Avianca está quebrada y las políticas de la envidia
El 10 de mayo Avianca se declaró en bancarrota. En pleno apogeo de la pandemia del coronavirus la multinacional buscó acogerse al capítulo 11 de la ley de quiebras de Estados Unidos para llevar a cabo una reorganización interna y darse un respiro. Poco más de tres meses después el Gobierno de Colombia anunció un crédito de hasta 370 millones de dólares para ayudar a salvar a la compañía. La decisión fue recibida como una muestra más de la corrupción del país, de una oligarquía que solo sabe ayudarse a sí misma.
Las personas son incapaces de valorar la calidad de una política pública en términos del bienestar absoluto que genere. Una política pública que, al final de su ejecución, arroje un saldo positivo en la balanza del bienestar social es una buena política. Esto es así incluso si algunas personas no se benefician con ella, aun si uno mismo no obtiene beneficio alguno de ella.
Sí, el hecho de que las acciones gubernamentales no representen ninguna fortuna para el desarrollo de nuestras vidas no significa que sean inútiles. Todavía más, si una política no ayuda a las causas sociales o grupos de interés con los que simpatizamos no significa, de inmediato y sin lugar a dudas, que se trata de una estratagema de corrupción, clientelismo u oportunismo. Lo que no me beneficia no necesariamente me perjudica.
Parecerá simple y hasta lógico, pero no lo es tanto, el ser humano promedio, en promedio, no es muy lógico. De hecho se trata de un problema muy real con consecuencias muchas veces negativas. Como explica la politóloga estadounidense Gwyneth McClendon, al momento de evaluar una política pública a veces las personas no se fijan tanto en cómo será su situación antes de la implementación y después de la misma, sino en cómo será su situación en relación con aquellas personas a las que consideran sus iguales, lo que viene a ser su grupo de referencia.
Si antes de la implementación de algún hipotético plan de desarrollo Juan ganaba dos millones de pesos y su vecino 500 mil, es posible que una política que lo deje ganando a él dos millones y medio de pesos y a su vecino tres millones no cuente con su apoyo. A pesar de que es beneficioso para él mismo, la pérdida de ‘estatus’ social en relación con sus pares es más valiosa para él que su bienestar total. Estas son las políticas de la envidia, y los gobernantes y burócratas tienen que jugar con ellas al momento de implementar planes de desarrollo, lo cual lleva muchas veces a perseguir proyectos ineficientes que, sin embargo, no hieran susceptibilidades.
Ahora volvamos con Avianca, una multinacional que no se ha hecho a una buena reputación en tiempos recientes (y no tan recientes). Desde la polémica fusión con Aces en 2002, que culminó con la muerte de esta última apenas un año después; hasta la reciente huelga de pilotos en la que la compañía hizo alarde de su fuerza al no solo no dar su brazo a torcer, sino al deshacerse unos cuantos meses después de muchos de los pilotos que participaron en la misma, Avianca es una empresa que ha sido relacionada con la vieja imagen del burgués dictatorial al que no le interesa el destino del proletario.
Quizás por esto el anuncio reciente del Gobierno nacional de otorgar el crédito millonario no haya sido bien recibido ante la opinión pública. Salvar a los ricos es como quitarle el pan de la boca al pueblo, parece ser el razonamiento tras el cual se apoya la mayor parte del rechazo. No obstante, en Avianca también trabaja el pueblo y, probablemente, el más perjudicado por una eventual quiebra de la compañía sea el ‘proletariado’ mismo, no las directivas con capital suficiente para vivir el resto de su vida sin trabajar.
Otro argumento típico parece ser “¿y quién me ayuda a mí?”, o quién ayuda a los estudiantes, los niños con hambre, los líderes sociales asesinados, o cualquier otra causa social urgente que sí goce de mi agrado. El problema evidente es que no se pueden solucionar todos los problemas del país al mismo tiempo. Es mucho más sencillo salvar a una sola compañía que lleva más de un siglo funcionando inyectándole liquidez que, por ejemplo, salvar a las decenas de miles de pymes del país que han tenido que cerrar sus puertas a causa del coronavirus. Se trata de eficiencia.
El debate tiene que pasar por la eficacia misma de la política, ¿es la cantidad prestada la justa y necesaria?, ¿se va a pagar el dinero devuelta? y, más importante, ¿hay seguridad de que Avianca puede ser salvada? La respuesta a esto último es, probablemente, sí. Difícilmente la pandemia va a matar una industria creciente como la de los vuelos nacionales e internacionales, sin embargo, es necesario que el Gobierno exija a la dirección de la empresa que evite incurrir en comportamientos riesgosos en los años venideros, algo a lo que los Efromovich son aficionados.
En todo caso, la discusión no puede estar al nivel de dos hermanos pequeños que cada vez que el padre obsequia algo a uno, el otro también exige ser premiado.