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El estatismo a ultranza como estrategia revolucionaria fallida

Denomino estatismo a ultranza a la concepción según la cual se pueden resolver todos los problemas económicos y sociales a partir de la simple acción del Estado. Esta es una creencia indiscutible en grupos, personas o partidos que desean la revolución socialista o, paradójicamente, también es asumida por el polo ideológico opuesto, por la ultraderecha totalitaria fascista.

En las huestes que propenden por un gran cambio social que acabe con las clases se dio un profundo debate durante el siglo XIX sobre la propiedad privada, el mercado y el Estado. En general, se demonizó estas tres instancias como las principales raíces del mal dentro de la sociedad.

Una diferencia de fondo entre los anarquistas y Marx y Engels estuvo en que estos últimos no apoyaban la destrucción del aparato estatal, sino su conversión en un instrumento de poder en manos de la clase obrera o del partido de los explotados. 

La concepción que iluminó las principales revoluciones socialistas del siglo XX se deriva, sobre todo, de las ideas de Marx en contra de la economía privada, el mercado y del papel de la organización estatal en manos de las clases ricas. Destruir al capitalismo pasa por destrozar toda forma de propiedad y al mercado que la sustenta, convirtiendo al Estado en el principal instrumento de esa destrucción.

Este ha sido un dogma cuasi religioso en manos de quienes creen que es la única ruta para transformar la sociedad y para entrar al reino de la felicidad y la abundancia socialistas. Esa ilusión descansaba en el supuesto de que, si la sociedad era dirigida por los revolucionarios bien intencionados, la bondad del modelo de estatización a ultranza se revelaría en el futuro, trayendo consigo ríos de miel y riquezas indescriptibles. 

Pero la esperanza de una vida mejor sin economía privada y sin mercado se desvaneció más rápido de lo que todos suponían. A pesar de las buenas intenciones y del altruismo que las dirigía, ninguna sociedad modelada bajo las teorías del cambio social de Marx, con su estatismo súper extendido, ha logrado sostenerse más allá del siglo con buena salud.

La Unión Soviética y sus satélites se desplomaron estruendosamente en las últimas décadas del siglo XX. China adoptó, de manera abierta, una economía centrada en el capitalismo y el mercado, aunque disfrazándola con el lenguaje socialista. El mismo camino siguieron los vietnamitas. 

¿Por qué el sueño de una vida mejor sin economía privada y sin mercado se desvaneció en el aire de manera tan dramática? ¿Por qué la idea de que todo controlado por los trabajadores, el partido de vanguardia y el Estado no resultó tan dinámico y eficiente como supuso Marx?

Los hechos establecidos por los historiadores, libres de cualquier dogmática, permiten sostener que una sociedad tan controlada, como la que se deriva de las teorías de Marx, alimenta una represión feroz y un régimen policial que mata la libertad y destroza el humanismo, sobre todo en cuanto se refiere a los opositores.

No solo mueren allí el pluralismo político, ideológico o de otro tipo sino el pluralismo económico y social, mediante el cual se estimula o facilita la libre expresión de los individuos o grupos a nivel de la producción o distribución de los bienes y servicios.

Esto trae aparejada la creación de unas condiciones estructurales para el predominio de la escasez, la ineficiencia productiva y distributiva y el desmejoramiento de la calidad de vida de las mayorías, que son las principales víctimas del modelo, a pesar del querer de los dirigentes.

El sistema económico no tiene cómo producir bien lo necesario pues, al eliminar los estímulos de la economía privada, se instala en las empresas la modorra auspiciada por la burocracia y el griterío ideológico de los militantes partidarios. El peso del Estado sobre la economía se vuelve casi un peso muerto que la aplasta y asfixia.

El estatismo a ultranza en la producción y distribución es la principal causa del desastre de la economía socialista. La planificación y el control administrativo, en vez de agilizar la actividad económica, la limita, la entraba y la hace muy ineficiente. Este es un hecho establecido en todos los países en que se impuso el modelo, desde la Unión Soviética hasta Cuba.

Los graves problemas de abastecimiento, racionamiento, escasez y de colas cotidianas tienen su raíz en la estructura estatal de la economía, en el hecho de que hasta las minucias de la producción y la distribución son dirigidas por la burocracia estatal y partidaria.

Al contrario de lo pensado por Marx, el control estatal de toda la economía no liberó las fuerzas productivas, sino que las maniató. Esto no son simples palabras, pues se apoya en la experiencia histórica de la crisis irreversible del socialismo soviético y en los cambios profundos que hicieron los chinos y los vietnamitas para salir del hoyo negro de la ineficiencia en que los habían metido las teorías de Marx.

A finales de los años setenta del siglo XX, la dirección de China estimuló una serie de reformas tendientes a superar al paquidérmico modelo económico estatista, que era incapaz de resolver los graves problemas de la mayoría de sus habitantes. Los líderes chinos se dieron cuenta de que con la dogmática derivada de las teorías de Marx nunca saldrían de la penuria y la escasez.

Friedrich Engels y Mijaíl Bakunin

Liberaron la agricultura, permitiendo la economía privada y las ganancias, y facilitaron el desarrollo de una economía capitalista y de un mercado interno conectados con el mundo exterior. Crearon zonas experimentales de desarrollo de una economía no estatizada, básicamente privada, aprovechando los capitales y la transmisión tecnológica internacional.

¿Por qué los chinos hicieron semejante reforma que va contra los mitos, las leyendas y el dogmatismo de la izquierda tradicional conservadora? Porque se dieron cuenta de que la economía estatizada no funciona bien en todo, que la economía socialista es, en lo fundamental, un completo fiasco, pues le promete al pueblo una calidad de vida superior a la del capitalismo y no tiene con qué cumplir su palabra. 

Lo que ha fallado con el socialismo marxista no son ni las palabras ni la ideología solamente; falló un modelo económico esgrimido como la panacea para enfrentar los males de la sociedad de clases; se autoliquidó una organización dominada por la modorra que los soviéticos no supieron o no quisieron cambiar a tiempo, como sí lo hicieron los chinos y los vietnamitas. 

Tanto en China como en la Unión Soviética la intelectualidad crítica entendía que el socialismo engendraba unas condiciones de vida irrisorias y opresivas; los chinos no esperaron al colapso definitivo del sistema, pues se adelantaron con sus reformas económicas. Los soviéticos, en cambio, vieron cómo se les vino el mundo encima, aplastándolos sin poder evitarlo. Los cambios improvisados e inadecuados de Gorbachov, en vez de parar la caída, la aceleraron. 

Los chinos, los vietnamitas y los países del norte de Europa que construyen sólidos Estados de Bienestar están demostrando que el mercado y la economía privada no son los diablos que nos vendieron Marx y los anarquistas. Que se puede construir una mejor sociedad utilizando esa economía y al mercado. 

Porque una sociedad con futuro no es una suposición ideológica, una esperanza mística o un simple deseo altruista. Una sociedad viable debe garantizar ingreso, bienes y servicios y una calidad de vida en ascenso. El socialismo niega eso, como niega la libertad y el pluralismo. En la práctica, entrega lo contrario de lo que ofrece, como lo prueba la evidencia histórica. 

Una mejor sociedad incluye no solo el alimento sino la construcción de una cultura abierta, flexible, inclusiva y tolerante, apoyada en el pluralismo y la libertad. Es mentira que una sociedad así no se pueda construir en presencia del mercado y la propiedad privada. El ejemplo del norte de Europa es muy diciente en este sentido.

Aunque es indiscutible que los chinos tienen aún un déficit de libertad, nadie puede negar que, apoyados en el mercado y la economía capitalista, han dado un salto tremendo al convertirse en un país moderno que logró sacar de la miseria y la pobreza a casi ochocientos millones de almas, aparte de convertirse en una potencia económica de punta a nivel mundial (Véase Osvaldo Rosales, El sueño chino, Siglo Veintiuno Editores-CEPAL-ONU, 2020).

Desafortunadamente, no ocurrió lo mismo en la Unión Soviética, y por eso las quejas de las mayorías no desembocaron en una reforma profunda de un sistema económico disfuncional y enfermo, sino en una crisis que mató todas las esperanzas, porque solo sirvió para reimplantar el capitalismo salvaje (Ver Svletana Aleksiévich, El fin del homo sovieticus, Acantilado, Barcelona, 2015).

La discusión, a la luz de la historia, sobre el papel del Estado, del mercado y la economía privada permite plantear algunas conclusiones: a) la propiedad privada y el mercado no son la causa de todas las desdichas humanas; se puede hacer un uso creativo de esos arreglos sociales con el norte de resolver, sobre todo, los problemas de las mayorías.

b) La burguesía desbocada y los mercados desaforados siempre han sido un problema para la sociedad; la experiencia indica que se puede regular, por el Estado, esos procesos para evitar las barbaridades derivadas del capitalismo salvaje, privilegiando la construcción de entornos más estables donde lo social sea el epicentro.

c) La experiencia de China y Vietnam está provocando un fenómeno nuevo en la historia: la del desarrollo de una economía capitalista sin burguesía en el poder, pues al mando de esos países están unos partidos y unas burocracias que impulsaron el capitalismo ante el fracaso del modelo económico socialista, con un papel regulador del Estado bastante notable.

d) El experimento de los Estados de Bienestar del norte de Europa está arrojando también importantes señales; allí se construyen sociedades democráticas, libres y pluralistas, utilizando a las empresas privadas y al mercado como importantes medios regulados por el Estado.

Un Estado por sí solo es incapaz de producir y distribuir bien lo que necesita la sociedad. Tampoco es capaz de ofrecer empleos bien remunerados a todas las personas. La empresa privada se convierte en una solución en estos puntos, como lo demuestra la experiencia mundial desde hace mucho tiempo.

El gran drama de Cuba, por ejemplo, es que, a pesar de ofrecer educación gratis a su gente, después no puede emplearla bien. Todo se concentra en el régimen clientelista creado alrededor del partido y la burocracia estatal, por lo que la escasez también toca a los empleos; esa limitante siembra la desesperación en muchos profesionales, que no desaprovechan la ocasión de irse hacia otros lugares buscando oportunidades para mejorar su calidad de vida.

La economía privada puede ser complementaria de la estatal, no su enemigo. Si bien suele tener más de un burro muerto detrás de sí y ha sido la causa de muchas guerras, conflictos y de la explotación es útil en más de un sentido: como surtidora de bienes de consumo y medios de producción, además de impulsora de sistemas productivos y distributivos de avanzada, así como vehículo de la creatividad y la innovación modernas.

Una sociedad sin estos requisitos mínimos está condenada a la ineficiencia, al estancamiento y al deterioro social. La experiencia del planeta indica que la propiedad privada y el mercado pueden servir de instrumentos para enfrentar los problemas sociales. Ahí está el ejemplo de los chinos y los vietnamitas para corroborar este aserto.

Para alguien que no se deje dominar por el dogmatismo es muy claro que el confort moderno, los progresos tecnológicos en los medios de transporte, de comunicación o científicos, etcétera están directamente relacionados con la actividad de la economía privada y de los mercados.

Si bien esos desarrollos no suelen ser tan puros y santos, como lo pregonan los partidarios del liberalismo económico, es imposible desconocer su importancia en la transformación social, en los cambios en el nivel de vida y en la calidad de vida de las mayorías, los cuales han tenido un carácter profundo y hasta revolucionario.

El dogmatismo estatista, la nueva religión que demoniza al mercado y a la propiedad privada, no tiene nada qué decir ante la profunda crisis de las teorías del cambio social de Marx. Es más: no quiere atender a las señales de la realidad histórica por repetir, sin ningún fundamento, lo que escribieron sus maestros en el siglo XIX. 

O sea, el estatismo a ultranza dejó el terreno de la ciencia y se mantiene amarrado a las viejas teorías…Esas visiones obsoletas que parecen más creencias religiosas que postulados científicos. 

El estatismo a ultranza es una nueva variante del misticismo revolucionario conservador que ya no aporta nada al cambio social, porque se opone a las transformaciones viables y fructíferas que requiere la sociedad. 

Ese misticismo hace rato dejó de ser revolucionario y se convirtió en uno de los bastiones de la reacción contemporánea. Una reacción disfrazada de otra cosa, pero reacción, al fin y al cabo.