¡Catar, lejos de ti, qué tristeza..!
Parodiando un poco aquella frase de la telenovela “Sin tetas no hay Paraíso”, así a la selección Colombia le cala y muy bien el “Sin goles no hay Catar 2022”. Porque sin goles no hay triunfos y sin estos no se puede ni se podía pretender llegar a la cita mundialista del fútbol.
Y, no es que seamos defensores ni predicadores de aquellos que, luego de la derrota en casa frente a Perú, aseguraron que ya estábamos eliminados. No son sentencias manidas de los pesimistas, ni de ilusionistas creyendo que hasta el último hálito de posibilidades podremos llegar al mundial. Si no jugamos al fútbol no hay derecho alguno que nos garantice estar en la competencia universal. Colombia ha dado muestra a través de las últimas siete fechas suramericanas que no merece estar como protagonista en la fiesta que reúne a los mejores de los cinco continentes.
La campaña emergente de la propia selección en la que se pedía que todos nos subiéramos al bus, en una pretendida y engañosa campaña bajo el lema “Yo me monto” no fue más que un sofisma de distracción. Porque si bien los colombianos estábamos esperanzados en un “potencial milagro”, fue el mismo equipo, comenzando por su cuerpo técnico el que jamás intentó siquiera montarse en el bus de la victoria.
Voces públicas de Radamel Falcao y otros jugadores afirmando que “el entrenador nos indicó que esperáramos a Argentina para contraatacarlo” nos dice claramente que no había vocación ofensiva y que solo debíamos depender de un golpe de suerte o de una equivocación del rival, pero nunca de una posibilidad nacida en virtudes de los jugadores. La muestra en este partido ante los argentinos fue vergonzosa, triste y lapidaria; no hubo disposición ni futbolística ni anímica. En la selección no hay desde hace rato liderazgo alguno. Los mayores referentes, Falcao y James están muy lejos de significarlo.

¿Cómo pedirles a los colombianos que seamos optimista y creamos que el milagro puede darse? Ni siquiera sabemos pedir a Dios que se dé ese milagro. “Ayúdate que yo te ayudaré”, reza el pensamiento bíblico y eso en la selección no aparece registrado. Perú en nuestra propia casa desnudó las falencias que nos enmarca. No hay gol como no lo ha habido en los últimos siete juegos. Podíamos tener a las mejores estrellas de nuestro fútbol que no lo íbamos a conseguir. Porque la disposición táctica del cuerpo técnico está en otro lado. “El profe nos recalca que debemos primero que todo afianzarnos en mantener el cero en nuestro arco”, señalan otros integrantes de la tricolor. Cuando debiéramos tener otra mentalidad; por ejemplo, “vayamos al ataque, hagamos goles; si nos marcan uno hagamos dos, si nos marcan dos, anotemos tres”. Creo debería ser el pensamiento y no la mezquindad que nos deja prácticamente al margen de toda aspiración.
Positivos, no negativo; sí, pero sin ser negativo ni dejar de ser positivo, hay que ser realista, hay que tener los pies sobre la tierra. La experiencia en el fútbol como en cualquier otra cosa, nos enseña que las muestras al calor de resultados y posibilidades nos hacen ser objetivos. No se puede vivir siempre de la ilusión y falsas expectativa. En siete últimos juegos ni siquiera hemos podido marcar un gol y en fútbol sino marcas goles no puedes ganar, en béisbol si no anotas carreras no ganas. Una cosa es ser extremadamente optimista hasta rayar en la creencia de milagros cuando no se le apuesta a ello.

¿Cómo pretender - preguntamos - la solidaridad y respaldo que se pide a la afición tras las humillantes caídas ante Perú y Argentina? ¿Acaso - preguntamos a James- somos una afición de mierda que gratuitamente reputea la madre que nos parió? ¿O es que debíamos aplaudir a rabiar por la derrota ante los peruanos? Y ¿deberíamos estar aplaudiendo la actuación ante Argentina porque solo nos pudo anotar un gol y aún mantenemos la ilusión de clasificar?
La afición no se toca: Bien lo dice El Pibe Valderrama “Los aplausos hay que ganárselos, los silbidos y rechiflas se ganan por lo que hagamos o dejemos de hacer en la cancha. La afición no se toca porque cuando juegas bien te aplauden y si juegas mal te rechiflan. Cuando uno está en el suelo hay que levantarse y demostrar de qué estamos hechos; pero la selección juega mal, cae, no se levanta y no puede pedir que se les aplauda”.
Otra sede. Periodistas y críticos del interior del país, al calor de las derrotas seguidas, creen que la culpa también recae en la afición y bajo un falso argumento ponen el grito en el cielo pidiendo cambiar la sede, que Barranquilla deje de ser la Casa de la Selección. Es una envidiosa cantaleta cachaca. A cada momento se multiplican las peticiones a la Federación para que no se juegue más en Barranquilla. Entendemos que la amargura lleve a estas exigencias que sempiternamente se han dado desde que la ciudad fue escogida como sede en la década de los noventa. Hasta el alcalde Cali, Jorge Iván Ospina, se ha sumado en las redes sociales ofreciendo a la capital del Valle. “Como todo Colombia, muy triste. Sin el propósito de ser oportunista, pero la Federación y @FCFSeleccionCol deben saber que en el Pascual Guerrero le meteríamos el alma a estimular el equipo y no un turisteadero de cachacos arribistas”, aseguró el mandatario.

Pero no es la ciudad ni la hinchada la responsable del fracaso. En el Estadio Metropolitano Roberto Meléndez se han conseguido cinco clasificaciones mundialistas; tres continuas entre 1990-94-98 y dos seguidas desde 2014 y 2018. “El ahogado no hay que buscarlo río arriba, sino río abajo”. Los responsables son los protagonistas: jugadores y cuerpo técnico. ¡He ahí la razón del fracaso..!