El Estado artificial de Afganistán
Es imposible imaginar el terror que viven por estos días –y seguirán viviendo por muchos más- todos los afganos que asisten al retorno al poder del Talibán en Afganistán. El reinado del terror del extremismo musulmán no es nuevo, por el contrario, es una realidad histórica que ha perseguido durante mucho tiempo a los habitantes de este espacio geográfico, condenados a sobrevivir entre los excesos del gobierno absolutista de turno, o la anarquía del vacío estatal. Una constante casi universal en todo Medio Oriente.
Desconozco a profundidad la historia de Afganistán, más allá de la bien conocida guerra con los soviéticos hacia finales de los 70, el caos de la violencia entre los múltiples grupillos insurgentes que siguió al final de la misma, la invasión protagonizada por Estados Unidos a comienzos de este siglo y el capítulo más reciente que este año se escribe. Dado este desconocimiento, no podría hablar con absoluta propiedad de las causas de lo que hoy sucede en este ‘país’, porque sería absurdo intentar encontrar una explicación en los últimos 2 años de política internacional estadounidense –incluso intentar explicarlo con base a lo que ha pasado en la última década sería simplista-. Sin embargo, desde una perspectiva centrada en la ciencia política, podemos extraer una moraleja muy clara del caso afgano: no es posible construir estados artificiales.
Un Estado es un complejo entramado de instituciones formales e informales que interactúan unas con otras para administrar el poder público en un espacio geográfico determinado. Además de esto, existe un amplio consenso en que la otra condición sine qua non para que un Estado sea considerado tal, es que ejerza el monopolio de la violencia en el espacio geográfico que controla. Es especialmente importante entender que el Estado administra el poder público, por esto es que, en la edad media en Europa, por ejemplo, difícilmente hablaríamos de estados como los entendemos ahora. En aquellos momentos, el poder del rey y su familia era, más bien, una especie de poder privado, considerablemente más grande que el de un simple campesino, pero no mucho más que el de los nobles sobre los que ejercía una especie de control incompleto.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad esto es lo que ha existido a lo largo del mundo, estados incompletos, incapaces de conjugar en sí mismos los intereses de sectores mucho más grandes que los de unas cuantas familias y, mucho menos, de monopolizar la violencia en un territorio mucho mayor a las inmediaciones del palacio real. Por ahí a mediados del siglo XVII, con la firma de la Paz de Westfalia, surge por primera vez la idea del Estado nación que conocemos hoy en día, bajo el principio de que un Estado no era simplemente el conjunto de propiedades privadas que heredaban los nobles entre sus familias, sino un espacio territorial que pertenecía a todos los habitantes nacidos en él. Entonces el Estado se hace verdaderamente público, aunque pasarían muchos años antes de que todos pudieran participar realmente de su administración –en muchos lugares esto todavía no sucede-.
La mayor parte de las diferencias en la prosperidad de las naciones a día de hoy se explica, precisamente, por los atributos de los estados que las rigen y su fuerza relativa. Estados que no alcanzan a monopolizar toda la violencia en su territorio, y que son manejados de manera extractiva, como el colombiano, suelen parir pobreza y desigualdades. Estados que controlan eficazmente casi todos los rincones de su geografía y en la que amplios sectores de la sociedad pueden participar en igualdad de condiciones (como la mayor parte de Europa Occidental), suelen generar riquezas y crecimiento económico sostenido. En Afganistán, sin embargo, no había ninguno de los dos.
Afganistán era un país escasamente poblado, con muchas comunidades rurales viviendo dispersas a lo largo de sus fronteras, en un equilibrio de poderes en el que nadie poseía la fuerza suficiente como para imponer su voluntad sobre todo el territorio. Sin embargo, el Imperio Británico necesitaba un aparato administrativo a través del cual extraer recursos de las colonias que tenía en la región y dio a la monarquía afgana los atributos de un Estado moderno de la noche a la mañana. Lógicamente, este ‘Estado’ solo se sostuvo mientras los británicos lo sostuvieron y, una vez lo abandonaron, se vio sumido en un sinfín de conflictos internos con los demás poderes locales que pugnaban por recobrar la libertad de la que siempre habían gozado.
El proceso de centralización del Estado en una nación es largo y tortuoso, supone –a fuerzas- que algún grupo privado sea lo suficientemente fuerte como para imponer de manera permanente un control territorial sobre toda su geografía de manera incontestada. Supone que, poco a poco, los grupos de interés con mayor poder dentro de ese territorio se vayan integrando a la máquina de control estatal, requiere que, en el devenir de los tiempos, les sea más rentable mantener vivo a este leviatán, en vez de rebelarse e intentar controlar ellos mismos una pequeña parcela del suelo nacional.
Todo esto sucede al ritmo del motor de la historia. Episodios individuales, hazañas históricas, momentos cruciales, que a lo largo del tiempo van sumando para dar forma a una nación, se trata de un proceso orgánico, en el que las comunidades humanas se van adaptando al entorno político y económico, como lo hacen los seres vivos con la naturaleza, se parece a la evolución. Con el tiempo, podría surgir una monarquía constitucional, una democracia, un califato, o reinar para siempre la anarquía, con cientos de centros de poder incapaces de establecer certezas y reglas claras. Lo único cierto es que, como cualquier proceso evolutivo, no podemos acelerarlo para ver resultados que toman cientos de años en desarrollarse.
Esta es la realidad que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética tuvieron que aprender a la fuerza a través de decenas de fracasos a lo largo de toda la Guerra Fría -y un poco después todavía-. Cantidades inauditas de dinero arrojadas a regímenes corruptos, débiles, ilegítimos, falsos, artificiales, que fueron completamente perdidas. Una vez se cierra el grifo del dinero, la ayuda militar y/o humanitaria, el territorio vuelve a tomar su forma natural como el agua que inunda el espacio que antes le vedaba la represa. Los soviéticos no pudieron crear un Estado en Afganistán, los estadounidenses tampoco, solo los afganos podrán hacerlo, y las dos superpotencias se la han puesto más difícil.
Volviendo entonces a la idea del principio. Creo que el fracaso de Afganistán debería servir para cambiar la filosofía de la comunidad internacional con respecto a la intervención en otros países. Si bien es cierto que el consenso en la actualidad es que la intervención militar directa en cualquier territorio es, casi siempre, una mala idea, no existe tal consenso con respecto a la intervención indirecta a través de la recomendación de políticas públicas que son, más bien, imposiciones, pues vienen atadas a caramelitos (en forma de préstamos) que nuestros gobernantes corruptos consumen sin más, por la mentalidad cortoplacista que siempre los caracteriza.
La única forma de mejorar un país siempre será dejar que sus propias gentes lo hagan, la única ayuda que realmente se les puede dar es legarles la herramienta más poderosa de todas: el conocimiento, y esperar que con ella hagan lo mejor que puedan. Una sociedad civil fuerte es el mejor contrapeso a las intenciones absolutistas y extractivistas de pequeños sectores de la población. Lamentablemente, en el caos de Afganistán, estas herramientas ya han perdido toda eficacia. Lo único que queda para hacer, al menos por ahora, probablemente es aprender y esperar.