'Cuentos felinos 11': Y la fiesta del cuento continúa…
El prólogo reivindica el valor cultural de una colección que, ha reunido más de un centenar de relatos y se ha convertido en una plataforma fundamental para los narradores.
Por: Adalberto Bolaño Sandoval
Esta nueva edición felina está muy, pero muy (de) buena(s). Y lo digo como un tipo de lector: ese que ha seguido su trayectoria, pero, además, como aquel que cree que se deleita con las propuestas relevantes.
Y es que a pesar de que repitamos lo dicho por otros prologuistas, en que este sería el posible último número de esta serie cuentística, no obstante, por manes de los dioses literarios, siempre se reúnen las fuerzas (literarias) para salir avante cada vez más, pues los autores ya publicados y otros nuevos, están siempre dispuestos a dar su sangre por cada edición.
Y es que esta –cualquier publicación de esfuerzos propios o con apoyos– siempre constituye una lucha en varios aspectos: con los autores, con las selecciones, con las revisiones, con la inclusión o no, con los tiempos de entrega, en fin…

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Y es que esto de “última” edición no es una afirmación gratuita, pues, aunque las razones no salten a la vista, el trabajo de los editores de los anteriores volúmenes también, como la escritura, suele ser solitario. Y, como parte de ello, quedó para la historia del cuento del Caribe colombiano y nacional, en letras el trabajo, esta colección perpetrada por Clinton Ramírez y Guillermo Tedio, a través de 10 vigentes y hermosas ediciones, con el apoyo de algunos de los escritores.
Y es un trabajo tesonero del que no solo deben mostrarse los agradecimientos a ellos, sino, y, por sobre todo, por el tino de la escogencia de estos más de 100 relatos, lo cuales, vislumbrando algo más, merecerían una antología.
Quiere decir: una antología de antologías, porque estos 10 volúmenes, cada uno en sí, representa una compilación muy bien seleccionada, muy bien pensada.
Y, en este sentido, toma la alternativa en estas labores de editor, el escritor Jorge Campo, quien se estrena verdaderamente en estas lides, dando cuenta de una precisa selección.
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Y es que esta propuesta, que nació hace 11 años, esperemos que no deje de circular, pues representa una elevada oportunidad para estos narradores del Caribe colombiano, que no cuentan con otros modos de publicar sus textos, ya que este es uno de los principales problemas artísticos del Caribe colombiano: las pocas oportunidades de difundir la creación literaria, pues, si acaso, algunas ciudades se permiten abrir convocatorias con resultados publicados muy tarde, pero con premios entregados ídem, además de la poca circulación de esos mismos textos ganadores, y que, para remate, son dejados a los propios autores. Otro en fin…
Y es que en la Costa caribe nuestra las puertas para editar se encuentran bien cerradas, debido a la inexistencia de políticas culturales, y, mucho menos, editoriales. Solo algunas instituciones dejan trascender su apoyo a ciertas iniciativas artísticas, como esta que el lector tiene entre sus manos, merced a la Universidad del Magdalena.
Porque las unidades administrativas y políticas departamentales o de ciudades capitales no suelen apropiarse ni apoyar lineamientos que tenga que ver con los saberes artísticos, ni académicos, ni creativos, y mucho menos en lo correspondiente a trabajos museográficos. Asuela, entonces, la falta de perspectiva cultural y mucha pusilanimidad natural, dándole la espalda a cualquier rescate intelectual o formativo.
A diferencia de muy pocas ciudades del país, en esta región solo emprenden una política cultural del cemento, y, muy coyunturalmente, algo para llenar los informes anuales de gestión.
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Pero a lo que vamos: esta selección busca mostrar que el cuento de esta zona se encuentra vivo, pues algunos de los autores aquí escogidos y que ya han aparecido en la mayoría de estas 10 selecciones hasta hoy (digamos Martiniano Acosta, Clinton Ramírez, José Luis Garcés, Guillermo Tedio, Jaime Cabrera, Adolfo Ariza, entre otros), bien pudiera cada uno publicar un cuentario con esos textos gatunos ya editados.
Y es que ello permite destacar que son autores con muchos años de vigorosa y madura escritura, pero guardada, estrellándose contra los molinos de viento –o del cemento.
Las razones: no cuentan con la divulgación, ni con las relaciones editoriales, ni la publicidad para ser reconocidos, por lo menos nacionalmente. Aunque varios de ellos sí lo sean por los galardones obtenidos y alguna difusión, pero esas nuestras olas caribeñas no alcanzan las montañas de la otrora (todavía, para muchas cosas) “Atenas” suramericana-quimbaya-mestiza.
Los 14 autores aquí considerados, presentan situaciones de todas las dimensiones, y que solo quiero reseñar, como invitación a su lectura: Martiniano Acosta (“El canto feroz del filo en el aire”) revela la ambivalente escena de verdugo y víctima, con una prosa acerada y latigueante, como la propia relación entre estos personajes; Sara Martínez Vega, con “¡Que me maten ya!” nos traslada a una sociedad ominosa, donde los perdedores representan “la resistencia” y los ganadores los poderosos.
Tal vez haya una relación analógica entre esta narración, que podría convertirse en la cara previa a la relación entre verdugo y víctima del relato de Martiniano Acosta.
En “Los ratones piensan que son caballos” Adolfo Ariza monta una metáfora de la vida cotidiana en los momentos en que una manada de ratones invade la casa de una familia joven, mientras que la mente de la hija se sitúa y cruza entre los juegos de la tablet que desea y los ratones.
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Y una novedad en esta colección, en cuanto a cantidad: la aparición de muchas microficciones: empezando con las del editor Jorge Campo, quien ofrece “Cuentos breves”, con giros sorpresivos y crujientes, sabiamente deleitosos; y, bajo el mismo tipo de escritura, mas no en su estilo, Alcy Zambrano, con sus “Minificciones”, recrea un mundo lleno de “figuras incomprensibles que tienden a confundir al lector” (según reza uno de los minicuentos), observándose en estos textos mayor proclividad a la ambigüedad, mientras el trabajo literario de Jorge Campo cruza otra línea y se deja sonreír.
A ellos se agregan los microcuentos de Orlando Barros, quien los afronta en otro tono, con otras trazas, imprimiéndole, como indica en el nombre general de su muestra: “Lo que el silencio cuenta”.
Sinuosos, también se inscriben en esa natural no especificidad “Los cuentos de gallo”, de Amelia Rosa Maldonado, con unos ecos naturales y afortunados. Y con un dejo diferente, Silvia Patricia Miranda desglosa también los silencios y las metamorfosis en “El michu”, dejando, en medio, unos espacios desconcertantes.
Por otra parte, el poeta Javier Marrugo cambia de género y nos aproxima a un mundo de apariencia cortazariana en “Las cosas de la casa”, dándole vida algunos de estos elementos de una vivienda, que nos llevan a observar mundos más y tan significativos que muchas veces no sabemos ni leer ni experimentar, acaso por lo mágico y dialógico a la vez.
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Que no son los universos que recrean José Luis Garcés y Guillermo Tedio, pues en sus respectivas narraciones se acogen a las palabras de Hegel, muy propicias para sus textos: “la oración de la mañana del hombre moderno es la lectura del periódico, porque permite situarnos cada día en nuestro mundo histórico”.
Así, en “El ocaso de un viudo” Molinares Sarmiento se introduce en la vida de ese empleado de banco jubilado y su relación con una chica a la que llega triplicarle la edad, celebrando esa felicidad en esa ambigua senectud amorosa. Y aquí quisiera proponer atrevidamente algo como un ejercicio: ¿Qué tal leer “Días negros como viejos hierros”, de Garcés González, como continuidad de la narración de otro de estos cuentos presentados?
Y con relación a la propuesta hegeliana, en “Mascarada”, Tedio retrata la vida de un periodista a quien su director le pide noticias de sangre, para que el medio impreso venda más.
El cuento de Molinares ha sido muy galardonado, y, como en el de Tedio, repta la realidad de modo acompasado. Y, en esa misma perspectiva del filósofo alemán, el cuento de Clinton Ramírez “Un forastero es un forastero”, celebra de manera ambigua esa misma tautología del título, porque, más allá de ella, constituye una doble representación: la de la acogida del otro aparentemente extranjero, pero también la de su enraizamiento y su asunción como ser y como personaje. Porque es un cuento de personaje, de su elevación como tal.
Y, finalmente, una corriente de agua fresca es el que corre en la lectura de “Agripina y los dos”, en el que Ignacio Verbel despliega una relación deliciosa, una aventura... Pero mejor no seguir.
El plato está servido. Si la idea es la de continuar esta tarea de publicar cuentos del Caribe colombiano, esta labor cultural debe seguir floreciendo, con lo cual se continuaría remarcando un universo que está más allá de la región, más allá de la literatura: extender siempre las fronteras artísticas nuestras