Share:

Deja la pantalla….pantallero

Las pantallas están dominando al mundo; el día de ayer, mi hija de escasos 6 meses de edad, se levantó de su siesta matutina, miró la cámara que tiene lejos de su cuna por seguridad, la agarró y nos llamó con un grito mudo balbuceando enfadada que dónde estábamos, que por qué nos demorábamos, que ya necesitaba que estuviéramos allí.

Conjuntamente, en un pleito que asesoro con mi equipo de abogados, la excusa de una madre para impedir que su padre vea a su hijo es afirmar que mi cliente visita 10 o 15 minutos máximo a su hijo, un menor de 4 años, por videollamada, cosa que para cualquier juez, como el de conocimiento, es un exabrupto. También en otro pleito personal, virtual eso sí, fui conminado por una conciliadora, ex juez de familia, que requirió a la parte que represento por impedir la visita presencial y física de un padre con su hija, ya que lo virtual no es sustituto del cariño personal de un progenitor.

Las pantallas están dominando al mundo; el país más poderoso del planeta se enfrenta a la primera elección virtual de su historia. Los equipos de asesores piensan más en cómo se verá su candidato en televisión, a través de la pantalla, que en su hoja de vida; en las redes sociales se multiplican y crecen exponencialmente mensajes en pro de uno u otro candidato más que en las calles o sedes de los partidos; la pandemia nos tiene encerrados pero con todas las pantallas encendidas y los empresarios, políticos, jueces y en general, todo el mundo, lo sabe.

Las pantallas dominan al mundo.

Los niños de esta generación, los que ya crecieron pegados a las pantallas, conocidos como los nativos digitales, son la primera generación cuyo nivel y coeficiente intelectual es más bajo que el de sus antepasados, sus padres.

Al parecer, neurocientíficamente hablando, el tiempo que pasamos frente a una pantalla tiene un efecto importante en el cerebro, afectando su funcionalidad y anatomía, el lenguaje, la concentración, la memoria y hasta la cultura. Pero hoy, por la pandemia, los profesores y universidades, colegios, jardines infantiles, institutos de idiomas, se ven obligados a transmitir el conocimiento sin presencialidad, a través de pantallas.

En Japón, hay estadísticas que evidencian que muchas personas prefieren el sexo y las relaciones humanas a través de la pantalla que en la realidad. Antes, un político reunía a miles de personas y transmitía sus ideas a otras miles vía satélite; hoy, todas van por las redes y por tanto por las pantallas. Los jueces fallan sin ver a las partes, sin conocer sus ademanes, sin sentir su presencia, sin la percepción de los procesados.

Los influencers ganan más que cualquier profesional así sea con doctorado, porque lo que posicionan a través de las pantallas es más efectivo que canales de distribución tradicional y las superintendencias están más preocupadas por los productos mal vendidos por intermedio de las pantallas, de las bitcoin y los médicos virtuales que con sus tradicionales objetos de inspección, vigilancia y control, en tierra.

No hay de otra, la pandemia nos obliga a continuar virtualizados y por tanto pegados a la pantalla pero nada dura para siempre. Tenemos que sacar tiempo para despegarnos de nuestro único medio para comunicarnos, votar, litigar e informarnos. Soltar los celulares cuando estamos con nuestros hijos, desconectarnos de las pantallas para leer un libro, encender la lista de música que más nos guste y tomarnos la bebida de nuestro agrado, apagar las pantallas para relajar el cerebro, desagitar el corazón y revivir esa plasticidad irremplazable que obligaba a nuestra mente a imaginar las cosas, a buscar el sexto sentido, a oler, percibir y vivir las experiencias.

La pandemia ha declarado un rey: La pantalla. Pasamos de un homo sapiens a un homo videns, tomando decisiones no por lo que analizamos, pensamos y percibimos sino por lo que vemos a través de la pantalla; nuestra pantalla del celular es más huella digital que cualquier curriculum vitae y esto, con la pandemia, apenas empieza.

Hace un tiempo, más de 13 años, con una entidad del gobierno americano, hice parte de una consultoría con un grupo de abogados magnífico, en la que propuse la posibilidad de que los ciudadanos pudieran dar en garantía sus perfiles de redes sociales, su pantalla, para obtener créditos, para pagar impuestos y como caución dentro de procesos judiciales. Todos me miraron en ese momento con extrañeza, como diciendo: Deja la locura a un lado, es fantasía.

Sin embargo, hoy, les puedo asegurar con total certeza que muchos preferirán dar al banco su carro en garantía prendaria que su perfil de Instagram, su casa a la DIAN en vez de su Facebook y sus cuentas bancarias en vez de su perfil de Linkedin, porque por la pantalla lo ven todos, en cambio en los extractos financieros, los certificados de libertad y tradición y las tarjetas de propiedad nadie.

Asistimos y vivimos en la sociedad de la pantalla, del pantallero; es mejor parecer que ser, la regla de oro de toda relación actual, “Parecer o no parecer, esa es la cuestión” diría un Hamlet 4.0.