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¿Cultura o violencia basada en género?

El límite de la autonomía indígena cuando se mutilan cuerpos femeninos.

 

¿Tradición ancestral o un grito silenciado en el cuerpo de una niña? El título que encabeza estas líneas, '¿Cultura o violencia?', no es una provocación vacía, sino el eco de una pregunta que resuena con fuerza ante una realidad incómoda y a menudo invisible: la mutilación genital femenina en algunas comunidades indígenas de Colombia. Cuando el valioso escudo de la autonomía cultural parece albergar prácticas que marcan de por vida, nos enfrentamos a un dilema que preferiríamos no ver. Pero es precisamente en esa incomodidad donde yace la urgencia de entender. Por ello, en esta columna, nos atrevemos a cruzar esa delicada frontera para preguntar: ¿Dónde termina el respeto por una costumbre y dónde comienza una violencia basada en género que, como sociedad, no podemos ignorar? Acompáñenme en este análisis tan “incómodo” como esencial para desentrañar los límites y legitimidades en disputa.

En algunas comunidades indígenas colombianas, históricamente se ha practicado la ablación del clítoris, una intervención que se realiza en niñas y jóvenes con diversas justificaciones culturales ancestrales, a menudo ligadas a ritos de iniciación, concepciones sobre la feminidad, la fertilidad o la pertenencia al grupo. Esta práctica, aunque arraigada a la tradición de ciertos pueblos, ha sido un tema complejo y delicado dentro de las mismas comunidades, con debates internos sobre su continuidad y significado.

Desde la perspectiva de la Constitución Política de Colombia y los derechos humanos, la ablación del clítoris plantea un profundo contraste. La Constitución consagra la igualdad de derechos entre hombres y mujeres (artículo 43), el derecho a la integridad física y moral (artículo 12), y prohíbe tratos crueles, inhumanos o degradantes. Los derechos humanos, universalmente reconocidos, incluyendo los derechos de la mujer y de la niña, condenan la mutilación genital femenina como una grave violación que atenta contra su salud, integridad, autonomía y dignidad. Existe un consenso creciente a nivel nacional e internacional sobre la necesidad de erradicar esta práctica, armonizando el respeto por la diversidad cultural con la protección de los derechos fundamentales de todas las personas.

Imagen referencial

Aunque la información precisa y actualizada sobre la prevalencia de la ablación del clítoris en comunidades indígenas colombianas es limitada debido a la naturaleza sensible y a menudo oculta de esta práctica, se ha documentado históricamente su presencia en algunas etnias, particularmente en ciertas comunidades del Chocó biogeográfico y, en menor medida, en la Amazonía.

En cuanto a cifras de fallecimientos directamente atribuibles a la ablación en Colombia, no existen estadísticas nacionales oficiales y confiables. Sin embargo, a nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la mutilación genital femenina (MGF), término que incluye la ablación del clítoris, puede acarrear graves complicaciones inmediatas como hemorragias severas, infecciones (incluido el tétanos), dolor intenso, shock y, en algunos casos, la muerte.

A largo plazo, las mujeres y niñas que han sido sometidas a la MGF pueden experimentar una amplia gama de padecimientos crónicos, que incluyen: problemas urinarios, vaginales, menstruales, sexuales, complicaciones obstétricas, problemas psicológicos, quistes y cicatrices dolorosas (queloides), fístulas vesicovaginales y rectovaginales, entre otros.

Es fundamental comprender que cualquier forma de mutilación genital femenina constituye una grave violación de los derechos humanos y puede tener consecuencias devastadoras para la salud física, psicológica y sexual de las mujeres y niñas afectadas.

 Este catálogo de secuelas permanentes subraya de manera inequívoca que la mutilación genital femenina (MGF) no es simplemente una práctica cultural, sino una grave violación de los derechos fundamentales de las mujeres y niñas. Constituye una forma extrema de violencia de género, que atenta contra su integridad física, su autonomía sexual y reproductiva, y su dignidad inherente como seres humanos. En este contexto, es sumamente imprescindible cuestionarnos ¿puede la diversidad sociocultural ser el único criterio para justificar una práctica que, a todas luces, constituye una forma de violencia basada en género, contraviniendo los derechos fundamentales y los principios de igualdad y no discriminación consagrados en la Constitución y en los instrumentos internacionales de derechos humanos?

Interrogante ante la cual no podemos permanecer “tibios”, ya que la diversidad sociocultural no puede ser el único parámetro para justificar la ablación del clítoris, al tratarse de una práctica que constituye una forma grave de violencia basada en género y una violación directa de los derechos de la mujer. Estas culturas practican dicha tradición en el marco de una cultura machista y patriarcal, donde se ejercen actos de dominación sobre el cuerpo de una mujer, concibiéndola como "impura" y, en aras de purificarla, se le debe mutilar.

Aunque el respeto por la autonomía de los pueblos indígenas es un principio constitucionalmente protegido, este no puede amparar actos que vulneren derechos humanos esenciales, reconocidos tanto en la Constitución colombiana como en tratados internacionales. La protección de la diversidad cultural encuentra su límite cuando se perpetúan prácticas que lesionan irreversiblemente los cuerpos y los derechos de las mujeres y niñas.

Lo anterior, utilizando como punto de partida las devastadoras consecuencias a largo plazo, que incluyen severos problemas de salud física y mental, e incluso, como se ha documentado globalmente, desenlaces fatales, evidencian que esta práctica es una forma extrema de violencia basada en género. En este sentido, ¿puede la defensa de la diversidad sociocultural justificar una tradición que atenta contra la vida y la integridad de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres? La reflexión ética y legal nos exige priorizar la protección de los derechos fundamentales por encima de cualquier argumento cultural que perpetúe la desigualdad y la violencia de género.