La influencia de los ríos en la poesía del Caribe colombiano
Entre inundaciones, memoria y territorio, los poetas del Caribe han convertido los ríos de la Depresión Momposina en origen simbólico.
Por Adalberto Bolaño Sandoval
La región Momposina, la identidad, el ser y los ríos
En estos días, cuando las aguas “dulces” invaden tan negativamente la vida cotidiana de las gentes colombianas (y, generalmente, en el mundo), no hace ello sino recordar cómo en las artes, y especialmente en la poesía (y en este texto), se observa la influencia de los ríos en varios autores del Caribe colombiano.
Son varios los autores rianos que permiten un análisis como el que se pretende: José Ramón Mercado, Raúl Gómez Jattin, Jaime Manrique Ardila, Jorge García Usta, Gustavo Tatis Guerra, Gabriel Ferrer Ruiz o Miguel Iriarte, quienes toman el río de sus espacios de origen, generalmente ubicados en la región Momposina, como fuente vital de su creación, asumiéndolo como propuesta hermenéutica y lírico-narrativa a su vez.

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Cuando asumimos este universo riano, estamos hablando de una poesía de la naturaleza, de una identidad entre el poeta y sus alrededores, que se puede declarar como una creación animista y, versión mimética aparentemente ingenua, aunque, realmente, podríamos proponer en cómo se convierte en un problema mayor: las inundaciones se constituyen en un panorama residual en el que se convierten de un mito fabulizado, cuando los autores lo escriben, en un espacio, para Franca Maccioni, “imaginado y ensoñado en la lengua y como poema”.
Escritura de un espacio, de la naturaleza, como arte lírico de lo propio, se transforma en la “imagen que falta del alma”, la del “origen”, la del “soy de allí”, que aparece en el poema Gustavo Tatis Guerra, configurando la búsqueda del destino: “Soy de allí / En el agua / descifrarás / el alfabeto / de mis ojos”, como lo indica sintéticamente.
En términos de Franca Maccioni, en su análisis de poetas argentinos que escriben también desde y sobre los ríos, pero muy adecuado para nosotros, los poetas del Caribe colombiano “imaginan un `origen anfibio`, deltificado, situado a medio camino entre la tierra y el agua, pero también entre la infancia y la lengua, entre lo intemporal del mito y lo histórico-político, entre lo subjetivo y lo impersonal, entre la naturaleza y la cultura”, dándole también “un origen histórico y político del territorio nacional”, y, con ello, un mundo mucho más materializado.

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Quien expresa de manera más abierta este fenómeno invasivo de las fuerzas de las aguas es Gustavo Tatis Guerra en una de sus crónicas. Pero contextualicemos algo sobre estas zonas rianas, en concordancia con el poeta Tatis Guerra, según lo indica en su crónica “Un Bolívar para ver y contar: La Mojana, una experiencia para vivir” (2019):
“La Mojana es un milagro fluvial de 500 mil hectáreas, que se extiende a cuatro departamentos: Bolívar, Sucre, Córdoba y Antioquia, confluencia de tres ríos: el Magdalena, el Cauca y el San Jorge".
“La Mojana bolivarense abarca la Depresión Mompoxina: Magangué, Achí y San Jacinto del Cauca. Y abarca siete municipios de Sucre: Caimito, Sucre, San Benito Abad, Majagual, San Marcos y Guaranda”.

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Y contextualicemos aún más: La Mojana es una subregión que atraviesa los departamentos de Sucre, Córdoba, Bolívar y Antioquia, constituyéndose en una zona constantemente inundable, por la influencia de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge y la ciénaga de Ayapel. Zona plana y en muchas zonas con 26 metros bajo el nivel del mar, se encuentra conectada por lagunas y con playones de desbordamientos oscilantes, siendo los meses de agosto a octubre los más anegadizos.
Los habitantes de la zona fluvial de la Depresión Momposina aparecen en el poema 'El país de las aguas' en el poemario “Corazón de agua”, del 2014, de Tatis Guerra, pero ahora con un señalamiento más concreto, pues existía en el fragmento del poema anterior muchos rasgos de aparente desmaterialización: ahora aparece la zona y el comportamiento de sus habitantes:
“Mis hermanos Patas de Agua / nacen / crecen / aman / se reproducen / y mueren / bajo / los círculos dorados / de las ciénagas de / La Mojana”.
El concepto “patas de agua” pertenece al filósofo e investigador Isidro Álvarez Jaraba, en razón de que los habitantes de esa zona pasan más tiempo en el fluido hídrico que en la tierra, pues entre seis y nueve meses los afluentes del río suben sus niveles, y, como en esta época por fuera de sus marcos hídricos, subsumen en el agua sus vidas, ganados y cosechas.
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Son las mismas palabras de una crónica que escribe el mismo Tatis Guerra (2019) para el diario El Universal de Cartagena sobre La Mojana: “Es una comunidad anfibia porque una franja del año se la pasa en el agua, y otro tiempo, en tierra. En Bolívar ese hombre anfibio nace, crece, se reproduce y muere, al pie del agua. Y en Sucre, ese mismo hombre llamado Pata de agua, tiene un pie en el agua y otro en la tierra”.
La eterna invasión del río, según Gabriel Ferrer
Pero el poema de la inundación de los ríos no es nuevo: en el poema en prosa de Gabriel Ferrer, Sinuario', acerca del mismo río, enuncia otra forma expositiva, que se ajusta a lo anteriormente señalado en el poemario del mismo nombre “Estas aguas violentas que invaden la ciudad, vienen del río salido de su cauce. Su naturaleza tiembla en la respiración de los ribereños:
“Ha venido el Sinú soberbio y luminoso a filtrar la esencia de los limones, a plantar en toda la ribera el poder del agua, a husmear un ambiente real y a remontarnos a los días que no son más que espacios entre sueños [...]”.
Y, en otro poema más: en “Puerto”, de Gabriel Ferrer, por ejemplo, se observa un extrañamiento en la forma de expresar el empuje de la modernidad y el capitalismo que se entroniza en los años 50 y 60 en el río Sinú: “Punto de encuentro entre el viento y el agua / Ventana de la intemperie que nos hace asistir / a un oratorio de navíos”.
Luego, en otro texto poético, Ferrer propone en una “Crónica de un viaje”, transcurrida en marzo de 1946, una pintura donde la modernidad atraviesa de nuevo el paisaje. Allí el hablante recuerda diversos eventos de esa época, pero lo que llama la atención es el tema de la intrusión de la tecnología en el paisaje y la muerte de los animales, que conlleva entonces su respectivo llamado ecocrítico, pues “un pájaro cae decapitado / por las hélices del motor. / Lo lamentamos / La lancha sigue con escandalosa soberbia”.
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Que revela cómo la modernización arrogante (según las denuncias del poeta Álvaro Mutis y García Márquez, pero mucho antes Candelario Obeso y Jorge Artel), penetraba de manera indolente en la Historia.
Ya no es pueblo o la comarca; ahora la ciudad se encuentra invadida por las rutinarias aguas invernales que transgreden la tranquilidad de los habitantes.
Se hacen patentes no solo los cambios climáticos, sino el miedo que genera entre estos seres. No dejan de aparecer los sueños como elementos idílicos que se sobreponen al “poder del agua”.
Ello conlleva también situar lo que un estudioso, Otto Friedrich Bollnow, indica que se presenta: “el problema del carácter espacial de la existencia”. Estamos, pues llenos de problemas, se situaciones, lo que nos hace preguntarnos por nuestra identidad, nuestra existencia.
Ello significa pensar en lo siguiente: que la poesía de Obeso, Artel, Mercado, Gómez Jattin, Manrique Ardila, Tatis Guerra, García Usta y Ferrer lleva a pensar en cómo, desde la geografía literaria, desde la poética riana-naturaleza, se imbrican y diferencian en poco los conceptos de espacio, territorio y región, y en cómo los siete autores constituyen la esencia de la espacialidad de la vida social, participando activamente en el proceso de construcción histórica, política y social a través del cuatríptico espacio-poder-saber-arte (en este caso de la literatura).

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Una poética del espacio, el río , el lar y creer y vivir una “subjetividad anfibia”
Cuando hablamos de estos autores rianos, estamos pensando en creadores que redibujan su aporte autorial, entrelazado con la “realidad” que los rodea, pero también con la conjugación de lo ficcional del yo poético con lo autobiográfico, dejando una constancia de una “subjetividad anfibia”: somos y proponemos nuestra identidad, nuestro ser, y la afirmamos con nuestra lengua maternal y pública, relacionada con nuestro entorno.
Se quiere, entonces, en los términos de Franca Maccioni, para estos autores, “inventar, de fabular el territorio del río y de las islas como poema, de escribirlo y dejar constancia de su origen imaginario en el que emergen al unísono la tierra del agua y la palabra que la nombra, el sujeto, la ley y la nación en la que habita”.
Así mismo, esta lírica, que se interesa por el lar natal, surge de la recreación de la experiencia de la migración campo-ciudad de sus autores, quienes trasladaron sus intereses de vida a las ciudades más cercanas, tras lo cual surge, para el estudioso SergioMansilla Torres una “nostalgia urbana por el pasado pastoral irrecuperable”, de manera que, en ese espacio del lar, “[l]o lárico es, al fin, una actitud citadina que define (y defiende) un modo de vivir ‘aldeano’ que viene a ser, sin embargo, la respuesta poética a ese mundo artificioso, anónimo, solitario, que caracteriza a las ciudades modernas, trágicamente divorciadas de la naturaleza”.
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Así, desde la poesía de Manuel María Madiedo y Candelario Obeso, en el siglo XIX, los poetas de esta región tomaron el guante y continuaron apostándolo en la literatura del país.
A esta temática poco se le ha dado relevancia, salvo algunos pocos textos. Leamos un extracto de la narración de Madiedo “El boga del Magdalena”, donde esa corriente fluvial es la representativa de la patria:
“No se parece a las lindas cuadrillas con que se divierten los parisienses; ni estas playas ardientes rodeadas de bosques ignorados se asemejan a sus ricos salones alfombrados con los productos de las fábricas de los gobelinos; ni tienen nada de común los casi desnudos bogas del Magdalena con los perfumados leones de la capital de Francia”.
Allí contrapone el espacio femenino del romanticismo europeo y de algunas aportaciones líricas de la escritura propias latinoamericanas, dando paso a una visión más auténtica y autónoma nuestra.
En tanto, Obeso conjuga paisaje y seres humanos, presentando la humanización de los bogas en medio del río, con sus cuitas, dolores y relaciones familiares y sociales.
Obeso canta a los bogas como una forma de homenaje a estos trabajadores de su entorno infantil, revelando un texto cruzado entre sus vivencias y la historia a través de sus hablantes líricos.
Destaquemos algo más: la lírica de estos bardos del Caribe colombiano se formó desde la infancia. A este respecto, existe allí una poética lárica, es decir, geopoética, reconstruye los lugares y los paisajes, sacralizándolos, siendo recurrentes palabras como infancia, pureza, inocencia y plenitud. Para Marta Bedia, desde la óptica europeísta, manifiesta: “La identificación entre paraíso e infancia suele llevar asociado un tercer concepto, la naturaleza; todo ello frecuentemente se concreta en la imagen del jardín, reminiscencia del paraíso bíblico o, si aceptamos los supuestos de la psicocrítica, ‘prolongación metafórica exterior del refugio materno’”.
Una “comunidad poética imaginada”
Esta lírica del Caribe colombiano significa y conlleva varios elementos que la identifican como una “comunidad poética imaginada”, fundamentada en una cosmovisión confluyente, mediante temáticas o marcas parecidas a los siguientes elementos: el linaje, el paisaje, la memoria y, ya desglosada, una cultura anfibia, mediante una geopoética y un mundo lárico, convirtiéndose, estos autores, por ello, en guardianes culturales y ecocríticos de su entorno frente a la globalización.
Todo lo anterior se logra mediante una escritura “identificatoria creativa”, no anclada sino procesual, en concordancia con los tiempos históricos y geográficos.
Gira también ante unas variables relacionadas con las dimensiones de inclusión/exclusión/apropiación, pero también desde la experiencia multicultural: inclusión, al pensar en una comunidad que pertenece a un espacio y su definición; exclusión de los otros, al ser descartados desde la canonización “colombianista” o “colombianizada” ante una utópica comprensión finisecular o nacional grecoquimbaya de “Atenas” suramericana, por el otro.
Pero, al mismo tiempo, de apropiación, al re-crearse una identidad relacional, que representa una variable dialéctica, relativista, fragmentada, transformativa, de acuerdo con el discurso y el sujeto que lo enuncia; conforme con su espacio y con su tiempo, como recreador del capital material e inmaterial, cultural, pero también mediante la apropiación y exposición de lo propio y lo ajeno
Detrás de esta propuesta se encuentran, además, los conceptos de territorio: este constituye un patrimonio ambiental y cultural, sistema complejo integrado por diversas entidades y por actores y sus representaciones culturales y simbólicas, así como por su espacio material, utilizados por dichos actores líricos como parte propia, no exenta de violaciones, intrusiones, contaminaciones, y, difícilmente, por salvaciones.
Lo anterior, lo sintetiza de mejor forma Armando Silva: “El territorio alude más bien a una complicada elaboración simbólica que no se cansa de apropiar y volver a nombrar las cosas en característico ejercicio existencial-lingüístico: aquello que vivo lo nombro; sutiles y fecundas estrategias del lenguaje”.
El territorio, entonces, adquiere una connotación performativa y existencial: lo nombro, lo represento, luego estoy vivo.
Recordemos nuevamente: los poetas que encarnan esta propuesta riana o del río son: José Ramón Mercado, Raúl Gómez Jattin, Jaime Manrique Ardila, Jorge García Usta, Gustavo Tatis Guerra, Gabriel Ferrer Ruiz, Rómulo Bustos o Miguel Iriarte, quienes toman esta fuente hídrica desde sus espacios de origen, generalmente ubicados en la región Momposina, como fuente vital de su creación, asumiéndolo como propuesta hermenéutica y lírico-narrativa a su vez.
Ello da cuenta de algo más: asumo una “identidad narrativa”: soy y entrego al lector esta, para reconocerme y que este también se reconozca al otro.
Cuando se habla de poesía riana, esta se corresponde a una parte de la “poética del espacio o del paisaje” del Caribe colombiano, pues estas fuentes hídricas hacen parte de la propia geografía que las compone.
Este paisaje poético escrito hace referencia a una zona artelizada del Caribe colombiano vivencializada, reapropiada, encuadrada bajo elementos parecidos, pero con estilos diferentes, que, al igual que en los poemas de Candelario Obeso o Luis Carlos López, trazaron formas identificatorias del espacio propio (los bogas momposinos, la Cartagena de los años 10 al 40 del siglo XX) en el que subyacen sus propuestas líricas.
En este caso, se observa una poesía del paisaje, que, para el caso, también es del lar, el cual proyecta un habitar, un erigir, que es, a su vez, un abrigar y un cuidar, en palabras de Martin Heidegger.
Una muestra de los otros poetas
Por su parte, y más concretamente, retomemos a Jahir Pérez García, quien ha sintetizado esta poética del Caribe colombiano desde el imaginario sabanero-costero: “La poesía del Caribe colombiano convive como un animal vivo en el paisaje y su forma que se construye poéticamente. En sus obras la construcción del discurso coincide con la construcción del paisaje. Desde la literatura podemos reconocer las historias, la memoria de un pueblo, la construcción de un habla, las geografías y el paisaje, sus ancestros y el reconocimiento de las sabanas, del río y de la geografía cordobesa-sucreña”.
Sobre ellos, escojamos algunos cortos ejemplos sobre los otros poetas mencionados:
Raúl Gómez Jattin
Dos posibles caminos muestra la naturaleza riana de Gómez Jattin: una primera, en la que varios estudiosos han revisado desde la mirada paisajística, social, religiosa y semiótica, como el mismo Gabriel Ferrer, Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda y Heriberto Fiorillo, entre otros.
La segunda: en esta lectura sobre algunos poemas de Gómez Jattin, se ha preferido escoger textos que postulen una relación espacio existencial. Así, en un poema sin nombre, pero siguiendo la norma de nominarlo por su primer verso, afronta esta dualidad dolorosa:
“Yo tengo para ti mi buen amigo /un corazón de mango del Sinú / oloroso / genuimo / amable y tierno /(Mi resto es una llaga / una tierra de nadie […]), como lo expresa en “Yo tengo para ti mi buen amigo”.
La dualidad, una vez más, de Gómez Jattin reaparece: la naturaleza exaltada frente al canto del dolor extremo del yo fenecido. La nada frente al corazón del paisaje cultivado.
Ya, anteriormente, en su estudio La poética del Caribe continental: lírica del Caribe colombiano contemporáneo, Ferrer se refería a la división interna y externa de los poetas del Caribe colombiano en relación con el espacio.
Revisemos ambas en el poema “Si las nubes no anticipan en sus formas la historia de los hombres”, en el que Gómez Jattin continúa una combinación panteísta, con una conjunción religiosa, además de una recreación existencial, del linaje y del interior del alma:
“Si las nubes no anticipan en sus formas /la historia de los hombres / Si los colores del río no figuran los designios / del Dios de las Aguas / Si no remiendas con tus manos de astromelias / las comisuras de mi alma / Si mis amigos no son una legión de ángeles / clandestinos / Qué será de mí”.
El poema culmina con su propuesta retórica: ¿cuál será mi destino, si los ángeles no remiendan con sus manos mi alma?. Pero ello no tiene sentido si el hablante no se interroga antes a través de varios tópicos llenos de imágenes de carácter condicional: lo fantástico y lo histórico, combinado por las nubes que actúan como relentes que muestran la escritura y la historia, las cuales podrían llegar a no predecir nada; pero también, como código o adivinación panteísta del río Sinú ante los designios de ese dios acuático y del fruto milagroso.
La visión externa postulada antes por Ferrer, se observa cuando ser, alma y paisaje se combinan en este poema para lanzar interrogaciones que son retóricas. El río se torna escritura y parte del ser.
Y, como señala Otálvaro Sepúlveda el yo poético de Gómez Jattin se configura mediante la identificación armónica con el espacio del Sinú, pero, al mismo tiempo, y en el caso de su infancia, de manera edénica, aunque esta vez sea de manera atormentada. Es una convocatoria existencial, délfica y sobre/desde la naturaleza.
Jorge García Usta: retrato de la sinuanía
Si quisiera interpretarse parte de lo anteriormente descrito, de modo perentorio, en su poema “Cédula”, se halla parte de la poética de García Usta, así como su autobiografema:
“Partes indispensables de esta cédula: / el Sinú parturiento que fregó a este niño en 1960 / en un patio de nísperos / donde el miedo y la alegría aleteaban / como pájaros ante el primer sol”.
Que tiene conexión con el poema “Sinuanía”, cuando habla sobre sus “veinte niñeces”, en la suposición que fuera escrito a los 20 años, o referenciara esta edad como un parteaguas de vida. Como muchas veces en estos poemas, la dualidad vuelve a aparecer: miedo y alegría, vida y muerte.
Así mismo, de manera tajante, indiquemos que aquí se revela parte de las poéticas de los bardos analizados: el río inevitable, la fecha y el lugar de nacimiento, el contorno lleno de frutas, la frecuencia de las emociones consagradas y la visión solar con que escriben.
Y a renglón seguido la familia, Nevija Usta, y los amigos (“Mayo Arenales”, como nombre supuestamente ficticio), y en ese autorretrato y autobiografema familiar y territorial, otro fragmento: “mi ceceo sinuano, el guapirreo documentado / conque el río nos marca por siempre [...] y un trago doble / de esperanza final // firmando en prosa callejera / como muchos, / plural, endeudado y viviente”.
Lo que se destaca no es solo la oralidad autodescrita del hablante, su particularidad oral (“mi ceceo”) sino el retrato de la propia escritura, surreal, gongorina, que combina con un estilo de crónica y de “prosa callejera” y plural, del que se deslinda (pero afirma al mismo tiempo) el retrato cultural y el lugar de proveniencia.
Se añade la afirmación de talante sociológica: el “guapirreo documentado”, que conjuga cierta técnica del “estuve allí” que postula desde la etnografía Clifford Geertz. El poeta estuvo allí, en el guapirreo, en el campo, en el territorio: “es” de allí. Se observa entonces que los índices de oralidad y documentación sociológica permean esta poesía, esta literatura del Caribe colombiano. Aquí guapirreo conlleva celebración, como la poesía.
Miguel Iriarte: ríos históricos y eróticos
Desde su primer poemario, “Doy mi palabra” (1985), Iriarte nos enfrenta a un río y un mar eróticos, en el que el cuerpo de la mujer se encuentra lleno de sal marina.
Justamente, en Semana Santa de mi boca (2020) Miguel Iriarte revela cinco ejes temáticos relevantes en su poesía: el mar, el río, la memoria de la infancia, la parodia de lo religioso y el erotismo en tanto despertar del deseo sexual manifestado a través de una determinada celebración.
Estos elementos culminan en una poesía celebratoria del entorno cultural caribeño de forma más abierta que en los anteriores poemarios. Se trata de un ejercicio de recontextualización cultural, un ejercicio de transignificación poética, de creencia firme en lo lírico como ejercicio para revelar la fe de la palabra en su declaración más significativa, más transformada y transformadora del entorno.
El límite entre las analogías y las metáforas son cruzadas constantemente. Aunque es en Segundas intenciones (1995) donde Iriarte comienza a explorar el tema del río, en coincidencia con la infancia, como los otros poetas del litoral colombiano: “Yo siempre quise que tuvieras un río rojo / Como el de aquellas películas de Oeste / Que alcancé a cabalgar en tus dos cines. [...] // Un río: aguas que me soñé nadando / Para cruzar mi infancia casi abandonada. / Un río, no importa que no fuera como El Nilo / Pero que te sirviera para inventar mitos de agua /Y para apagar el polvo ardido de tus calles / En aquellos mediodías que amenazaban / Con secarnos la saliva y la sangre”.
No es el poema de las “veinte niñeces” de García Usta, sino el de un adolescente menos madura. El poema, que inicialmente le habla a una oyente lírica de modo evocativo, pasa a un yo en primera persona que rebasa la corriente riana como para recordar su niñez, “casi abandonada”, en concordancia con un río que no importa si es igual al Nilo. Lo que importa es su grandeza memoriosa.
En todo caso, paradójicamente, río e infancia se conjuntan con la creación de los “mitos de agua”, de los que ya se ha hablado sobre otros poetas, pero que ahora las tres palabras dialogan más abiertamente, pues una de ellas contribuirá para apagar el calor y la sed de la estación violenta de esa aldea.
Pero, a renglón seguido, el hablante nos ubica en sus “segundas intenciones”: “Aguas, corriente de deseos, lecho blando / Para el temprano amor de tus mujeres” (p. 21). El poema se refiere a una zona que pudo calmar la sed de cualquiera con el “ojo de agua” y después posterior represa, denominada El Trébol. Es una reminiscencia y un deseo del porvenir, pues en el poema también se quiere “Un río que permitiera jugar con tu futuro / Amasando el barro de tu seno” (p. 21).
El río entre fronteras de Manrique Ardila
En el poema de Jaime Manrique Ardila (1995) “El Barranco de Loba, 1929” el yo poético recuerda a su madre, en tiempos de niña, vendiendo “cocadas de coco y piña”, que su abuela le ha puesto a vender. Se observa la explotación materna y paterna de la época y el desdén por los niños, y, aún más: que no podían acceder a la educación, por vivir en las zonas rurales.
Barranco de Loba es un municipio del centro sur del departamento de Bolívar, y, en esos años, vivía de la ganadería, la pesca artesanal y la agricultura, fundamentalmente, sin dejar de ser un espacio deplorable para aquellos que tenían pocos medios económicos, “el pobrerío” garciaustiano.
El poema muestra el recorrido de esa niña por el pueblo, que maldice al sol porque “la quema y la renegrea”, pero, luego, surge una imagen espléndida: “Mi madre camina las calles engramadas / del villorrio hasta que el sol /—una guayaba madura ardiendo— / se zambulle en las aguas del Magdalena / y una violenta hemorragia celeste / pinta nubes enfebrecidas”.
La memoria del hablante actúa bajo una “visión en el recuerdo del (a) otro(a)”, mientras que quisiéramos que la protagonista nos regalara una “mirada participativa”.
Niña de diez años, cansada y hastiada, odia a sus padres por ponerla a vender cocadas, “que nadie compra”, y que observa su mundo cotidiano en este primer fragmento, donde, acomodada en una piedra a orillas del río, observa “los pescadores / que regresan en sus piraguas cargadas / de bagres, bocachicos y manatíes, / tortugas y babillas [...] ella espera la lancha / que todas las tardes pasa río arriba, / rumbo a Mompox, Magangué, El Banco, Cartagena, /las grandes ciudades del mundo” (p. 6).
La imagen del río contiene un recuerdo de los poemas de Candelario Obeso y un recuerdo a “El coronel no tiene que le escriba”, por su deseo, añoranza y espera. Aclaremos que este río es el Magdalena y no el Sinú.

El cuerpo de la niña constituye el centro de la narración, un cuerpo sufriente, como muchos de los infantes de los años 20 al 50 del siglo anterior (y también de este), en que muchos de ellos no disfrutaban de su alegría ni de comodidades compartidas, sino que representaban la cara oscura e invisible de una economía menor, es decir, aparentemente minorista, intangible e ilícita con los niños.
La primera mirada, la “visión del recuerdo de la otra”, merced a la voz del hablante, que asume la visión del recuerdo de la infante, expresa en su cuerpo una doble desazón: corporal y anímica. La primera, cuando la niña siente no solo la rascazón que producen los zancudos, y, la segunda, por la morriña y aspiraciones y cambios profundos de la modernidad que ella anhela: “el picor del deseo herido, /es el canto de sirena del mundo y sus placeres / que la lancha anuncia todas las noches / subiendo las aguas del río en llamas /hacia esas urbes donde la vida empieza”.
Esas “urbes donde la vida empieza”, referidas a los municipios de su alrededor, configuran para la madre un mundo “amplio”, una “máxima” aspiración relativa a una mente de niña de los años 20 del siglo XX, todavía provinciana, cuyo pensamiento se encuentra recortado por la misma visión de unos habitantes que tienen una mentalidad ruralizada, muchos de ellos analfabetas, con aspiraciones que se revelan inmediatistas, pero propio de una sociedad preindustrial y con poca educación.
Conclusión
Mucho por cortar, mucho por explicar, mucho por escribir, mucho por leer. Dejemos estos apuntes a un lector que, ojalá, próximamente, pueda leer el texto completo de esta investigación, de la que queda mucho por exponer.