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Amputación por ser gay ¡No hay derecho!

No hay derecho. En pleno siglo XXI en Sincelejo, Sucre, ocurrió un hecho atroz: En un ataque homofóbico, un joven atacó a Luis Suárez, otro joven de 17 años, con un machete, causándole la pérdida de uno de sus brazos. La razón más probable: Luis era muy gay. Según el informe “El prejuicio no conoce fronteras” en Colombia entre 2014 y 2019 fueron asesinadas 542 personas del colectivo LGBTI. Es una cifra vergonzosa; una sola persona muerta por ser ella misma y no hacerle daño a nadie, debería ser una pena nacional.

En Altos del Rosario, Sincelejo, nadie lo previó porque las sociedades no entienden como se cuaja un odio, ni cómo surge, ni qué lo produce; los daños tocan a la puerta cuando ya está cocinada la víctima. Doña Oneida, la madre de Luis, acongojada, ahora es el personaje secundario de las noticias nacionales, cosa que jamás pidió ser. La progenitora afirma, anonadada e incomprendida, que solo Dios puede juzgar a una persona por su forma de ser. Le hacían “bullying” porque era homosexual, afirma, todo el barrio lo sabía, pero qué va, son cosas de niños dirían antes de esto. La “mamadera de gallo”, el gritar marica, el silbarlo, el cantarle una canción mientras camina por las calles de su ciudad, está a un paso de que un loco irreverente y descontrolado le corte un brazo de un machetazo a cualquier mortal.

Estos actos atroces surgen cuando ignoramos o incentivamos pequeños actos de discriminación que creemos ingenuos e inofensivos, pero son despreciables. Esa pésima y tradicional costumbre de matizar actos de intolerancia como cosas pasajeras son la antesala para un trauma social, familiar y personal. Luis, en sus entrevistas, con una fortaleza admirable y envidiable afirma que está bien, que seguirá su vida, que sueña y tiene metas; que se siente despreciado, que por ser gay le cortaron un brazo, que él le había repetido al muchacho que no se metiera con él; que la madre del agresor era amiga de Luis, su vecina, familias amigas, familias vecinas; pero Jeison, el perpetrador, fue un cabo suelto. Su odio, sus ganas de resaltar o las razones que quiera utilizar para justificar semejante hecho criminal, seguro pensó que lo harían un héroe. “Ojalá te mueras, marica” era el supuesto bullying. Luis no pudo anticipar que iba a ser atacado, pero quién iba a pensar que por ser uno mismo, te lanzan un machetazo corta brazo; la extremidad cayó al suelo de un tajo, el desespero de Luis por exigir respeto, lo mínimo, termina en este ataque vergonzoso, asqueroso y repugnante.

Ahora la comunidad quiere resarcir lo que no hizo a tiempo, detener con una buena educación, formación, con el rechazo social a este intolerante; ahora quieren donar, reparar y resarcir; pero la verdadera concientización es que no exista jamás otra víctima por ser uno mismo en Sincelejo, cosa que no va a pasar. Porque este tema está cosechado, recogido y asimilado y esta siembra ya camina, opina y va a las iglesias.

Riámonos del muchacho este gay, quien lo manda, nació dañado, qué risa me da. Vergüenza nacional siento al escuchar a Luis desear, con un corazón limpio, que espera que esto no se vuelva a presentar, que agradece a Dios por las donaciones ¿Qué derecho creemos que tenemos, con qué educación social, familiar y personal nos hemos educado para creer, que podemos siquiera opinar de la vida del otro por ser distinta a la nuestra?

Hace dos décadas, la muerte de un estudiante gay que fue torturado y atado a un cerco en una pradera de Wyoming conmovió a Estados Unidos. Judy y Dennis Shepard reconocieron a su hijo por los aparatos que llevaba en los dientes. Dos noches antes, el 6 de octubre de 1998, Matthew Shepard había entrado solo en un bar de la ciudad de Laramie. El estudiante de primer año de la Universidad de Wyoming era abiertamente gay. Acababa de reunirse con un grupo de amigos para planear la semana de conciencia sobre el colectivo LGTBI que se celebraría en el campus. En el local Fireside Lounge, el joven de 21 años acabó conversando con dos obreros que instalaban techos, Russell Henderson y Aaron McKinney, de la misma edad que él. Ambos fueron al baño del bar Fireside y planearon actuar como si fueran gays para ganarse la confianza de Matthew.

Una vez en el vehículo, McKinney sacó un arma, le pegó a Shepard y le quitó su billetera, en la que había US$20. Henderson usó la cuerda de un tendedero para atar a Matthew a una cerca hecha con troncos. McKinney empezó a golpear a su rehén ferozmente con la culata del arma. La víctima fue golpeada en la cabeza y la cara entre 19 y 21 veces con la parte trasera de un revólver. La víctima Permanecería 18 horas atado a esos troncos y expuesto al frío. Murió. Obviamente.

En Estados Unidos hubo justicia, ¿y aquí? ¿Nos conformaremos con la vaca nacional para la prótesis, un par de disculpas familiares, tres programas de radio nacional, esta columna mal escrita y ya? Si algo debiera hacer Barbosa, el Fiscal General, es asumir este caso personalmente y buscar la condena máxima por este injustificable y absurdo crimen de odio. Mea culpa cuando por ignorantes cometimos actos de intolerancia, así sea mentalmente. Mea culpa cuando, sin empatía, le poníamos doble cerrojo a los clósets de la libertad, cuando un chiste mal habido surgía silvestre en nuestras comunidades. Mea culpa por abonar el terreno a estos discretos asesinos que, camuflados, esperan su oportunidad para ser aplaudidos por el público imaginario que su cabeza ha creado, en la tediosa psiquis de la mente criminal. Mea culpa, Luis, mea culpa. ¡No hay derecho!

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