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¿Afganos sí, venezolanos no? El desacierto de la migración selectiva

Bogotá me recibió hace 21 años, joven, recién egresado del colegio. Mi padre, quien me ha apoyado en todo lo que no huela a locura, me acompañó a mi entrevista universitaria. No sabía si ser médico o abogado, pero tenía un gran consejero.

La ciudad donde siempre pareciera que va a llover, me recibió con un torrencial aguacero, un par de madrazos por caminar lento y la sorpresa de ser admitido en la facultad de derecho de una de las mejores universidades del país. “En Bogotá hay que estar, si eres abogado” me aconsejó mi padre como una forma de paliar el desprendimiento emocional que se derivaba de dicha decisión en esa época nacional.

La diferencia abismal e infinita entre mi decisión educativa y la de los miles de migrantes venezolanos y ahora afganos, junto con todos los migrantes que ahora están pasando por nuestro territorio, es que la decisión de aquéllos, inexistente y cuando existe, obligada, implica un compromiso ampliamente mayor de las autoridades y la sociedad civil.

Colombia tiene la oportunidad de graduarse como un país que recibe bien a los migrantes, sean voluntarios o forzados.

Esta oportunidad, de darle la bienvenida a diferentes culturas, no pugna con la misma posibilidad de fortalecer la presencia estatal y policial y también las políticas públicas efectivas que ayuden a que cada familia que aterrice en nuestro país, por necesidad o voluntad, decida echar raíces aquí y llamarlo en un futuro próximo, hogar.

Así se forjaron en la historia los más grandes y admirados países del mundo, lugares donde en su momento se recibía con empatía, oportunidades y dignidad a todos aquellos migrantes que como los colombianos, huían de sus tierras por falta total de garantías mínimas de vida, salud, trabajo y educación.

A diferencia de algunos mandatarios, opino que esta decisión no debe depender si el migrante tiene tal o cual origen.

Este tipo de paradojas sólo refleja la ignorancia oportunista del aplauso electoral.

Lo que sí debemos pedirle a cooperación internacional y países aliados, es apoyo para que estos migrantes puedan hacer vida legal a largo plazo en nuestro territorio y que, en caso de desvío, se puedan tomar todas las medidas sancionatorias efectivas, avaladas por el derecho internacional de los derechos humanos.

Esta idea macabra de la policía anti-venezolana, obedece a un desenfoque temporal irracional, porque quien sepa algo de derechos humanos jamás diría semejante exabrupto sin sonrojarse.

Mano dura contra todos los delincuentes, sin importar su nacionalidad; hay que pedir apoyo internacional para acceder a tecnologías para la individualización y seguimiento del migrante, con el fin de poder ofrecerles posibilidades para hacer vida legal en nuestro territorio.

Ojalá y este refugio temporal ofrecido a los afganos se transforme en definitivo, para que nuestro país se convierta en hogar para venezolanos, afganos y para todo aquél que quiera tener una vida en paz, legal y digna.

Aspiremos como Nación, a dar las condiciones suficientes para atraer familias aquí a instalarse, a ver si por fin entendemos por qué tantos compatriotas, años atrás y actualmente aún, buscan mejor vida fuera, en un país al que consideran mejor; no olvidemos que muchos colombianos si pudieran, tampoco vivieran aquí.

Así que, esto es una gran oportunidad para todos como Nación para darle la bienvenida a todos los que libre y forzadamente hayan llegado a Colombia, país que, con muy poco, intenta ayudarlos a todos, sin importar origen, raza, sexo, condición social, sin tener criterios selectivos de migración, sin preferencias entre venezolanos o afganos o entre cualquier otro extranjero, sin que nos importe la nacionalidad o pasaporte alguno.  

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