Derrota ante Perú y gran frustración nacional
El técnico Ricardo Gareca vino a Barranquilla a hacer un partido diferente al que hizo Chile. Los australes se abrieron a jugar, quizás pensando que podían superar a Colombia, pero los espacios abiertos cuando se compite de tú a tú le dieron la ventaja a los habilidosos colombianos, que ajustaron un 3-1 que pudo ser más amplio.
Perú armó un esquema parecido al de Paraguay, al esperar atrás y apostarle al contragolpe. Un bloque hermético en el fondo y muy pocos espacios para la destreza de Díaz o de Cuadrado, por ejemplo, dejaron solo la alternativa de los centros y de la pelota quieta, pero eso tampoco funcionó bien.
A pesar de todo, el equipo nacional fue mucho más que los peruanos y corrió los riesgos a correr cuando se ataca con todo, aunque más con desorden que con efectividad. Y lo que podía suceder sucedió: el fatídico y solitario contragolpe peruano produjo un gol inesperado, consecuencia de un riflazo rasante de Edison Flores por el propio palo de David Ospina.
Un gol que fue casi como la muerte, al minuto 85, a un equipo cansado e incapaz de batir la espesa muralla china que construyeron los peruanos. Esa estocada asesina fue la causa de la frustración que se apoderó de los jugadores, de la tribuna y de todo un país que soñaban con una victoria que los acercara al Mundial de Catar.
Una frustración que se transformó, muy rápidamente, en violencia y maltrato contra los jugadores y el técnico Rueda, como a menudo acontece en todos los países cuando los oncenos pierden y destrozan las esperanzas de la gente, convirtiendo la vida de los hinchas en un auténtico calvario.

Es imposible que el desespero del fan ante una derrota tan significativa no desembocara en violencia verbal y física y en el incremento de la furia contra el timonel del equipo, el principal responsable del desastre, según los seguidores enardecidos. Un técnico a quien le achacan el mal juego de la selección, la pólvora mojada de los delanteros, y que descalifican como ultra defensivo.
Reinaldo Rueda ha dicho que todavía se puede clasificar. Pero ese dudoso milagro requiere que se dé una combinación afortunada de coincidencias que son más del resorte de la acción de los dioses que de la de los humanos; es decir, que un mundo de astros se alineen como conducidos por la mano de Zeus.
Lo primero es que Colombia consiga los 9 puntos posibles que le quedan por calendario. En teoría, eso se puede; en la práctica, hay que derrotar a la casi invencible Argentina en su propio patio y poseída por la ambición de ser mejor que Brasil en puntos. Esa piedra es más pesada que la de Sísifo en la famosa montaña griega.
También hay que obtener un triunfo ante una Venezuela con buenos jugadores y en su casa, e inspirada por un nuevo técnico, sin nada que ganar, pero cuya máxima aspiración consiste en no quedar de última en la tabla y en dañarle el caminado al que se deje.
En los papeles, Bolivia se ve más asequible que Argentina y Venezuela, pero es un error subestimarla, pues vendría a Barranquilla a hacer algo parecido a lo que hicieron Paraguay y Perú, y quien quita que, atrincherada atrás, meta un gol de chiripazo como el que llevó al cielo a los incas.

El otro astro a alinear consiste en que Uruguay y Perú combinen empates y derrotas que le permitan a la selección nacional pasar volando por encima de ellos en la tabla de posiciones, una opción quizás más factible con Perú que con Uruguay, aunque a estas alturas de las eliminatorias predecir es casi adivinar.
(Un dato adicional, entre paréntesis: Uruguay jugará con Venezuela y Perú en casa y visitará a Chile; Perú recibirá en su estadio a Ecuador y Paraguay y tal vez pelee la clasificación directa en la cancha de los uruguayos. O sea, casi no queda de dónde agarrarse para nutrir la esperanza).
Es claro que el milagro colombiano está plagado de grandes dificultades. Lo ideal era ganarle a Perú, pero eso ya no es posible porque, en este caso, la historia dictó su inapelable veredicto, con una inesperada derrota que hizo explotar la frustración y la rabia colectivas.
Sin embargo, de ocurrir ese insólito evento, lo más adecuado es que se le erija en Barranquilla una gran estatua a Reinaldo Rueda. Un milagro tan grandioso le haría merecedor de ese monumento y mucho más, como pasearlo en hombros dentro del Metropolitano. Sin ninguna discusión.