“Funes, el memorioso”, de Borges: conocimiento fragmentario y realidad manipulada
Los hombres, dijo Coleridge, nacen aristotélicos o platónicos. Borges, “El ruiseñor de Keats”.
Por Adalberto Bolaño
Un recuerdo sin la memoria de Funes
El año 1978 fue trascendental para mí, pues leí Cien años de soledad y Rayuela, así como una pequeña biografía de Jorge Luis Borges, que contenía además una selección de dos cuentos, varios poemas y una cronología, editado por Marcos Ricardo Barnatán, denominado “Borges”, publicado en 1972. Allí comenzó a cambiar mi mundo, mucho más con la amistad del periodista e intelectual Germán Vargas, en la redacción de El Heraldo, al año siguiente.
Desde allí se inició mi realización personal, quiere decir, en lo literario, y ello se dio porque entré como corrector de pruebas en ese periódico, lo cual fue muy trascendental. Meses después, comencé en el diario “La libertad” las mismas labores, y otros meses más tarde, en “Diario del Caribe”, donde leía y miraba de primera mano cómo realizaban los suplementos literarios “Intermedio”, dirigido por Julio Roca Baena. En esas publicaciones escribí mis primeras críticas de cine y mis primeros comentarios literarios. El mundo comenzó a abrírseme más.
Retorné nuevamente a “El Heraldo” en 1993, donde me postularon como periodista, pero los “roscones” de siempre lo impidieron. En todo caso, seguí siempre con fervor a García Márquez, del que escribí, varios años más tarde, una monografía de grado en mi especialización de Literatura del Caribe colombiano, en conjunción con un análisis sobre “Los domingos de Charito”, considerada meritoria. Paralelamente, también continuaba con la lectura de Borges bajo una fruición exquisita, dominado ya por su poesía y su prosa relevante, tanto en cuentos como en artículos y ensayos, así como análisis sobre esas obras.
Perseguía cualquier publicación sobre el autor argentino, y, coincidencialmente, Editorial Bruguera, ese mismo de 1980, editó una “Antología personal”, que continuó mi fiebre borgiana, ampliada aún más con otros libros que fui adquiriendo. Desde allí comencé a escribir una serie de notas. Y doy gracias a mi cuñada (ahora en Estados Unidos), quien, desde su tiempo de labores bancarias, empezó a pasar a limpio esos iniciales textos, que subsiguientemente eran reanalizados, aumentando su paginación, aunque más tarde demoraran algunos 10 años, casi en bruto, mientras afinaba más lecturas y la escritura.
El tiempo que siguió, me permitió convertirme en docente de primaria y secundaria por cortos años, pues paralelamente comencé labores universitarias como editor de libros y revistas de esos estudios superiores, abandonando la labor profesoral por aquellos años. A partir de allí, esos textos borgianos, guardados por tanto tiempo, comenzaron a ser revisados, cribados, re-revisados, reescritos, cuando comencé a trabajar en la Universidad del Atlántico.
Años después, con sus defectos y virtudes (más bien defectos) tuvieron una feliz publicación en la Universidad Autónoma del Caribe, bajo el título “Jorge Luis Borges. Del infinito a la posmodernidad. Una mirada desde la filosofía contemporánea a su narrativa”, constituyéndose en un texto de buena aceptación comercial, aunque no sabría si lectora, porque uno nunca sabe mucho (muy pocas veces) acerca de los comentarios sobre los propios libros. Tampoco supe que me reconocieron algo por esas ventas, como es casi normal en estas situaciones y universidades.

“Funes, el memorioso”
De ese libro escrito, muchas veces bajo una escritura con demasiada altura intelectual y mucho rigor, proviene esta especie de adaptación de un análisis de “Funes, el memorioso”. Pero vamos al relato, incluido en el cuentario “Ficciones”, el cual roza un criollismo trascendental, pues Irineo Funes, un joven provinciano de Fray Bentos, lugar de veraneo del narrador a finales del siglo XIX, se caracteriza por saber la hora sin consultar un reloj, y, luego después, de muchas cosas notables, que expondremos a continuación.
Pensemos, desde el título, que el nombre de Irineo remite al teólogo y santo del siglo II d. C. que propugnó la analogía entre el Dios creador invisible que en Su obra manifiesta sus dones para que el hombre (no) “cesara de ser”. Que es el caso que sucede en este cuento, aunque él nunca sabrá o llegará a saberlo. Y acaso este sea uno de los temas de este relato, y, también, quizá, de la poesía y la prosa de Borges: la búsqueda (o pérdida) de la identidad del hombre, de aquel que no quiere dejar de ser, de aquel que se halla perdido y desea reencontrarse.
Pero continuemos con el relato. En una de sus salidas, Irineo cae del caballo y queda parapléjico, pero con una memoria prodigiosa. Cuando recobró el conocimiento, dice el cuento, “el presente era casi tan intolerable de tan rico y tan nítido”. Su mirada y su memoria se conjugan a través de varias características especiales, inextricablemente, entre las cuales el muchacho recuerda las “memorias más antiguas y triviales”. Otro: dentro de los portentos que consigue tras el accidente, llega a aprender de memoria la “Naturalis historia” de Plinio y el “Gradus ad Parnassum” de Quicherat. Así mismo, de un vistazo veía (leía) los vástagos y frutos y racimos de una parra, las formas de las nubes del “treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos”, así como las líneas de espuma que levantó un remo en el río.
O también, recordaba, mediante una reconstrucción minuciosa, los detalles de las crines de un caballo o los movimientos del fuego crepitante. Hay un antes y un después con esa memoria, ya que antes “era como todos los cristianos: un ciego, un sordo, un desmemoriado”, una especie de estatua de Condillac con varios sentidos mal utilizados. Pero ahora, en un momento determinado, llega a decir: “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”, pues vive como quien sueña, quiere decir, como si las imágenes no las comprendiera.
Tal es su mente tan maravillosa y analógica que inventará, como Herbert Quain —en un cuento del mismo volumen de “Ficciones”— y John Wilkins, un sistema de numeración, en el que reemplaza, pongamos por ejemplo, al siete mil trece por el nombre Máximo Pérez o siete mil catorce por El Ferrocarril, parecido a la propuesta combinatoria del filósofo Leibniz. No se trata solo de proponer y querer elaborar un vocabulario para la serie infinita de los números, sino “un inútil catálogo de todas las imágenes del recuerdo”, y que “revelan cierta balbuciente grandeza” de ese “Zarathustra cimarrón”, según reza la narración.
Pensar sin abstraer
Quizá por ello, señala el narrador borgiano, que Funes, sin embargo, “era incapaz de ideas generales, platónicas”. En ese sentido, agrega: “Sospecho —dice el narrador—, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. Su mundo estaba lleno de detalles, “casi inmediatos”. Otro elemento más sorprendente, cuando fue inicialmente analfabeta: aprendió sin esfuerzo inglés, francés, portugués y latín.
Reiteremos lo antes dicho: Funes no establece conexión con varias representaciones porque no puede elaborar, como ha indicado el filósofo Ernest Cassirer, “un mundo objetivo unitario y común a todos los individuos pensantes”. Funes es incapaz de abstraer, de racionalizar, con lo cual no alcanza a dar coherencia y trascendencia a lo percibido, a los datos sensibles que recibe, por lo cual lo lleva a fragmentar infinitamente la realidad —o supuesta totalidad—.
Por ello, transforma las categorías de objetividad, vida cotidiana, en un universo extrasíquico, irreal: puros fragmentos, especie de sueños, incoherencia pura quizá. Al mismo tiempo, y tal vez por ello, Funes realiza un recóndito e intenso embebimiento del mundo en todo momento, de tal forma que —señala el cuento— “cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, etc.”. A esta situación, el propio pensador San Irineo, indica: “No cesa de ser”, porque está viviendo en el tiempo, en la duración y división del instante, que es un espejo móvil que revela la presencia y la permanencia: soy, quizá pensaría Funes, y la realidad de afuera se me vuelve incontrolable.
Es decir, Funes vive el “pathos de lo infinito”; su mente vive rica, profundamente, varios instantes al mismo tiempo, un instante que plantea en Funes “—nos indica el narrador borgiano— querer ser y estar en el presente” de manera humanizada. Filosóficamente, podríamos decir que Irineo vive una ebriedad, ya no metafísica o mística, sino una ebriedad empírica: la realidad lo abruma contundentemente, hasta no poder comprenderla, y, con ello, tampoco explicarla. Un ejemplo: el “perro” es un símbolo genérico que él comprendía, pero no así que el perro de las tres y catorce visto de perfil y que tuviera el mismo nombre que el de las tres y quince, puesto de frente, pues Funes los sentía (los sabía) separados, como figuras diferentes.
Funes, el perceptivo
Igualmente, el narrador de “Funes, el memorioso” escribe ese relato “para que su memoria prodigiosa no caiga en el olvido”. Para el estudioso Juan Nuño la historia debió llamarse la del “perceptivo” y no la del memorioso, al reducir Irineo “todo a percepciones inmediatas extraordinariamente vívidas”. Funes tendrá tantas impresiones visuales que su percepción, superior a toda imaginación, se convertirá en una ficción, tanto, que la palabra, lo nominal, no podrá describirlo.
Irónicamente, el mismo narrador se sentirá incompetente para transcribir los recuerdos de los encuentros con Funes, porque recordar para él era “un verbo sagrado”. La realidad aparece como el Aleph, o como el Libro de arena de otro cuento borgiano, lleno de infinidades infinitas (valga la redundancia), o como la Torá hebrea, de manera que la realidad se vuelve inasible, inefable, llena de innumerables imágenes o páginas que crean un infinito simultáneo en el instante en que se junta toda la eternidad. El lenguaje, entonces, se convierte en un medio que imposibilita cualquier comunicación, y, en este caso, de transcribir la mente y las imágenes que que recibe Irineo.
Como el gato del cuento de Borges en “El sur”, que “vive en la eternidad, en el instante” —porque el cuadrúpedo no es consciente del tiempo—, Funes vive en una eternidad que no logra articular, a pesar del tiempo que tiene por delante. Ni siquiera podrá reflejar un fragmento, pues su mundo se divide y subdivide continuamente. Como el tiempo animal del gato, señalado por Séneca, vive una “serie de inconexos presentes”.
Paradójica, antitéticamente, la memoria de Irineo es una suerte de reconstrucción y desestructuración. En esto último se revela la tesis de Gianni Vattimo en La sociedad transparente, para quien la cantidad inusitada de información que recibe el individuo de los medios de comunicación lo abruma y solo logra captar una irrealidad o una ficción, contraria a la que propuso Jürgen Habermas, para quien la comunicación conformará individuos “ilustrados”.
Funes, a ese respecto, es un individuo posmoderno, ontológicamente hablando. El mundo como fábula lo ubica bajo el mismo efecto de evanescencia que Nietzsche postula para el exceso de realidad a la que el hombre moderno podría sucumbir.
Aristotélicos vs. platónicos; Funes y nosotros
Borges viene a postular en este cuento una polémica, sobre la que no se ahondará: entre aquellos que adoran y viven (en, de. con) las ideas, quiere decir, los platónicos, contra los aristotélicos, quienes apoyan y se van o conjugan la realidad y lo práctico.
En Funes, presencia, permanencia y eternidad, como en el gato de “El sur”, se hacen presentes y se funden en una apariencia de tiempo, que llevan a Funes a una “plenitud” aristotélica, empírica, a una filosofía del instante que dispone al hombre frente a la situación vital del yo en la eternidad. Irineo hace de los registros inmediatos algo inasible al conocer, aunque formen parte de su ser. Se constituye en un proceso donde todo se desvanece, de tal modo que la realidad para él se constituye en “un conjunto de ideas que pasan y fluyen, sin un ser permanente que las sostenga”, según lo ha planteado Cassirer. Todo es acto imaginario, impresiones errantes, ficción.
No se puede reconocer la realidad, de modo que se presenta la incognoscibilidad, el no conocer la cosa en sí, la imposibilidad de describir el universo y la eternidad a través de un personaje aristotélico —aparentemente difícil de creer en Borges—. A ese respecto, la mente de Irineo se mueve entre espejos móviles, de allí que “Funes el memorioso” ofrezca un relato que, con una engañosa sencillez, convoca también la dificultad y el esfuerzo inútil de ese John Wilkins cimarrón por alcanzar un nuevo lenguaje universal. Y esa es otra propuesta temática de Borges: postular que los límites del propio lenguaje por aprehender la realidad.
En ese sentido, tal vez lo que nos quiere indicar este cuento borgiano, cuando surge la tensión entre Funes y el narrador, es que “el lenguaje no es hábil para razonar lo eterno; lo intemporal” porque es de “índole sucesiva”, según plantea Borges en “Nueva refutación del tiempo”. Funes, en ese mundo provinciano, vive un naufragio trascendental, entre el cosmos y su microcosmos, pues sus percepciones constituyen un haz de difuminaciones, pero su profundidad reconstructiva limitada por lo sucesivo del lenguaje, hacen pensar que él es espejo y lámpara, Aleph y silencio comunicativo. El narrador, una vez más, desviará, obliterará la comunicación de la poiesis, la recreación, del hacer, como plenitud, como creación de trascendencia.
Concluyamos: nosotros, actualmente, no podemos entender, en sí, o de verdad, lo que miramos, lo que observamos, de este mundo tan nutrido de irrealidades, de mentiras, y de alguna manera que tapa cualquier verdad, desarrollando la total desestructuración del pensamiento. Somos, a ese respecto (reitero), frente a Irineo, humanos simples. Mientras, ese criollo tullido observa un mundo desde una conciencia extraordinaria, desde sí mismo, aunque incapaz de integrarla por su forma tan rica de observarla y dividirla fragmentariamente, conllevando la imposibilidad de discernir, de interpretar, lo que significa, en el fondo, exponer un pensamiento agnóstico por parte Borges.
Por otra parte, nosotros, muchas veces, percibimos el mundo también de manera fragmentaria, inconclusa, pero no porque lo miremos en toda su riqueza cognoscitiva, sino porque nos penetra de modo abrumante una cantidad agotadora e indefinida de información difundida por todos los medios, ya sea mediante mentiras, ya sea manipulada, ya sea inflada o por falta de veracidad, mientras nosotros, crédulos, no refinamos nada, no cribamos nada de ella.
Por ello, nos convertimos en unos Funes al revés: no comprendemos la verdad por el caudal de información, ya que las diferentes capas y formas de manipulación las difuminan, yéndose por los lados, escondiéndose, desvaneciéndose. Somos Funes, entonces, nosotros también.