El cemento sí que cuenta
Quienes sostienen que el cemento lo resuelve todo cometen un gravísimo error; de igual manera, aquellos que desdeñan ciertas obras que requieren cemento están muy equivocados. La importancia o no de este material para ejecutar proyectos depende de las condiciones concretas de las poblaciones o países.
En el caso específico de Barranquilla el cemento ha tenido y sigue teniendo una importancia clave. Recuerdo que, cuando todavía era un niño, la alcaldía, el concejo y algunos sectores políticos lideraron una importante estrategia de pavimentación de calles en Cevillar y otros barrios del sur.
Puedo asegurar que el concreto armado nos cambió la vida, dignificándola en varios apectos. Se acabó el polvo que dañaba los alimentos y desaparecieron los barrizales reproductores de mosquitos. Así mismo, los vehículos que no entraban al barrio por los inmensos huecos pudieron hacerlo sin inconvenientes, aliviando la vida de los vecinos, sobre todo cuando traían compras del lejano mercado público.
El efecto redentor del cemento alcanzó hasta el tono anímico de la gente. Muchos sacaron dinero de quién sabe dónde para arreglar los frentes de las casas, para pintarlas y acondicionarlas como mejor pudieron. La pavimentación de las calles se convirtió en un gran hito que cambió, parcialmente, la situación de todos, para bien.
En aquellos tiempos también hubo críticas contra los gestores de las obras asociadas al cemento. Eran cuestionamientos más ideológicos que otra cosa. Atacaban los trabajos no porque no fueran necesarios e importantes, sino porque los habían ejecutado los otros, los adversarios de la orilla opuesta. “Eso es puro cemento”, decían, pordebajeando el impacto notable de la pavimentación.
Algo parecido ocurre hoy con la solución al tema de los arroyos y con el avance de ciertos proyectos que requieren el uso del vilipendiado cemento. Solucionar el problema de las corrientes de agua ha sido siempre una gran aspiración para la urbe. Algunas terapias a la problemática fueron expuestas por la Misión Japonesa.
Pero es pertinente reconocer que los últimos gobiernos cogieron el toro por los cuernos y están enfrentado la dificultad como debe ser. Hasta ahora se han canalizado algunos de los grandes arroyos tradicionales y otros menores, aunque aún queda mucho por hacer.
El efecto negativo de los arroyos sobre las actividades educativas, económicas y sobre la existencia de los transeúntes ameritaba adelantar la canalización de los arroyos como una obra fundamental para todos. Pero ciertos sectores políticos no ven la cuestión así, y critican estos esfuerzos descalificándolos como otra solución de cemento, ideologizando una solución que se debe aceptar más allá de los intereses políticos, por el beneficio común que encarna.

Lo mismo ha ocurrido con los parques. ¿Cómo hacer parques sin utilizar cemento y otros materiales? Hay que construir y mejorar los parques en Barranquilla, la cual aún tiene un déficit de espacio público por habitante, según los estándares internacionales.
Los parques mejoran la calidad de vida porque están asociados a la recreación de los niños y los adultos y se pueden convertir en viveros para las plantas y los árboles, atacando de este modo otro déficit de la urbe ligado al número de árboles por habitante. Si se quiere optimizar el espacio público para elevar la calidad de vida de la gente, una de las estrategias a seguir es construir y mejorar los parques.
Este es otro tema que no soporta la ideologización, si lo que urge es trabajar para la gente común, para las mayorías que visitan los parques. Aquí el cemento tiene un valor primordial en la construcción de espacios, de vías, de andenes o de nichos para los jardines. El cemento, en este caso, no se opone a la naturaleza y a lo social, sino que los contiene, para el beneficio común.
Un proyecto atacado por ser, supuestamente, puro cemento ha sido el del Gran Malecón. Es pertinente anotar que, desde mucho antes que se emprendiera esta importante obra, los intelectuales de la ciudad (poetas, filósofos, historiadores, etcétera) planteaban la urgencia de integrar el río a las mayorías.
Era muy lamentable que una población que despegó en el siglo XIX gracias al río Magdalena viviera de espaldas a este detrás de la muralla china compuesta por las empresas de la vía 40. Por eso, cuando empezó a concretarse la magnífica idea del Gran Malecón, muchos intelectuales citadinos saludaron sin ambages la iniciativa. Y esa actitud se extendió a otros estratos de la ciudad.
El Gran Malecón rompió en dos la historia reciente de Barranquilla, al menos en cuanto a la creación de otro espacio recreativo popular y a la conexión del río Magdalena con la ciudadanía. Las estadísticas de asistencia están ahí para corroborar este hecho, más allá de las fobias ideológicas.
El Gran Malecón no es solo cemento, pues tiene parques para niños, jardines, sitios para las mascotas y muchos árboles en crecimiento. Es, hoy por hoy, el espacio público más visitado por los nativos y los foráneos. ¿Cómo era posible hacer un lugar tan llamativo como este sin utilizar cemento?
El cemento también es tremendamente útil en la construcción de escuelas, hospitales y otros sitios públicos integrantes del llamado Estado de Bienestar. Es imposible desarrollar muchas obras de infraestructura (avenidas, acueductos, centros comerciales, barrios enteros…) sin acudir al vilipendiado cemento.

La vida moderna no puede desarrollarse bien sin el cemento, esa es la verdad. De donde se infiere que el enemigo común no es este medio para concretar trabajos de progreso. De aquí resulta que es una tontería ideológica descalificar el uso del cemento, cuando este no es el problema ya que hace parte de la solución.
Las preguntas de fondo de los actores políticos deben estar conectadas con las prioridades de la ciudad y muy por encima de sus apetencias ideológicas. Porque las obras que se requieren hay que ligarlas a las probables soluciones, más allá de la simple ideología. Las necesidades y sus soluciones carecen de ideología y de color político.
Lo grave de la situación consiste en que, si no se observa con tranquilidad lo hecho sino nada más para decir que no sirve porque es solo cemento y porque lo hizo el otro, la ideología niega el balance equilibrado y empuja al opositor hacia la irracionalidad y a enfrentar, sin ningún argumento de peso, esfuerzos de beneficio común que debería apoyar.
Las vías de los barrios, los parques, las escuelas, la canalización de los arroyos, el Gran Malecón, la arborización en masa, etcétera deberían ser consideradas tareas fundamentales por todos, debido a su impacto en el bienestar de las mayorías. Es muy iluso descalificar tales ejecuciones como simple cemento, ya que hacen parte de estrategias sociales que hay que defender, háganlas quien las haga. Su alto contenido social es más que indiscutible.
Si hay algo que se debe pensar como política de Estado y no solo como medidas de partidos o grupos empoderados momentáneamente son casi todas las obras mencionadas aquí. La competencia no debería ser por quién hizo esto o aquello, sino por quién desarrolla mejor el Gran Malecón, las vías de los barrios, las escuelas, los centros de salud, los parques, la arborización, la canalización de los arroyos y otras ejecutorias que ayudan a concretar un deseable Estado de Bienestar.
Todas estas tareas urgentes y necesarias para la ciudad están más allá de la manía ideológica que las niega o las ridiculiza porque son fruto del trabajo del otro. El recurso del cemento es solo un pretexto para atacar al opositor a través de lo que hace o no hace. Pero, en realidad, sin el bendito cemento el espacio público y las obras sociales no avanzarían como tienen que avanzar.
Al observar sin sectarismo las prioridades de la urbe se comprenderá enseguida que el cemento es fundamental. Y que no se opone al cumplimiento de los objetivos sociales, sino que se articula bien a ellos. El cemento sí que cuenta.