“Si se cumple, hay que pagar”: la historia del flagelante José Sarmiento un Viernes Santo
Tras ocho años de pausa, retomó su "manda" impulsado por situaciones personales.
Es Viernes Santo y el sol del mediodía cae implacable sobre las calles de Santo Tomás.
En el municipio, cada año se revive una de las tradiciones más impactantes de la Semana Mayor en el Atlántico: los penitentes o flagelantes. Hombres y mujeres recorriendo las calles de la población en señal de sacrificio y cumplimiento de promesas.
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Uno de ellos es José Sarmiento, de 42 años. Su historia con la flagelación comenzó motivada por la salud de su sobrino.
Según relata, todo se remonta al nacimiento del niño, cuando su familia hizo una promesa a Jesús de Nazaret: si el parto resultaba natural, el menor cumpliría una “pequeña manda”. Y así fue, Jesús “hizo el milagro”.

Aunque el niño inició el cumpliendo aquella promesa estando pequeño, no logró completarlo.
Años después, la situación cambió drásticamente. El menor comenzó a sufrir convulsiones, lo que llevó a Sarmiento a asumir la promesa como propia.
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“Me dolía verlo tan joven, apenas empezando la vida, y en esa situación. Entonces pedí la manda por su salud”, recordó con aquella mirada de una persona que se ha venido flagelando por nueve años por su sobrino.
José Sarmiento es oriundo de Santo Tomás, pero “por circunstancias de la vida” se fue a vivir a Venezuela por lo que venía cada año de manera ininterrumpida a cumplir su manda que culminó en 2017.
Pasaron ocho años para que José Sarmiento volviera a flagelarse, en 2025, esta vez “tras atravesar situaciones personales difíciles en Venezuela. Me encomendé a Dios para poder salir adelante y aquí estoy cumpliéndole”.
Esta nueva promesa la estableció por tres años, de los cuales ya ha cumplido uno e irá hasta el 2027.

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Una preparación física y espiritual
Días previos al Viernes Santo, José Sarmiento adopta rutinas de recogimiento: no ingiere licor “por respeto”. La tensión permanece en esta semana por lo que para él “es difícil conciliar el sueño por las noches”. Asegura que se encomienda a Dios antes de iniciar el recorrido.
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El momento de la penitencia
Durante el recorrido que él hace desde el ‘Caño de las palomas’, lo inicia desde 9:00 de la mañana hasta el mediodía, vestido con una capucha y un “pollerín”, mientras se flagela con un instrumento conocido como disciplina, látigo cuya punta son bolas de cebo animal.

Entre la fe y la polémica
A pesar de la controversia -incluso dentro de la misma Iglesia católica-, para los penitentes o flagelantes, esta práctica es un acto de fe profunda. “Son favores que uno pide. Si se cumplen, hay que pagar”, expreso Sarmiento, defendiendo el significado personal de su sacrificio.
Cada año, esta manifestación atrae la atención de locales y visitantes, generando tanto admiración como debate. Mientras algunos cuestionan la dureza del acto, otros lo reconocen como una expresión cultural arraigada en la identidad del municipio.