Todo el esplendor de su danza salsera. Locación La Troja.
Todo el esplendor de su danza salsera. Locación La Troja.
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Cristian Mercado

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‘Michi Boogaloo’, el bailarín No. 1 de la salsa, ahora le saca ritmo a los pinceles

De destacarse en las pistas salseras, Miguel Corbacho, su nombre de pila, ahora incursiona en otra faceta del arte: la pintura.

Miguel Antonio Corbacho Herrera guarda fresco en la memoria el recuerdo de aquella tarde de sábado en la que siendo aún un niño, se sintió derrotado en su primer gran desafío como incipiente bailarín de salsa, lo que lo indujo a encerrarse durante toda una semana en su casa del barrio San Isidro, triste y avergonzado.

Todavía no era ‘Michi Boogaloo’, considerado hoy el más brillante bailador de salsa en las pistas de la rumba barranquillera.

Corría 1970, y la salsa se abría paso con fuerza arrolladora entre la gente del Nueva York latino, la cuenca del Caribe; y Barranquilla no era ajena al fenómeno.

“En la esquina de la calle 50 con 23 funcionaba ‘La Cita de la 50’, tienda de la señora Gilma Pacheco donde los fines de semana acondicionaban un espacio contiguo al negocio, instalaban mesas, y programaban salsa y canciones de la ‘vieja guardia’, mientras los clientes tomaban cervezas. Yo me sentaba a escuchar la música y a observar a los bailadores”, rememora Corbacho,

Miguel Corbacho exhibe sus obras.

Eran los tiempos de ‘Mazucamba’, del Gran Combo; ‘Tin Marín’, de Richie y Bobby; ‘Campesino’, de Joe Bataan; ‘Oriente’ y ‘A las 6 es la cita’, de Joe Cuba, entre muchos de los éxitos que revolucionaban el ambiente de la juventud de ese entonces.

Deleitarse con la salsa del lugar era una especie de ritual para Miguel Corbacho, que contaba 12 años, y era la continuación a las intensas jornadas de ‘bola de trapo’ que disputaba los fines de semana con la muchachada del populoso sector.

“A las 4 de la tarde los adultos desplazaban en la cancha a los ‘pelaos’, entonces yo me sentaba a disfrutar mi pasión, la salsa”, evoca ‘Michi’.

Un viernes de poca clientela se envalentonó, rodó hacia una pared las mesas desocupadas, y le dio rienda suelta al espíritu de bailarín que llevaba guardado hasta ese momento.

Una de sus obras como pintor, Pedro Guerrero, el famoso Negro Ray.

Los asistentes le reconocieron su habilidad de movimientos y el compás que le imponía al ritmo de la música que sonaba.

Entonces se consideró realizado en los meneos de la danza salsera, y al día siguiente regresó alegre a repetir la escena.

Cuando estaba en esas, bailando frenéticamente el tema ‘El Monstruo’ del Sexteto Nuevo Swing, sintió que alguien le tocaba el hombro derecho con insistencia.

Convencido de que se trataba de algún admirador de su estilo, giró para recibirlo con una sonrisa de complacencia, pero se encontró de frente con un rostro duro que le lanzó el reto que lo dejó marcado.

“Yo bailo mejor que tú ‘pelao’. Te invito a un ‘duelo’. Ven para que veas”.

Galería doméstica de las obras de Miguel Corbacho.

El mano a mano se inició con ‘Descarga No. 1’ de Richie Ray, era tal la confianza de Corbacho que invitó a sus amigos de la ‘bola de trapo’ a que lo vieran bailar.

“Yo movía las piernas con rapidez y creía que estaba ganando, cuando volteó a ver a mi rival me quedé paralizado: el tipo se abría de piernas en el piso (la famosa tijera), se echaba con el torso hacia atrás (el pase de la medialuna), y me remató parándose en la punta de los pies (el pase de las puntillas). Desarrollaba todos los movimientos al son de los instrumentos del disco. Todo un espectáculo”, recuerda ahora entre risas.

“Cuando terminó de bailar lo vi que venía hacía mi con una sonrisa de triunfo, me sentí vapuleado, el hazmerreír de mis amigos, y al comprender esto salí en veloz carrera hacia mi casa y en una semana no me asomé ni a la puerta, me daba pena salir a la calle”, recuerda.

Aquel bailador que lo dejó boquiabierto en esa tarde sabatina era Guillermo Montaño, un recién llegado a vivir en el barrio que se ganaba la vida como vendedor de cigarrillos en el Centro, y lo llamaban ‘Mondonguito’.

Cuando volvió a poner un pie en la calle lo primero que hizo fue buscarlo y solicitarle que le enseñara más celeridad y desplazamientos en el bailado.

“Si quieres aprender cárgame los discos, yo visito de noche los estaderos y ahí me ves”, recibió como respuesta el joven Corbacho Herrera.

Comenzó así su periplo por los enclaves salseros de la época: Swing Las Vegas, El Ipacaraí, El Coreano, Big Fox, Puerto Rico, El Diamante, La Casita de Paja, La 100, Bronx Casino, Latin Soul, El Malecón, Aquí te espero, para mencionar algunos.

Conserva una colección importante de Lp de salsa.

“Con Montaño aprendí mucho, pero en los recorridos por los estaderos conocí a más bailarines con otros estilos como Pedro Guerrero, el legendario Negro Ray, Santana, El Lobo, El Gringo, Johnny Mambo, entre otros, y de ellos me nutrí muchísimo”, añade ‘Michi Boogaloo’.

Todo lo que asimiló le valió para abrirse paso por si solo, y la alternativa de su debut se la dio él mismo en el emblemático estadero ‘El Diamante’, de la calle 30.

“Eran unos carnavales, estaba en la puerta viendo a la gente divertirse cuando pusieron ‘Ponte en algo’, de Joe Bataan. Tuve una rara sensación en los pies al escuchar el tema, y me dije, ‘voy a bailarlo’, perdí el miedo, y me lancé a la pista”.

Cuando finalizó su presentación espontánea Miguel Corbacho se percató de que los clientes comenzaron a lanzarle monedas y billetes en el suelo, en reconocimiento a su show.

“Era la costumbre de la época, lanzar la plata al piso, yo la recogí y era más de lo que creía”, agrega.

Cuando se disponía a salir del sitio unos clientes lo felicitaron y le preguntaron, “¿cuál es tu nombre?”, “Miguel”, le respondió. “No suena artístico, que sea mejor ‘Michi’, y si te bailas ese boogaloo, que sea ‘Michi Boogaloo’”.

‘Michi Boogaloo’, el bailarín No. 1 de la salsa.

Y así comenzó la leyenda del bailarín de salsa más galardonado de Barranquilla, que se paseó triunfante por aquellos estaderos y los establecimientos que abrieron después como Mi Gente, Milán, el mítico Taboga, la inigualable Troja, la fabulosa Estación, el tradicional Rancho Currambero.

“Empecé a ganar concursos de bailadores organizados por el señor Evaristo Camargo Rodas, y me sirvieron para crear un nombre y presentarme en ciudades como Medellín, Santa Marta, Montería, Sincelejo, Fundación, El Cerrejón y San Andrés Islas. Esos premios me ayudaron mucho a darles estudios a mis tres hijas, Jenys, Rosa María y Kelly”, reconoce.

‘Michi Boogaloo’, al que pocos conocen como Miguel Antonio Corbacho Herrera, su nombre de registro que hemos mencionado en esta nota, también tiene un importante palmarés fuera de los estaderos.

“Resulté ganador dos veces en el programa de televisión ‘Baila de Rumba’, que dirigía Alfonso Lizarazo en la antigua cadena Caracol, y la reconocida coreógrafa Rossana Lignarolo me invitó a participar en eventos como ‘Pasión Caribe’ en el Country Club, el show inaugural del Mundial Sub-20 de fútbol en el estadio Metropolitano en el 2011, y la coronación de la reina del Carnaval 2010, Lisseth Lacouture”.

Paralelo a toda esta parafernalia del baile salsero ‘Michi Boogaloo’ desarrolló otra pasión artística diferente que quizá escasa gente conoce, y que cultivaba desde la niñez: la pintura.

Miguel Corbacho.

Se ha especializado en diferentes técnicas como el óleo, el retrato en plumilla, dibujo artístico, dibujo básico, bodegón y la paisajística, que fue desarrollando poco a poco.

“Realicé por las noches, de complemento, un curso de dibujo artístico en la Escuela Distrital de Arte (EDA) de la Alcaldía, y en la actualidad toma clases presenciales de pintura, ya que deseo seguir explorando en esta otra manifestación artística”, dice el ‘Michi’ pintor.

A sus 63 años Miguel Antonio Corbacho o ‘Michi Boogaloo’ disfruta desde el 2020 pensión laboral tras desempeñare como jefe de fotomecánica en editorial Mejoras de los hermanos Salcedo Vengoechea, donde siempre contó con la colaboración de don Rafael Salcedo para combinar su actividad en el baile y lo laboral.

“Deseo en esta etapa de mi vida concentrarme en la pintura y alejarme del baile, aunque me sigue gustando la salsa y disfruto mi colección de unos 2.000 acetatos, en los que Ricardo Ray y Bobby Cruz son mis favoritos, ahora me llaman más la atención los pinceles, las plumillas, el óleo”.

 

 

 

 

 

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