El Carnaval que no vivimos
Este año, como venía ocurriendo anteriormente, el Carnaval de Barranquilla hubiera arrancado, de hecho, un viernes, con los bailes amenizados por orquestas y conjuntos nacionales y extranjeros. Al día siguiente, media ciudad se paralizaba por la Batalla de Flores y por los otros desfiles, que servían de antesala al jolgorio colectivo extendido hasta el martes.
En enero, con la Lectura del Bando por parte de la Reina del Carnaval, se le hubiera dado inicio oficial al desorden organizado en que se convierte Barranquilla con motivo de su máxima fiesta. La Guacherna, una semana antes de los cuatro días de clímax, abriría los grandes desfiles multitudinarios tan propios de nuestra fiesta.
La Reina del Carnaval y su séquito llorarían a Joselito, el muerto que revive cada Carnaval, y en los barrios populares toda clase de hombres, disfrazados de mujeres, llorarían y gritarían con su ropa negra por ese muerto tan popular, y le sacarían del bolsillo a sus víctimas las monedas o los billetes para continuar libando.
Quien lo vive es quien lo goza, gritarían los locutores, invitando a la gente a participar de la barahúnda. Quien lo vive en el bordillo, en la calle, disfrazándose, en los encopetados bailes, en las fiestas de la casa, observando los desfiles, consumiendo bebidas alcohólicas… es quien lo goza.
Pero casi nada de esto será este año, porque el virus destrozó el deseo y redujo la muestra de la tradición y el divertimento a algunos espectáculos televisados o proyectados en las redes. Todo se limitó a un espectro virtual por necesidad, si exceptuamos los pocos eventos con control de ingreso del público, como el del Gran Malecón o el de la Casa del Carnaval.
La Muerte de Joselito desapareció de la escena, pues el Carnaval 2021 solo llega hasta el domingo 14, y los tradicionales lunes y martes de Carnaval, convertidos en días cívicos para facilitar la celebración, pasaron a peor vida debido a la pandemia.
Toda la estructura de la fiesta fue derrumbada, pues no se podía hacer otra cosa. Aunque el Carnaval hace parte de la vida, el covid-19 es sinónimo de muerte, y resultaba inconveniente exponer al público a las enormes aglomeraciones donde es muy fácil pescar un contagio.
El hecho es que la pandemia devastó al Carnaval de Barranquilla. Lo redujo a su mínima expresión, dejando solo abierto un pequeño portoncito en Telecaribe y en las redes sociales, para exhibir algo en vivo desde los municipios del departamento, y proyectar videos históricos que hacen parte del recuerdo.
La virtualización de una parte del carnaval es acompañada de medidas excepcionales para restringir la movilidad de la gente, lo cual era lo más sensato para mantener bajo control los contagios y la probable muerte de más personas. No se podía hacer algo diferente a lo que se hizo, si el interés máximo era proteger la vida.

Pero esa virtualización forzada y esas restricciones necesarias representan, también, un golpe terrible para la economía de la ciudad que, como se sabe, recibe un gran impulso, año tras año, como consecuencia de la fiesta. Los hoteles, los restaurantes, las empresas que incrementan su demanda a raíz de los días de berroche, vieron cómo su esperanza de reactivación se vino al suelo por las restricciones gubernamentales.
El paro forzoso también lesionó gravemente a los vendedores ambulantes y estacionarios, a toda la economía informal, que se beneficia vendiendo camisetas, máscaras, sombreros o cualquier otro objeto alusivo a las carnestolendas. Es muy difícil cuantificar el golpe económico a estos sectores, pero de que fue devastador, lo fue en extremo.
Pero el pretinazo económico no es solo para los privados, sino para el Distrito de Barranquilla, para los municipios del Departamento del Atlántico y de otras jurisdicciones, que verán reducir sus ingresos con motivo de la cuasi cancelación de la fiesta.
Un cálculo económico elaborado por el Distrito y por instituciones privadas para el año 2020 estableció que, sobre todo en los 4 días de clímax del carnaval, se esperaba la participación de 35.000 artistas, 9.700 músicos y 1.864.000 asistentes. Casi todo esto se derrumbó en el 2021, con los efectos en el gasto y en el ingreso individual y colectivo que es posible imaginar.
El aumento en las ventas de telas e instrumentos musicales se calculó en un 100%; las ventas en los negocios de la Calle 72 y del Centro (basadas en objetos del Carnaval) recibirían un incremento de casi 300% y de casi 250%, respectivamente.
Otras zonas económicas articuladas a las festividades, como el bulevar de Simón Bolívar, la Calle 8 y la Calle 84, tendrían un incremento en ventas, en promedio, de 150%. En todas las zonas, el licor servido en mesa se incrementaría un poco más del 300%, y las ventas de las comidas rápidas estacionarias se elevaría por encima del 120%.
Si a esto se agrega que los hoteles dejarían de vender el 95% de su capacidad, y las aerolíneas no trasladarían a las 26.000 personas en vuelos nacionales, y a los 3.000 visitantes del exterior, se alcanza a tener una idea más precisa de la catástrofe económica que representa la suspensión del Carnaval.
Es decir, la pandemia siguió golpeándonos a todos: a quienes disfrutamos la fiesta, a las empresas y personas que se benefician económicamente en el precarnaval y en los 4 días del clímax. La esperanza de relanzar la economía de la ciudad y la región con motivo del Carnaval se desvaneció por la covid-19.
De tal manera que perdió la tradición, el folclor, los hacedores, las empresas, el Distrito, los raizales, los visitantes…perdimos todos. La pandemia lesionó la alegría, el jolgorio y el tejido económico, sin nada que podamos hacer para evitarlo. Pues, antes que el goce, estará siempre el cuidado de la vida, indudablemente.