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Ya tengo candidato

No tiene rostro todavía, pero sí condiciones claras.

Por Joseph Daccarett

 

Hace unos días, mientras conversaba con un joven emprendedor al que asesoraba en la creación de una pequeña empresa —un proyecto modesto, pero con capacidad de generar cerca de nueve empleos—, me sorprendió escuchar una decisión que comienza a repetirse con inquietante frecuencia: estaba considerando emigrar.

 Cuando le pregunté por qué, su respuesta fue tan directa como desalentadora. No veía futuro en un país atrapado en la descalificación política, la corrupción creciente, la inseguridad cotidiana, la incertidumbre jurídica y una presión tributaria que castiga al que produce. A su juicio, buena parte de la clase política colombiana ya no discute cómo resolver los problemas estructurales del país, sino cómo ganar elecciones para pagar favores y afianzar clientelas. La polarización —me dijo— además de ser ideológica, se ha convertido en emocional, llevando a escenarios cargados de odio y resentimiento.

 Confieso que esa conversación me obligó a reflexionar. ¿Cómo convencerlo de quedarse? ¿Cómo explicarle que Colombia aún puede corregir el rumbo? El país no está condenado, pero sí urgido de liderazgo.

 Esa inquietud me llevó inevitablemente a mirar hacia atrás. Recordé el debate presidencial de 1986 entre Álvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán: dos figuras opuestas en visión, pero coincidentes en algo esencial —profundidad intelectual, respeto por el contradictor y auténtica vocación de Estado—. Ver hoy esos debates produce una mezcla de nostalgia y orgullo. Los colombianos podían discrepar, pero sabían que cualquiera de las opciones representaba preparación, capacidad y compromiso con el país.

El contraste con el presente resulta doloroso. Hoy, en muchos casos, las encuestas no miden quién propone mejores soluciones, sino quién destruye con mayor eficacia al adversario. Hemos pasado de elegir entre los mejores a escoger por descarte; de votar por convicción a votar por miedo; de aspirar al liderazgo a conformarnos con el “menos malo”.

 Por eso tomé una decisión simple, pero fundamental: definir un candidato. Y ya lo tengo.

 No es una persona.

Es un conjunto de ideas.

 Votaré por quien esté dispuesto a recuperar la esencia del Estado: el monopolio legítimo de la fuerza y de la justicia. Sin seguridad ni justicia efectiva no hay inversión, empleo, cohesión social ni futuro posible. Por quien tenga la voluntad de ejercer presencia real hasta el último centímetro del territorio nacional, sin ambigüedades ni concesiones.

Votaré por el candidato que impulse una reforma estructural al sistema de salud, que combine un Estado fuerte en regulación con un sector privado eficiente y responsable, y que destierre, de una vez por todas, la politización de la atención médica. La salud no puede seguir siendo botín electoral.

 Votaré por quien enfrente con seriedad la crisis pensional que se avecina. Entre 2010 y 2025, la tasa de natalidad en Colombia cayó drásticamente, pasando de cerca de 18 nacimientos por cada 1.000 habitantes* a apenas 9 por cada 1.000*. La pirámide poblacional se encamina a invertirse en menos de 25 años. Con mayor esperanza de vida y menos cotizantes jóvenes, el sistema actual es insostenible. Habrá que hablar —sin demagogia— de edad de jubilación, semanas de cotización y responsabilidad fiscal. Eludir esta discusión es condenar a los jóvenes de hoy a no tener pensión mañana.

 Más preocupante aún es la caída de la tasa de fecundidad, que pasó de 2,1 —nivel mínimo de reemplazo— a 1,2*.

 Votaré por quien ejerza el liderazgo necesario para reducir de manera inmediata el discurso de polarización, odio y culpa, y trabaje por la unidad del país alrededor de los temas fundamentales que permitan construir una ruta clara de desarrollo humano y económico, sustentada en planes de largo plazo.

 Votaré por quien reestructure el sistema de justicia para hacerlo ágil, eficaz y creíble, estableciendo sanciones ejemplares contra la corrupción y contribuyendo a recuperar la ética pública, hoy erosionada por la impunidad.

 Votaré por quien proponga soluciones reales al déficit de servicios básicos: más de 3,2 millones de colombianos** no tienen acceso a agua potable; 12 millones presentan acceso inadecuado y cerca de 12,5 millones carecen de alcantarillado**.

 No se trata solo de un problema de infraestructura: es un detonante de enfermedades, pobreza y mayores costos para el sistema de salud. Un país que no garantiza agua y saneamiento no puede hablar seriamente de desarrollo.

 Votaré por quien entienda que el Estado colombiano es demasiado grande, costoso e ineficiente. Reducir su tamaño no es debilitarlo, sino hacerlo viable. Solo así será posible desmontar impuestos distorsivos como el 4×1.000, revisar gravámenes mal diseñados, aliviar la carga sobre la renta, eliminar impuestos al patrimonio y barreras burocráticas que convierten el emprendimiento en una carrera de obstáculos. Es, además, indispensable para enfrentar el enorme endeudamiento con el que iniciará el próximo gobierno.

 Votaré por quien promueva una desregulación inteligente: menos normas, más claridad; menos trámites, más controles efectivos. Un exceso regulatorio no solo asfixia al empresario, también multiplica los espacios para la corrupción.

Votaré por quien entienda que el verdadero futuro del país está en la construcción de capital humano, mediante educación de calidad y acceso masivo a nuevas tecnologías como eje transversal del desarrollo.

 Y, finalmente, hay una condición decisiva: cómo va a hacer todo esto.

 No más mentiras.

No más promesas incumplidas.

No más populismo.

No más improvisación.

 Ese es mi candidato.

 No tiene rostro todavía, pero sí condiciones claras. Y si no aparece, muchos jóvenes seguirán creyendo —como aquel emprendedor— que la única opción razonable es irse, como ya lo han hecho más de 1,3 millones de colombianos, el mayor éxodo registrado en la historia reciente del país.

 Colombia aún puede elegir mejor.

Pero el tiempo para hacerlo se está agotando.

*DANE

**Minviviendda

***Migración Colombia

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