levantaron contra el mercantilismo y contra el estatismo monárquico. Este levantamiento intelectual fue muy pragmático y muy crítico.
Partió de una coyuntura difícil de la economía global, sumida en una profunda crisis derivada de los desequilibrios entre las ofertas y las demandas. Parece ser que la única respuesta de la ortodoxia liberal consistía en dejar que la propia dinámica de la economía de mercado permitiera superar la crisis sin ninguna intervención estatal.
Fue inadmisible ese comportamiento en un contexto en que la riqueza se diluía, el desempleo galopaba sobre las mayorías incrementando la miseria y la pobreza y conduciendo a la sociedad hacia la debacle. En este ambiente de catástrofe surgieron las teorías de John Maynard Keynes.
Desde el punto de vista del papel del Estado y de su influencia en el mercado Keynes representó otra gran ruptura con respecto a las teorías económicas liberales. En cuanto a la intervención estatal en la economía quizás estuvo más cerca de Marx que de Smith, aunque Keynes siempre defendió el capitalismo.
Lo que propuso este teórico fue ayudar a mover la economía en crisis mediante la acción del Estado. Los desequilibrios agudizados por la crisis no se podían recomponer por sí solos, mediante una especie de mano invisible como la pregonada por los liberales, sino empleando las instituciones y los recursos del Estado.
Los recursos estatales y la emisión monetaria debían ser puestos al servicio de la reactivación económica, es decir, del impulso de las ofertas y demandas deprimidas. Ofertas de bienes industriales, agrícolas, entre otros; demandas de esos bienes, de dinero, etcétera.
Lo planteado por Keynes, en contra de la ortodoxia liberal, fue inyectarle recursos a la economía, o sea, a las ofertas y a las demandas, utilizando al Estado como el eje del proceso, pues la situación de crisis lo ameritaba. En consecuencia, el Estado subsidió y estimuló las ofertas y las demandas mediante un plan masivo de inversiones e interviniendo de modo muy activo en los procesos económicos,
La experiencia histórica enseña que no es cierto lo que plantearon los teóricos clásicos liberales y los neoclásicos en el sentido de que la ley de la oferta y la demanda y los mercados por sí solos superaban las crisis económicas y el problema más acuciante del capitalismo, que es la desigualdad económica extrema.
Más allá de la crisis posterior de los modelos keynesianos (que no es del caso analizar aquí) estos se revelaron eficaces para enfrentar los desequilibrios agudos del sistema, y sirvieron posteriormente para darle cuerpo a estrategias alternativas de desarrollo social encarnados en el Estado de bienestar.
Por el lado de las teorías de Marx, el balance del siglo XX no les favorece. El marxismo representó una alternativa que confiaba en el Estado para superar las dificultades que brotaban de la economía de mercado, de la propiedad privada y de la existencia de capitalistas.
Destruir la economía de mercado y concentrarlo todo en el Estado tampoco parece ser una solución viable, si nos atenemos a lo ocurrido en el siglo XX. El control extremo de la economía por el Estado afectó dramáticamente la cantidad y la calidad de las ofertas, incidiendo negativamente sobre la calidad de vida de la gente.
Eliminar los incentivos económicos y reemplazarlos por incentivos ideológicos o políticos golpeó muy negativamente el desarrollo de las fuerzas productivas y la generación de riqueza. Un Estado grande, intervencionista, proteccionista y totalitario tampoco fue suficiente para sufragar las necesidades de empleo de la población.
Estas falencias de los modelos económicos de Marx, que se repiten de país a país como una ley de hierro, están en la base de la crisis del socialismo marxista, crisis que trajo consigo el derrumbe de la Unión Soviética y de la mal llamada cortina de hierro, y que provocó el cambio de rumbo económico en China y Vietnam (que regresaron a la economía de mercado por la inoperancia de la economía socialista), entre otras sintomatologías sociales.
Lo que podemos sacar en claro de la experiencia internacional es que no se puede prescindir del Estado para enfrentar las crisis periódicas del capitalismo ni los problemas sociales. El Estado es muy útil, también, para redistribuir riqueza y generalizar el bienestar, como ocurre en algunos países del norte de Europa y de otros lugares.
Tampoco es posible suprimir los mercados sin afectar el desarrollo de las fuerzas productivas, la generación de riqueza y el bienestar social. La crisis de los países socialistas es la principal señal para alertarnos contra un Estado Leviatán que lo define todo, de la mano de una minoría de elegidos portadores de la verdad revelada.
Lo que se requiere en la actualidad es un Estado movido por prioridades sociales, no por los intereses de los círculos poderosos que solo tiran para sí mismos. Lograr esto no es fácil, por la gran cantidad de grupos de presión que dominan en la sociedad.
Pero hay que luchar por el objetivo de un Estado que batalle por la defensa del medio ambiente, de la vida humana, y que trabaje por la construcción de una economía con rostro humano.
Pelear por esto es más realista que embarcarse en la idea ilusa de una revolución totalitaria que siempre estará condenada al fracaso.
