El día sin IVA: una política incoherente
Como lo esperaban muchas personas, el gobierno nacional cumplió su promesa de establecer, el viernes 19 de junio, un día sin IVA. Esta política tiene su fundamento en entregarle un energizante momentáneo a la economía, la cual ha sido duramente golpeada por el covid-19.
A pesar de las disposiciones preventivas, centradas en los protocolos que debían seguir las empresas ante la probable avalancha de compradores, en muchos lugares el efecto del día sin IVA desbordó con creces el incompleto análisis del presidente y sus colaboradores.
Lo que se vio fue una desmadrada completa de personas que usaron los protocolos, supuestamente obligatorios, para limpiarse el sudor de la frente. Ni los establecimientos ni los clientes respetaron, llevados por el frenesí de vender o comprar, las normas de higiene mínimas y el popular distanciamiento físico.
El consumismo, la indisciplina social y la errónea política del gobierno hicieron su agosto en el viernes de rebajas con covid-19. Los síntomas de indisciplina social ya venían ocurriendo en todo el país desde antes del día sin IVA. Muchos gobiernos locales sudaban la gota gorda para hacer valer la cuarentena ante el asedio de la pandemia.
En Barranquilla, el burgomaestre tuvo que acudir a la ayuda del ejército para intentar controlar el irrespeto a la cuarentena por parte de personas de casi todos los estratos sociales. En Soledad no existe forma, ni divina ni humana, para que sus habitantes entiendan que deben autocuidarse, acatar la cuarentena y las medidas sanitarias.
Esta situación, muy comprometedora, de dos ciudades de la Costa no es la excepción a la regla, pues también se presenta en otros lugares del país, incluida Bogotá. Según las cifras oficiales, el número de enfermos y de muertos no va hacia abajo sino hacia arriba, y una de las causas indudables de este problema está relacionada con la indisciplina social.
Sin tener control de la curva de contagios y fallecidos, sin haber resuelto el tema de los respiradores, y en medio de un sistema de salud que empieza a presentar saturación en las UCIs, el gobierno decide implementar lo que había prometido: el famoso día sin IVA, o “Covid Friday”, como lo han llamado, cómicamente, en el exterior.
Si partimos del supuesto de que el presidente Duque prometió en esta crisis poner la vida por encima de la economía, su decisión lució completamente incoherente. Y si tomamos como referencia los tremendos problemas que tienen varios mandatarios locales para contener en sus casas a las personas, la medida es, por lo menos, irrespetuosa e irresponsable.
El día sin IVA azuzó a la gente a salir, exponiéndola a pescar la infección y a morir o a infectar en sus hogares a los más vulnerables. El “Covid Friday” fue un completo desastre en muchos sitios, si tenemos en cuenta los protocolos sanitarios y el socorrido distanciamiento físico.
Lo que se vio en los medios de comunicación fue una turbamulta completamente desbocada y cebada por el consumismo. El “Covid Friday” pudo ser un éxito relativo desde el ángulo comercial, pero también fue un fracaso desde el punto de vista sanitario y de la defensa de la vida.
En cierto modo, esa política representó un intento de enfrentar una enfermedad acelerando otra. Con ella, el presidente se lanzó, de manera por demás burda, tras la idea de reactivar la economía al precio de incrementar los enfermos y los probables muertos. Por su desatinada decisión, Duque se puso del lado de la muerte y en contra de la vida.
El mayor número de muertos de la pandemia del año 1918 (la peor del siglo XX y una de las más graves de la historia) no se produjo en la primera oleada, sino en la segunda y la tercera, en varios países. Una de las causas principales de ese fenómeno estuvo en el irrespeto de la cuarentena por parte de la gente.
Aquí en Colombia ni siquiera hemos podido manejar bien el primer brote (en parte por las torpezas del gobierno y por la indisciplina social), y el jefe del ejecutivo se pone ahora del lado del virus con su inoportuno día sin IVA.
En una situación como la actual, todavía ambigua y difícil, el presidente no hace lo que se debe hacer (con coherencia, responsabilidad y respeto por el pueblo), sino que incita a la gente para que salga a comprar, incrementándole el riesgo. La medida arriesgada del primer mandatario es una cura de burro a favor de la economía, pero en contra de la vida.
Pienso que Trump y Bolsonaro le quedaron pequeños a Duque, quien pretende curar el alcoholismo regalándole una botella de ron al alcohólico. Si el presidente no es coherente con la defensa de la vida, el futuro que nos espera no será nada agradable. Entonces, como dicen los creyentes, que Dios nos coja confesados.