40 millones de vacunas y 1 inyección letal
El día de ayer hablando con mi amigo Daniel, recordamos que Colombia acordó con Pfizer y AstraZeneca la adquisición de 10 millones de dosis de las vacunas contra el COVID-19 con cada una de las dos farmacéuticas, que se sumarán a otras 20 millones de dosis pactadas a través de la iniciativa de colaboración mundial COVAX, según informó el propio Presidente Iván Duque.
Mientras nos daban esta maravillosa noticia, Daniel me recordaba que un miserable mal llamado padre, cuyo nombre es Diego Armando Cadavid confesaba un crimen, el de matar aparentemente a golpes a su hija de un año y medio, desorientado, poseído por la inconsciencia de haber cometido dolosamente un hecho atroz, que trauma, que borra la memoria, el gen humano en sí mismo. Ni quiero pensar en qué motivos semejante energúmeno, asquerosa alimaña, pudo tener para cometer ese crimen, me decía.
Y en ese momento, entre asco y estupor, el sabor dulce de la buena noticia de un pronto y atípico regreso a una normal anormalidad se pudre en el paladar al recordar al malnacido padre que mató a su hija, por quien sabe qué razón absurda, que lo llenó de imbecilidad y subnormalidad, hasta ejecutar el acto más injusto posible contra el ser humano más inocente, una hermosa e inocente infante menor de 2 años.
Esas son nuestras alegrías y tristezas; nada nos da la paz suficiente para celebrar realmente bien; nada nos da la tranquilidad para decir “estamos en un lugar donde hoy puedo dormir tranquilo”. Porque en este país nos hemos acostumbrado a eso, me decía Daniel: “A disfrutar poco las buenas noticias y que se nos tatúen en el alma las desgracias”. Me rasgo las vestiduras, tiro sal a mi espalda y lloro de lamentación al enterarme que en este suelo, en este país, con mi ciudadanía, ese miserable y repugnante sujeto, convivía con mis compatriotas, con mis ciudadanos, con mi gente, con mi pueblo.
“¡Qué gran logro el del Presidente Duque!” cambiamos de tema. Cómo dije en otra de mis columnas, le recordé, hay que estar vigilantes a ver cómo suceden todas las maravillas anunciadas, las personas asmáticas, de la tercera edad, con morbolidades tienen una esperanza, serán beneficiadas de primero. Gran paso Presidente. Igualmente tenemos que estar atentos ante el anuncio de la gratuidad de las vacunas, porque es gratis porque el Gobierno no nos cobra por las vacunas, pero al Gobierno las farmacéuticas sí se las cobran, entonces “¿Cuánto vale cada vacuna?” me preguntó. Le dije que la información que ronda en distintos portales es que el precio oscila los 17 a 30 dólares, dependiendo quién la fabrique, lo cual simboliza uno de los pagos de impuesto a la salud más costosos que el país y la humanidad en su historia haya hecho a entidades privadas. ¿Y entonces? Al menos viviremos más tranquilos y para una salud digna, no hay forma de que el dinero pese más. Sin embargo, me dice Daniel, no supero el otro suceso, la otra desgracia y si llamamos a Pfizer, a Moderna, a AstraZeneca o a la empresa que sea que nos manden las vacunas y que incluyan una inyección letal para este cerdo repugnante que ha matado a su hija, de un año y medio, a una hermosa bebé, a golpes el muy miserable.
Una inyección letal, repite Daniel, que se la pongan como si fuera una vacuna, para verlo sonreír creyendo que vivirá más tiempo mientras se despide del mundo de los conscientes, de los humanos, al que no pertenece desde el momento que en su cabeza se cuajó semejanta atrocidad.
Daniel cabizbajo repetía, como si pudiera hablar con el criminal: “Sólo te pido eso: Múdate de este plano, que te llamen los espíritus antes de tiempo, que los demonios del más acá escojan tu nombre sin azar para que habites con ellos en una tortura eterna diseñada especialmente para ti, bastardo animal”.
Le calmé, le serví un vaso de agua y le dije, respira. No obstante le confirmé que jamás he sido partidario de la pena de muerte, pero hoy, debido a este sujeto, una inyección letal calmaría el miedo que me da vivir en el mismo suelo con semejante personaje, respirando, cohabitando este estado de la materia junto con él, en mí mundo de los vivos; “sólo pido que el Hades te haya reservado lugar, un muy buen lugar”, sentenció Daniel D., retirándose a su casa, entre decepción y esperanza, dolor y gozo, asco y resignación.