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El miedo a la vacuna contra la covid-19

Ya los científicos produjeron la vacuna contra la tenebrosa pandemia que azota a la humanidad. Esa era la solución final que la mayoría de los habitantes del planeta esperaban para enfrentar la crisis múltiple que generó el coronavirus. Los laboratorios, en tiempo récord, trajeron al mundo el milagro.

A pesar de las dificultades alérgicas de algunos pacientes, la vacuna ha sido bien tolerada por más del 99% de los vacunados, lo cual es una prueba irrebatible de su seguridad. Pero, aunque ya se estableció este hecho científico y médico, muchas personas de todo el orbe siguen mostrando temor o rechazo contra ese medio para salvar vidas.

Con las personas que descalifican a la ciencia, y que aún creen que la tierra es plana (los terraplanistas), parece que no hay nada que hacer; en este caso tan exagerado, que no se apoya en nada sólido sino en meras especulaciones sin sentido, cualquier esfuerzo explicativo se perderá en el viento.

Esos individuos están tan atrancados por dentro en sus creencias absurdas que invitarlos a razonar en términos médicos equivale a una provocación para la guerra. Casi en este punto de inflexibilidad están otros grupos que no se caracterizan por el amor al saber, los cuales ligan la lucha contra la vacuna a sus posiciones ideológicas.

Gentes de la ultraderecha en los Estados Unidos y Europa engrosan las huestes de los antivacuna, basculando entre una inmensa ignorancia científica y la oposición cerril contra quienes perciben como sus enemigos. A esos sectores se unen los integrantes de las religiones que enarbolan ideas contrarias a la salud, aduciendo criterios divinos o morales contrapuestos a las conclusiones de la ciencia.

Con todos estos núcleos, y su periferia, es muy difícil establecer un diálogo constructivo con miras a convencerlos para que acepten la vacuna. Son rocas, constituidas de sistemas de creencias y de ignorancia, que nunca darán su brazo a torcer; su principal motivo para existir parecen ser las teorías conspirativas.

El origen de las principales teorías conspirativas contra la vacuna de la covid-19 está en esa franja variopinta, donde hay individuos de todos los estratos sociales, de varias religiones e ideologías políticas, y de muchos partidos, desde Europa hasta la Cochinchina.

Ese sector actúa a escala mundial y tiene una fuerte presencia en las redes sociales. Lo mejor que se puede hacer es dejarlos quietos con sus delirios y fantasmas, aunque nunca sobre rebatirlos para aclarar las barbaridades que a menudo cuelan en las redes, estimulados por una especie de paranoia que los lleva a ver enemigos y malas intenciones por todos lados.

Las personas que realmente deben interesarle a los gobiernos, a los partidos, a los medios de comunicación, a los científicos y todos los que deseen superar la pandemia componen el grupo, también muy variopinto, que siente un miedo normal ante lo desconocido.

Por falta de información, o por las malas ideas que circulan en las redes sociales, tal sector teme vacunarse. Este es un temor lógico y hasta respetable, sobre todo al tener en cuenta las reacciones alérgicas a la vacuna de algunos casos aislados. Esa inseguridad nada tiene que ver con la paranoia de los conspiracionistas, o con el perfil oscuro y peligroso de la mayoría de los antivacuna radicales de la ultraderecha global.

A estas últimas personas hay que tratarlas con respeto y consideración, y sobre ellas debe concentrarse el trabajo de las autoridades y de la gente razonable, para acercarlas a la mayor cantidad de información rigurosa posible, con el propósito de aclarar sus dudas.

Desde ya se debería profundizar una campaña informativa multisectorial sobre la vacuna. En los Estados Unidos y Europa se está trabajando fuerte en ese sentido, y lo mismo cabe decir de otros países, como Rusia y China.

En Colombia es pertinente que los medios de comunicación, los columnistas y las instituciones públicas y privadas con influencia trabajen mancomunadamente en pos de ese propósito humanitario, que será clave para derrotar a la pandemia.

Se necesita vacunar un poco más del 70% de la población para cercar y vencer al virus, mediante la inmunidad de grupo o rebaño. El trabajo sobre los indecisos (que no caben en la categoría de terraplanistas ni en la de los adoradores del Satanás de la ignorancia) es fundamental para lograr el objetivo. Tal esfuerzo tiene que ser, sobre todo, persuasivo y educativo, antes que una imposición monda y lironda.

Llegará el momento, si el porcentaje más allá del 70% no se logra con facilidad, en que lo más conveniente sea apretar a los terraplanistas y a los adoradores del Satanás de la ignorancia para conseguir el respeto del bien común (que, en este caso, consiste en parar al virus para evitar las muertes y otros daños colaterales).

La vida de los seres humanos está por encima de todo; ese es el máximo bien social, y a eso apunta la vacuna: a detener un maligno coronavirus que ha puesto en jaque mate a la civilización contemporánea.

Convencer a los temerosos acerca de la necesidad de vacunarse, para salir del oscuro túnel, es una tarea prioritaria. Sin ninguna duda.

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