Alonso Suárez, ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura.
Alonso Suárez, ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura.
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Álvaro Suescún Toledo

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Velorio de 'El ribereño', en La Estación, en Puerto Colombia

Alfonso Suárez fue ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura, y un año antes de su fallecimiento fue ganador de una beca.

Por Álvaro Suescún Toledo 

En los pasados días de carnavales fue exhibida en la galería La Estación de Puerto Colombia, la que fuera la última serie en la vasta obra de Alfonso Suárez.  

Son autorretratos y autorreferencias relacionadas con sus vivencias en momentos difíciles, su salud emocional le hacía trastadas y él, paciencia y perseverancia, firme, hacía pulso con el destino que ya sabía sería trágico y el único remedio sería el descanso. 

Obras de Alonso Suárez.

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Su taller era un patio a la vista, el sol de esa mañana era escandaloso enviaba sin pausas sus mensajes cálidos que se desbordaban sobre un par de mesas, sus pinceles, sus acrílicos bien ordenados, y sus pensamientos, todo era limpieza alrededor, preámbulo de una gran emoción que no se contenía cuando atacaba los soportes en papel con sus pinceles a trazos vigorosos. 

Con su obra ‘El ribereño’, había sido ganador del Premio en el Salón Nacional de Artistas del Ministerio de la Cultura, en 1994, y en 2018, apenas poco antes de su fallecimiento, de una beca de estímulo para desarrollar su obra ‘Hombre de dolores’, en estos dos personajes fundió los remanentes de su excelsa creatividad y se desenvolvía en este personaje de modo tan natural, tan humano,  que esa milagrosa ensalada de alucinante mezcolanza le sirvió como ingrediente para realizar esta obra final, 49 pinturas en acrílico todas en pequeño formato, a esa serie la llamó "Velorio silvestre en noche de luna". 

Alonso Suárez, ganador 2 veces del Salón Regional de Artes Plásticas.

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Él era ‘El ribereño’. Con su atuendo de farota, silbando casi siempre y como único fondo musical, recorría las calles obsesivamente felices, marcado por el espíritu de la fiesta, el canto, la danza y el color que se desbordaban en la hacienda La Esmeralda, de donde habían salido los gitanos que fueron a parar al municipio de San Fernando, en la depresión Momposina de donde salieron los primeros atuendos de esta vestimenta que se convirtió en comparsa de nuestro Carnaval

Aquella manifestación danzaría romaní hecha leyenda se aposentó en sus entrañas, habitó su modo de ser, de sentir, de pensar como resultado de sus múltiples encuentros con la ancestralidad, una especie de recuerdo colectivo que recogía en fragmentos y brotaban de las frases que interpretaba de acuerdo con el sentimiento y las evocaciones que de él surgían.  

Obras de Alonso Suárez.

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Desde su niñez en Mompox conoció la danza de las Farotas, no la falsificación histórica que pone a inocentes indígenas a asesinar españoles por venganzas, fruto de la imaginación de Joce G. Daniels, un escritor de esa comarca que acepta haber cometido ese desafuero y ahora rectifica lo que ya hizo carrera en la especulación colectiva.

La real, la que conocieron su madre, sus tíos, sus abuelos y seguramente hacia atrás otros antepasados, y se deleitaron con su baile en los días de carnaval.

Desde Talaigua, desde San Fernando, desde Loba, llegaban para encontrarse en los barrotes de hierro de la ventana con la tecla que en el corazón de todos los muchachitos silbaban en las esquinas, dejándose ir en la imaginación y los deseos con los danzantes que desaparecían en la próxima esquina.  

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Inevitable no establecer con precisión que hace hoy seis años nos dejó Alfonso Suarez. Tal indicio nos invita a recordarlo y para ello he traído estas fotos que antes a nadie he mostrado, tomadas en su casa donde convivía con su hermana Regina, paciente, amorosa, guardiana de su heredad.  

En estas fotos que le pude tomar, Alfonso hace ostentación del que sería su último trabajo en pinturas, a las que dedicó buena parte de sus esfuerzos y de su tiempo, fija su atención en la conciencia de que serían sus últimas obras.  

En algunas de ellas ilustra sus honras fúnebres con algunos detalles como el coro de voces y el paisaje de palmeras solitarias que son de notable valor. Quería que lo recordáramos como una farota, y que estuvieran los cumbiamberos del Carnaval, que también lo acompañara la luna en menguante y que su lecho sirviera para dormir en la eternidad.  

Las farotas que plasmó Alfonso Suárez.

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Dicha personificación nos ofrece una herramienta de análisis de las propuestas de corte experimental que empiezan a surgir en el Caribe colombiano en la segunda mitad del siglo XX y que tienen como una de sus características el desmantelamiento de las distancias entre arte y vida, inquietud que será imprescindible para entender su trayectoria artística. 

Verlo en su faena artística, empecinado en terminar la que era consciente sería su última obra en el desarrollo del ‘Arte de actitud’, así lo llamaba Álvaro Barrios, uno de sus mentores iniciales, obsesionado con la imagen de verse dentro de ese colorido talego mortuorio con un lastre de rocas en los tobillos, aferrado al deseo de insistir, de mostrarse como artista de resplandecer en la fluorescencia del ambiente artístico, fue una carga densa de mociones que aún no acabo de digerir. 

 Pero no sucumbía ante lo predecible, por el contrario, sin tregua atacaba la materia pictórica como sabiendo que en esos residuos se apacentaba el resto de vida que le estaba quedando dentro de él. 

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De sus mentores el otro fue y de manera principal, Álvaro Herazo, en el grupo 44 que tantos artistas ilustres nos dejó para grata recordación, por afectar las artes plásticas en el contexto Caribe, Delfina Bernal, Ida Esbra,  Rosa Navarro, Eduardo Hernández, Víctor Sánchez, Fernandito Cepeda y Christiane Leuseaure, todos lo vieron ser el protagónico en los performances ‘Reporter con interferencias’, que vimos en el teatro Amira de la Rosa, en 1982, e ‘Información es poder’, en el primer encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá, en 1984, de estos eventos saldría Alfonso con la idea congelada en su pensamiento que refrigeraron las ideas de generar su propio espacio en las artes escénicas. 

Un café hirviente que nos ofrece Regina nos ambienta este reportaje crudo y simple de un momento irrepetible al frente de una obra cuyo personaje es tan suyo como que vive en él y sostiene su presencia dentro de sus vestimentas de colores vivaces, extraídas del mundo anfibio de la encantada Depresión Momposina, para envolvernos en aquella exultante alegría que provocaban sus acciones.  

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De esa serie de pinturas en pequeño formato, alcancé a ver y a fotografiar 34 de ellas, casi todas terminadas y muy pocas a punto de serlo.  

Es probable que hubiera hecho después otras más, el caso es que esa obra debe ser apreciada y admirada como lo que fue: el punto final de una obra artística que debe tener mayor valoración y reconocimiento. 

En este recordatorio también queremos apreciar su recorrido en las obras realizadas, desde cuando se dieron sus primeras manifestaciones artísticas en la performancia, ellas fueron: ‘Visitas y apariciones’, ‘Hombre de dolores’, ‘Pasado y presente’, ‘Ensayo de una boda en privado’, ‘Proyecciones con mis antepasados’ y ‘100% Frágil’.  

Además, ‘Fantasmata’, ‘Pesadillas de un hombre rana’, ‘H.Q.B.P.J.X.’, ‘Autoterapia’, ‘Visiones’, ‘Escenas preparadas’, ‘Concierto desconcierto’, ‘Cuerpo virtuoso’, ‘El ribereño’, ‘La farota de la esmeralda’, ‘Guarde silencio’, ‘Devoradores de metal’ y ‘Novia del hombre rana’, todas surgidas del baúl de sus recuerdos que también tenía forma física, formado en la colección de muchos de los objetos que poblaron su casa y que resurgen en sus obras.  

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Alguien me dice que Regina, su hermana, guarda buena parte de esos objetos reconocibles en el ancestro familiar, sus obras, su vestimenta artística y sus objetos en un warehouse en la avenida Olaya Herrera.  

Que son ocho baúles de materiales diversos que permanecieron abiertos a sus manos curiosas, de manera que podía mirar de soslayo en el pasado de sus ancestros cuando atravesaron el mar Atlántico para quedarse en las ardientes riberas del Magdalena integrándose con otros personajes que, cada cual, aportaron sus respectivas historias. 

Ahí se conservan entonces retazos de esas travesías y de las nuevas aventuras que corrigieron su rumbo tomando una nueva tras escena en los lugares de Mompox, resguardadas en esos baúles.  

Sus sombreros, sus paraguas, leontinas que aun sostienen quevedos y lentes, sus abarcas, tarjetas postales corroídas por el óxido de los años, fotografías centenarias, vestimentas en desuso, cartas de amor, sus atuendos para los performances, y mil objetos más que lo ingresaron al mundo del pasado con olor a sepia aun en sus recuerdos. 

Allí, en el mejor lugar de todos estuvo El ribereño, arte objeto, disfraz, danza, la acción plástica de Alfonso Suárez que finalizó los puntos suspensivos de su obra en el lugar en donde todo comenzó para los inmigrantes que llegaron a La Esmeralda y a Mompox, La Estación en Puerto Colombia, ahora una galería de arte dirigida admirablemente por Hortensia Sánchez, para cerrar, por fin, el ciclo circular de un performance que puede denominarse indistintamente  como cada quien elija, ‘El ribereño’, ‘La farota’ o ‘Alfonso Suarez, la farota de La Esmeralda’.  

Con el tiempo he comprendido que lo que se guardó en esos baúles constituye mi patrimonio, el legado de un hombre que se formó en el mestizaje de pueblos que mezclaron su sangre y su cultura. 

Es la vivencia de esta realidad la que plasmo en mi obra. Objetos, sentimientos, olores, colores, sonidos que me llevan a una recreación de ese patrimonio al que he ido integrando los nuevos elementos que conforman mi presente, porque soy un hombre vivo. Por eso mis baúles se siguen llenando. 

Los historiadores señalan en el año de 1810, en plena colonia, el origen de la danza que toma su nombre de una de las tribus que habitaron el suelo Momposino, los guerreros indios Farotos.  

Pero no es la historia que ahora cuentan. Eran unos romaníes que habitaban en la hacienda la Esmeralda, se ponían atuendos femeninos de la época y salían a bailar sus danzas europeas, por eso esa vestimenta tan particular que en nada se parece a los atuendos de las españolas. Esa es la historia que yo represento. 

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