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Álvaro Morales: el señor de la luna, de la fábula y del verso de cristal

Si me tocara definir en pocas palabras la vida y obra de Álvaro Morales Aguilar diría: “El señor de la luna, de la fábula y del verso de cristal” porque toda su obra es luminosa como esa luna “redondita y brillantica”. Porque nos habla de y para los niños. Porque en sus páginas  desfilan imágenes brillantes con elementos propios del entorno costeño. Porque surgen fábulas a punta de versos de cristal en los que se describe  su realidad imaginada, fabulada y poetizada ya que la otra  realidad se parece a un lingote de hierro que está afuera abrumándonos el cual arrastramos como lo hacía Melquíades con sus dos lingotes metálicos en Cien Años de Soledad.

 Su obra en conjunto es una burbuja en la que se recogen las tradiciones orales de sus pueblos, los cuentos, las leyendas como la de la Llorona loca y la de  la Madre Monte, entre otras; imaginación que, a través de la versificación, (otra forma popular de comunicarse) anuncia los secretos del cielo, de la luna, de la lluvia, del agua, de la tierra, de los hombres, de los pueblos.

 Como lo hiciera cada uno en sus épocas, por ejemplo, Esopo fue quien retomó el género y creó sus fábulas. Uno de los más antiguos géneros de la literatura universal, un tipo de relato breve protagonizado por animales personificados cuyo propósito didáctico aparece al final con el nombre de moraleja.

Rafael Pombo  muestra en sus textos o fábulas la invención literaria a través de versos dirigidos a niños. Pombo apeló con mucha frecuencia a términos y frases de origen popular comunes en Colombia. “Dame palo pero dame que comer”. ¿Qué se hizo, doña Clema,/La pata coja/Que bailaba tan lindo/Cachucha y polka?/¡Pobre pata,/Que hoy de ti ni se acuerda/Tu dueña ingrata!/

Así mismo ocurre en el trabajo de “doce figuras juguetonas” titulado: “El Zodíaco Juguetón” de Álvaro Morales  en el que toma como pretexto los nombres del horóscopo para reflexionar sobre El amor (Aries), juego de palabras (Piscis), la tradición oral (Acuario), crítica al sistema educativo (Libra). Es un autor que no ha olvidado sus raíces costeñas ─identificables en todas sus obras─ de donde provienen las leyendas, cuentos tradicionales, animales, cuentos populares, rimas y la renovación de la metáfora como “Lunita arepa de huevo”, “Maíces de agua” y términos populares como:" Chicha fría”, “Cucarachero” que corretean, sin vergüenza ni pudor, por cada una de sus fábulas tropicales.

Basta con decir que Álvaro Morales Aguilar nació en Tamalameque y a los pocos años se trasladó a El Banco porque su padre fue nombrado alcalde allí. Son pueblos a orillas del río, en cuya cosmogonía están presentes lloronas y espantos, mitos, leyendas y un lenguaje costeño que es fuerte, fonético y connotativo.

Esas dos poblaciones (El Banco y Tamalameque) fueron el nido,  el origen de su mundo  literario en el que Álvaro Morales nada, flota, sueña, pergeña. Literatura edificada a partir de la oralidad como Ernest Hemingway cuando escuchó, en sus noches de bohemia con los pescadores de Cojímar, en Cuba, las historias contadas por pescadores, historias de luchas entre tiburones y pescadores, (El viejo y el Mar). Así Álvaro Morales también las vivió, las bebió, las cocinó en su cerebro, las absorbió escuchando a los campesinos cómo relataban aquel mundo maravilloso y mágico de la Costa.

Jaime Mejía Duque, crítico literario colombiano, confirma la procedencia de la literatura de Álvaro Morales con este comentario: “De modo que aquí el lector (refiriéndose a Vida y Asombro de Don Ruma) percibe y disfruta en su integridad el “sabor” de lo folclórico viviente, gracias a un lenguaje que, sin traicionar en ningún momento la entonación ni el espíritu esencialmente rurales del héroe y sus gestas, como totalidad narrativa se sustrae a la rusticidad regionalista”

De los libros publicados: “La luna y el Arca de cristal”, premio nacional de poesía, 1982, Departamento Administrativo del Servicio Civil; “Vida y asombros de Don Ruma” y “El señor secretero”, Editorial Panamericana; “Los peces de Octubre”, editorial Magisterio y “El Zodíaco juguetón”, de editorial Magisterio, son ediciones cuya portada presentan otra dinámica como lo enfatiza el propio autor: “diseño formal de los textos, con lo que quise despojar la página tradicional de los libros para la infancia y la adolescencia de la rigidez y esterilidad que los caracteriza.”

José Luis Garcés González, poeta y narrador de Montería, confirma la procedencia de las fuentes de Álvaro Morales, en el libro: “Los Peces de Octubre”: “Este es un libro que bebe en los recuerdos y en la tradición. Tiene cuentos muy vinculados con las realidades del campo que para algunos pueden parecer exageración”. Cuentos que describen historias desnudas, estremecedoras “con gentes humildes, con mujeres solitarias y tristes, con pescadores taciturnos”.

José Luis Díaz Granados también coincide en afirmar en su comentario sobre “Retozos Pluviosos que “Álvaro Morales Aguilar, a través de su obra rememora una niñez impregnada de trópico, de noches largas y rumorosas y días coloridos y perfumados como esos dulces preparados por la abuelita que se quedó en el pueblo. Es una prosa poética como el mismo trópico”.

En “Retozos Pluviosos” vuelve a estar presente el trópico con toda su carga de calor, de nubes, de sol y sobre todo de lluvia así como el lenguaje con otra perspectiva. Por eso, encontramos palabras comunes y corrientes que se elevan a la categoría del goce poético: “Desde los días de la estera y de los baños en batea”. Combinación de términos cotidianos, comparaciones simples, elementales, propias del entorno que conllevan fuerza, renovación y una dulce connotación bucólica: “Me gusta la lluvia porque congrega como gallina a sus polluelos”, “Te amo con un amor que huele a tierra mojada y suena como lluvia en techo de zinc”, “Una vez las nubes soltaban sus maíces de agua, quedaban las calles encharcadas de lunares”. Patricia Durán dice que “este libro es para aquellos niños pequeños y grandes que no han perdido el gusto por los manjares de la infancia”.

Juan Ramón Jiménez creó su “Platero y yo”. Recordemos este fragmento: “No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas. ………”, relato mimoso del siglo XIX, que nos lleva por enramadas y caminos poéticos y claros de sol, esas historias de un borrico y su amo. La comparación con Álvaro no es extensa, es apenas cierta afinidad teniendo como marco el trópico en el reciente libro titulado: “ El Zodíaco Juguetón”, “doce figuras juguetonas/trajeadas de lentejuelas/que entre los espesos/telones de la noche/relumbran y titilan/no bien  la luna/en su carroza de nubes/por el cielo se pasea./ En Acuario encontramos que Álvaro ─a su manera caribe─ nos habla del oficio del burro  de ser cargadores de agua: “Si bien entonces no había/acueducto en el poblado/todos los pobladores llenaban los topes/sus tinajas y sus moyones/hechos de barro cocido/con agua del cielo llovida/o del río burritraída/en asnos por aguadores. Y por las calles del lugar/encantaba entonces ver pasar/ el safari de borricos/con cajas y con galones/montados sobre sus lomos/bajo un sol de quemadura…/

 Leyendo todos los textos publicados, podemos deducir que “El zodíaco juguetón” posee una línea didáctica y existen razones para señalarla: 1: Los niños pueden aprender mitología (el zodíaco) a partir de su lectura. 2. Aprender vocabulario a partir de términos desconocidos a través de la musicalización (versificación, rima). 3. Con la terminología utilizada en este texto se pueden aplicar estrategias  lúdicas, actividad fundamental que sirve a la formación del niño. (Ejemplos: Capra que es Cabra. Y cornu que es cuerno. Una cabra cadabra o abracadabra. Reuma con tismo. Que el pez y la pez tienen tal vez el mismo jaez, Eleonora, Eleonora/mi alma te adora/hora tras hora)

También, en el fondo, de manera sencilla,  expresa nuestra realidad a través de fábulas, versos, coplas y apólogos. En cada uno de estos géneros se alcanza a percibir cierta postura política que subyace con la intención de que nuestros niños abran sus ojos, despierten. Es como correr el velo para que se den cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor, por ello, su fábula tiene otra esencia,  desnuda realidades: “Pueblos sin acueductos, el agua es llevada por un “safari de borricos”, pueblos sin calles pavimentadas.  Alfombraban el poblado/ con las verdes margaritas/de su verde digestión/. Al alcalde / “del hato de Don Simeón ─el terrateniente─ a quien le gustaba bautizar sus animales con nombres tan musicales”. Su autor dice también que es “Recoger la circunstancia "real", percibible de la presencia en un hogar del Caribe colombiano, del país y seguramente de otras partes del mundo, de niños "blancos" y "morenos”.

En la misma obra, (Virgo: doncella, virgen) se destapa el fervor religioso de un pueblo que coincide con la ignorancia cultural, que les hace ver milagros o apariciones de vírgenes en cualquier lugar. “y al secarse la pintura/reapareció la silueta/ como por arte de magia/. Y que hubo bulla/tanto ruido/ y que muchos televideo─audientes/ contemplaron admirados/la silueta de la santa/que en la pared se veía”

 Libra (balanza, equilibrio) es  la síntesis del malestar que Álvaro Morales manifiesta a través de estos versos contra esa realidad de corruptos, allí ─con esa capacidad para versificar─ señala  un sistema educastrador, que no permite la reflexión, el asombro ni la pregunta. En ese sentido, llama la atención el epílogo: “! Queremos que nos dejen pensar ¡

Finalmente, el texto El zodíaco juguetón (burlón?) es una permanente alusión al trópico,  a la tradición oral, al lenguaje, al juego, a tomar consciencia. Una literatura que tiene sus raíces en lo caribe, que también se alimenta de  lo vernáculo, de lo fabulesco, convirtiendo a Álvaro en un representante especial de la literatura infantil y juvenil contemporánea.