Derechos humanos por encima del deber constitucional
La más reciente muestra y seguramente muchos dirán, la mejor, de sentimiento humano, la acaba de dar en la población de Pance, Valle del Cauca, un patrullero que se negó a formar parte del batallón de policía que bajo órdenes superiores acudió a un lugar específico para desalojar a sus habitantes.
La ocupación del espacio público como propiedad del Estado fue, en este caso, el “argumento legal” para que el alcalde de la municipalidad ordenara llevar a cabo el desalojo de los humildes habitantes del sector, casi todos provenientes del departamento de Nariño y victimas del desplazamiento obligado por fuerzas oscuras.
Y no siendo la primera vez, aunque sí, muy contadísimas, de que tengamos noticias de hechos similares en nuestro país, el patrullero Ángel Zúñiga Valencia, en un acto que podríamos calificar de sentimiento humano, se negó a formar parte del batallón de policías y Esmad que con tractores y maquinaria pesada tiraron al suelo las casuchas o cambuches que con inusitado esfuerzos y sacrificios y durante michos años habían construido sus poseedores.
La fuerza pública, como es costumbre en estos casos, no tuvo en cuenta condiciones ni circunstancias de los pobladores. Niños, ancianos y mujeres hasta de tercera edad fueron despertados con horror y temor a las 6 de la mañana del pasado martes. El estropicio y el traquetear de madera, zinc y hierro despertaron a los humildes residentes de las casuchas que debieron entonces correr para ponerse a salvo y sacar a lugar seguro a niños y mayores.
Fue entonces cuando el joven patrullero se apartó de aquel atropello, guardó distancia y con ojos llorosos exclamó no estar de acuerdo con lo que estaba sucediendo. “Esto es doloroso, esta gente no tiene donde vivir. Yo no estoy de acuerdo, no soportó verlo y prefiero salirme de este hecho”. Ángel Zúñiga no disimuló su tristeza de ver a la gente salir de sus viviendas en medio de llantos y lágrimas. “No importa que me sancionen o me manden muy lejos no sé a dónde, pero no comparto esta forma de desalojar a la gente pobre”.
Seguidamente se quitó su escudo y su arma de dotación y se encaminó al jefe de la operación para entregarle estas pertenencias. En su pensamiento solo cruzaba la idea de que por encima de una orden judicial o administrativa estaba el derecho humano. “Yo me metí a policía para proteger a los ciudadanos y no para atropellarlos” decía mientras su voz quebrada por la emoción patentizaba la tristeza que seguramente recorría su alma.
Las imágenes recogidas y transmitidas por los noticieros televisivos fueron realmente conmovedoras. Y, desde luego las opiniones se dividen entre quienes aplauden la decisión del patrullero y quienes no solo las rechazan sino que sostienen que debe ser sancionado por desobedecer una orden policial superior.
El jede de policía de la municipalidad si bien reconoció que el sentimiento humano está en el corazón de todos los policías, a ellos les corresponde por encima de cualquier sentimiento, el deber de cumplir las órdenes aun contrario a sus sentimientos.
Como testigo no presencial, sino como televidente, no puedo menos que reconocer y aplaudir la decisión del joven patrullero que, por encima del deber constitucional que le impone la ley, prefirió dar paso a su sentir humanitario con aquellos humildes habitantes de la localidad de Pance. No pretendiendo señalar que no se debe despejar el espacio público del Estado, sino entendiendo que las condiciones de los desalojados no son las mejores. Mucho menos en actuales tiempos cuando estamos padeciendo la inclemencia de una enfermedad tan terrible como lo es el Covid-19.
Se necesita tener corazón de piedra para actuar sin misericordia contra seres indefensos cuyo pecado es formar parte de esa gigantesca lista de colombianos desplazados por la violencia que no teniendo donde refugiarse se acomodan en cualquier espacio público o privado para no morir en medio de la calle y no dejar morir a su familia. Triste, vergonzoso e indignante el proceder del alcalde o juez que ordenó el desalojo y de la fuerza policial en cumplimiento de una directiva inhumana en tiempo de la pandemia que agobia a los colombianos.
Se necesita en cambio, ser de corazón noble y bondadoso, creer más en socorrer al prójimo que obedecer órdenes que, aunque constitucionales, quebrantan el sagrado derecho a la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Este joven patrullero por nombre Ángel Zúñiga, debería ser exaltado en la policía y colocarle como ejemplo de humanismo nacional. Y que como en el caso del afroamericano George Floyd en Estados Unidos, se constituya en punto de partida para comenzar a corregir tantos desafueros que, en nombre de la ley, cometen a diario jueces, gobernantes y fuerza pública en nuestro país.