Fernando Vargas, autor del libro 'El Guaguancó es una Alborada'.
Fernando Vargas, autor del libro 'El Guaguancó es una Alborada'.
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‘El Guaguancó es una Alborada’, un libro que restituye la memoria y que se escucha con el cuerpo entero

La obra fue escrita por Fernando Vargas Valencia, como un homenaje a la vitalidad, fuerza, el goce y golpe de tambor.

El silencio impuesto no es ausencia de sonido sino un cuchillo que corta los hilos entre el sentimiento y la palabra. Un cepo al alma colectiva en el que la esclavización pretérita y la explotación y el despojo actual han dejado tantas veces a los cuerpos y pueblos negros sin palabras para nombrar el dolor. El terror apabulla y la injusticia perenne parece sumergir a los pueblos en la desazón y la desesperanza.

Sin embargo, por fortuna, a este silencio impuesto siempre se ha rebelado algún "trucutucutú cucutú cutú" para devolver la vitalidad, la fuerza, el goce y la esperanza a golpe de tambor. La música, el baile y el poder de la rumba han sido los hilos indestructibles que entretejen, no sólo al sentimiento y la palabra, sino también a los muertos y los vivos, los orishas y los humanos, el misterio y lo conocido, lo sagrado y lo profano.

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La historia sonora del Caribe y el Pacífico, su indisociable relación con las espiritualidades de matriz africana e indígena, la religiosidad popular y su papel en la resistencia y re-existencia de los pueblos negros, indígenas y mestizos del continente nuestroamericano está llena de tejedores y artesanas que han sabido leer muy bien el presente porque han sabido escuchar muy bien los ecos de ayer.

En ese sentido, Fernando Vargas Valencia, el autor de este libro tan necesario que el lector tiene entre las manos, es un gran tejedor. Por un lado, no es casual que en este libro-tejido aparezcan los nombres de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera o Alejo Carpentier. Ellos, entre tantos otros tejedores y tejedoras de la memoria caribeña, supieron escuchar en los tambores, en los cantos, en las religiosidades, en los cuerpos que bailan y en las palabras de los pueblos negros los ecos de una historia que el poder colonial quiso acallar.

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 Ortiz buscó en la metáfora del ajiaco y las transculturaciones las huellas de los mundos que se encontraron en Cuba—en medio de la exclusión y el racismo— que darían forma a los relatos de la identidad nacional; Cabrera se acercó con oído atento a los secretos, los relatos y las espiritualidades que contaban y cantaban santeras, paleros y babalawos; Carpentier encontró en la música, el ritmo y la religiosidad popular algunas de las claves para comprender la entraña profunda de lo caribeño y el reino de este mundo. Fernando Vargas Valencia recoge esos hilos, los vuelve a anudar y los hace vibrar de nuevo.

Pero no lo hace desde la distancia de quien observa un objeto ajeno: los escucha compartiendo con mayores y mayoras —sus fuentes orales directas— en obras —rituales— y conversaciones; lo hace, también, desde la memoria que de golpe retumba en un batá cuando se le ofrece un tambor a su madre Oshún; o simplemente en medio de un baile en una discoteca cualquiera, en una playa cualquiera, cuando suena alguna canción de ese gran cartero del alma caribeña popular que fue Tite Curet Alonso.

Portada del libro 'El Guaguancó es una Alborada'.

Esto lo hace desde la experiencia de quien sabe que un tambor no sólo suena, sino que llama; que una canción no sólo cuenta, sino que recuerda; que una rumba no sólo celebra, sino que también resiste. Su escritura se suma así a una larga conversación entre los muertos y los vivos que alimentan esta poderosa tradición intelectual.

Por otro lado, decía que este libro era necesario porque se puede leer como una declaración de intenciones, un alegato contra el racismo y los aparatos ideológicos del fascismo que están propagando cultos religiosos que atentan directamente contra la religiosidad, los conocimientos y las festividades populares atravesadas por la herencia africana.

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Estos cultos, que han hecho del individualismo y la indiferencia hacia el otro una virtud para la salvación, que pretenden cambiar un golpe de tambor por golpecitos en el pecho de la culpa y la resignación, que desprecian los saberes ancestrales cocidos a fuego lento entre todo tipo de calamidades e ignominias, son la antítesis de una religiosidad popular que siempre resaltó la vida en comunidad e hizo de la solidaridad un principio y de la rebelión una responsabilidad.

En tiempos en que la memoria suele reducirse a conmemoraciones frívolas, la cultura a ornamento y la religión a mercancía y ataque a la diferencia, este libro devuelve a la música su condición de pensamiento vivo, colectivo y abierto.

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Con una erudición que nunca renuncia al entusiasmo ni a la emoción, el autor enlaza historia, espiritualidad, literatura y sonoridades para recordarnos que cada repique de tambor guarda una genealogía de luchas y que cada baile puede ser también una victoria contra el olvido.

‘El Guaguancó es una Alborada: aproximaciones a la sonoridad salsera como expresión de espíritus rebeldes’, invita al lector a cruzar un umbral donde la razón dialoga con el rito, la investigación con la experiencia y la palabra con el cuerpo.

Al cerrar sus páginas, queda la certeza de que la música y la espiritualidad negra nuestramericana puede darle al pueblo los elementos suficientes para alzarse en almas y orishas para defender la vida ante la muerte que pretende imponer el fascismo en el continente.

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Hay libros escritos para explicar un fenómeno cultural o dar cuenta de una historia y hay otros, cada vez más escasos, que restituyen la memoria. Los primeros bastan con leerlos, los segundos necesitan ser escuchados con el cuerpo entero.

Este libro, por supuesto, pertenece a los segundos. Sus páginas palpitan con el cuero tenso de las congas, con la respiración antigua de los ancestros que nos susurran la memoria que sobrevive allí donde el poder creyó haber sembrado el silencio y la ruina.

Fernando Vargas Valencia nos propone una travesía intelectual y espiritual por los territorios donde la música afrocaribeña deja de ser entretenimiento para revelarse como archivo de la dignidad, liturgia de la resistencia y filosofía encarnada. Aquí, el guaguancó va más allá de la clave de un ritmo para convertirse en una forma de comprender la libertad, una poética del cimarronaje y una manera de nombrar, sonar y sanar el mundo desde quienes hicieron del canto y la danza un acto irreductible de insurrección de los vivos y sus muertos. El guaguancó es, pues, una alborada.

 

Julián Santiago Grueso Eshu Laye

Sagunto, España, 2026.

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