Película 'Satanás'.
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De 'Satanás', la novela, a la película y a la serie: tres puestas en escena muy diferentes

La novela de Mario Mendoza, la película de Andi Baiz y la serie Estado de fuga' abordan la masacre de Pozzetto desde perspectivas narrativas y estéticas.

Por: Adalberto Bolaño Sandoval

Las tres historias

Primero me vi la película. Fue una masacre total: 29 muertos y 15 heridos. El cuerpo del asesino, Campo Elías Delgado, yace en el restaurante Pozzetto.

Fue en Bogotá, 1986. En la vida real, ese mismo día el exsoldado fue a buscar al escritor Mario Mendoza, su compañero de estudios en la Universidad Javeriana, pero no lo encontró. ¿Se salvó? Porque antes de llegar a Pozzetto había asesinado unas ocho personas más.

Se salvó y lo escribió, de manera ejemplar, novelísticamente, para que más tarde se hicieran dos versiones de ello: el film y serie.

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Lo anterior me hizo pensar en lo siguiente: ¿Cómo se imbrican tres géneros al contar una historia de modo tan distinto? ¿Cómo cambian las historias? ¿Qué ganan o pierden? ¿Cómo reflejan a la sociedad, sus contradicciones y problemas? Y los personajes, ¿Cómo cambian en tanto representaciones humanas en esas versiones? Estas interrogaciones fueron llevándome a esta conclusión: entre el 'Satanás' de Mendoza, el film de Andi Baiz y la serie 'Estado de fuga 1986' se concentran y reflejan muchas diferencias no solo en sus formatos, sino que cada una propone ideas diversas alrededor del mal, de la violencia y de la responsabilidad social. Significa que adaptar una obra conlleva tres formas disímiles de interpretar el país.

Fue por ello que decidí repasar 'Satanás (Perfil de un asesino)', la película de Baiz, producida entre México y Colombia, en 2007, así como también remirar 'Estado de fuga 1986', dirigida por Carlos Moreno y Claudia Pedraza, y contrastarlas con la original, la novela “Satanás”, de Mendoza.

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Tres propuestas para contar el mal

'Satanás' pertenece a las novelas publicadas por allá por el 2007. Por esos años publicaron también “Los ejércitos” de Evelio Rosero, Paraíso Travel de Jorge Franco, 'El hombre de los mil nombres' de Ricardo Silva Romero, las tres del 2006; así mismo, “La ceiba de la memoria” de Roberto Burgos Cantor y “En orden de estatura”, ambas del 2007, de Ricardo Silva Romero, entre otras.

Viajes, violencia, mundo del cine, homenaje a los recuerdos y al ser contradictorio, de eso tratan esas obras literarias, pero ninguna enfoca de modo parecido a lo propuesto por Mendoza.

La obra de Mendoza destaca entre las anteriores porque se introduce en un mundo bogotano (pero acaso, también, la expresión condensada de muchos lugares de Colombia y de América Latina, ¿y del mundo?) ominoso, al auscultar los diversos niveles de violencia urbana, desde el parroquial, a la fratricida, desde la doméstica hasta la familiar y la social.

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Quizá con la que podría comparársele, sería desde la violencia política, en dimensiones diferentes, con “Los ejércitos”, de Evelio Rosero Diago, ante la “otra” gran violencia profunda del país. Lo que encara “Satanás”, entonces es esa “otra” violencia forjada y que reencarna en las huellas que deja el haber participado Campo Elías Delgado (como muchos de los colombianos) en otras guerras que apoyó Colombia para otros países y cómo se refleja en nuestros territorios, conllevando paralelismos ilustrativos al asumir “neocolonizaciones” ideológicas nacionalistas al asumir las beligerancias de y para las otras “nuevas” colonias “americanas”.

¿Colombia no lo es? Las otras historias de “Satanás” conllevan también otros modos específicos de la violencia: el robo y el fraude, la muerte por infanticidio, la violación de los hábitos sacerdotales, en fin, un mundo de la caída, acompañado por las visiones “enfermizas” del pintor hacia personas de su entorno.

La narración de Mendoza es precisa, con escritura de guion, con diálogos ágiles y un manejo narrativo del suspenso, que entra en su gran momento cuando nos muestra la escritura autobiográfica, el diario, de Campo Elías.

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Con ello, las anteriores visiones del sufrimiento y dolor de los personajes, adquiere otros índices de crudeza y profundidad en la mente del exsargento. Allí la novela cobra otra dimensión: la mente de asesino es retratada de manera inequívoca e inmejorable. 

Y es aquí donde coincide, en muchos momentos, con la mente que narra en “Estado de fuga 1986”, en el sentido de que la narración, en esos cuatro últimos capítulos de la serie, suelta toda su fuerza y referenciación de pieles y huesos y sentidos rotos para esos personajes.

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El mal en la película

La cinta, también llamada igual que el libro, fue galardonada en Mónaco, en el Festival International Des Espoirs Du Cinéma, con los premios a Mejor Actor y Mejor Película.

Decidí re-observarla luego de ver, por segunda vez, “Estado de fuga 1986”, la serie de Netflix, basada en la obra literaria. Este estado de fuga consiste en una especie de pérdida de identidad, causado por el estrés, o el abuso mental, y especialmente por experiencias emocionales graves, de modo que el individuo deambula sin memoria, con conflictos internos sin resolver, sufriendo una pérdida repentina de su identidad autobiográfica, así como la pérdida de su entorno habitual.

El film cuenta tres historias de las cuatro o cinco (contando las secundarias) que suceden en la narración de Mendoza. Publicada en el año 2002, y ganadora del premio Biblioteca Breve como mejor novela inédita, cuenta las historias de la joven María, una vendedora de tintos, asediada por colegas hombres y gentes de toda calaña, quien es contratada por un par de amigos para emborrachar a ejecutivos en discotecas de prestigio y robarlos, hasta que es violada por un taxista y dos personajes más.

También se encuentra Andrés, un pintor visitado por fuerzas oscuras y premonitorias, que le permiten ver los males y enfermedades que padecerán su exnovia, un tío y él mismo.

El actor Andrés Parra protagonizando la 'Estado de fuga'.

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Se agrega Ernesto, un sacerdote de conducta contradictoria quien discute dramáticamente con su fe y consigo mismo, al tener relaciones amorosas y sexuales con una auxiliar.

Esas contradicciones le impiden cumplir misiones de exorcismo, cuando el demonio, encarnado en una niña, lo reta y denuncia por sus comportamientos sensuales. Por último, y no menos importante, encontramos a Campo Elías Delgado, el exsoldado de Vietnam, quien personifica, de modo más profundo y pleno, lo que los otros personajes apenas muestran dentro de sí: el Mal.

La cinta, dirigida por Baiz, retoma los personajes de Campo Elías, el cura y María (cambiando obviamente sus nombres: Marcela y Eliseo) atosigados por una sociedad que los hunde (y mucho más, por ellos mismos, generalmente).

Satanás” comienza con Alicia, una mujer que confiesa al padre su pobreza y su interés de matar a sus hijos, lo que logra finalmente, dando cuenta de lo que sucederá subsiguientemente. Retorna, entonces a Marcela.

Ella, atractiva, perseguida por su cuerpo por vendedores del mercado, sufre el irrespeto de ellos y sobrevive a sus provocaciones y al desprecio de las mujeres. Campean, a la sazón, la misoginia, el machismo, la intolerancia.

Ellos comparten también el ultraje y los comportamientos desdeñosos en el pequeño mundo de Campo Elías, un profesor de inglés que injuria a su madre, la golpea y le prodiga muchos sufrimientos.

Además, en el conjunto del edificio donde vive el exsoladado. una vecina busca recoger dineros para los damnificados, y que él insulta y, para remate, no colabora para ello. Es un mundo egoísta el que allí se revela, aún más, desde él mismo, revelando con ello su falta de empatía con los que le rodean, traduciendo sus contradicciones mentales.

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Mirada en su conjunto, la propuesta de Baiz de “Satanás”, luce esquemática, pues no busca mostrar la mente inquietante y adocenada de Campo Elías, es decir, de Eliseo (en la película).

Nótese, entonces, que, desde aquí, (por obvias razones) los nombres cambiarán de la novela a la película (y a la serie). En cambio, sí, Baiz pudo mostrar con mejor pulso a Paola y al cura Ernesto. Los actores que lo representan dan en el tiro con su actuación: Marcela Mar y Blas Jaramillo.

En tanto, la celebrada actuación del actor mexicano Damián Alcázar como Eliseo parecía más el comportamiento errado de un personaje desdeñoso e irritable de la calle, que un exmilitar y profesor de inglés.

Carece de la gracia y el donaire, y quizá de la seguridad contradictoria y conflictiva de un personaje venido de una guerra, pero, sobre todo, de un docente, posiblemente un poco peripuesto. De todos modos, estas anotaciones sobre el film, que pueden resultar anacrónicas, se justifican frente a la actuación de Andrés Parra, en la serie, y a la propia comparación que se realizará.

Luego de ver “Satanás” de Baiz, resulta un poco contradictorio esta propuesta, teniendo en cuenta los resultados de dos películas suyas: “La cara oculta” (2011) y “Roa”, pues sabía poner en escena un cine de horror sofisticado, en el primero, y mostrar una película con un buen enfoque histórico y dramático, aunque faltaran algunos elementos y contextos de la Historia de Colombia, en la segunda. Aunque, en verdad, demuestra también que cualquier autor no es capaz de mantener a la misma altura sus textos.

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 Otra forma del mal

En “Estado de fuga 1986”, dirigida por Carlos Moreno y Claudia Pedraza, presentada por Netflix desde finales de 2025, cuenta en ocho capítulos las relaciones entre Jeremías Salgado y Camilo León.

El primero, un veterano de Vietnam, quien vive su doloroso duelo sicológico por las heridas de esa guerra en su mente, y Camilo, llamado más bien, León, a quien conoce en la Universidad Javeriana, como estudiante de Literatura. Entre ellos se establece una relación de manipulación, pues el veterano de Vietnam, conduce lentamente a León hacia un estado de fuga disociativa.

En muchos casos, lo lleva a asumir una nueva identidad de forma temporal. A León le suceden todas esas fases, luego de ser un estudiante con futuro como escritor. La serie convierte ese trastorno como metáfora del derrumbe psicológico provocado por la violencia y el trauma que Jeremías le provoca.

Puede observarse un giro radical en la presencia de los personajes en la serie: solo aparece la madre, como un costal de golpes sicológicos y físicos.

“Estado de fuga 1986” y el síndrome de Amok

La serie cuenta con ocho capítulos, y comienza como debió iniciar “Satanás. Perfil de asesino”: cuando empieza a disparar Campo Elías en el restaurante, para que no quedaran objeciones: sabremos el final, pero lo importante sería cómo llegó hasta allá.

Ya lo importante fue contado,  y, por ello,  nos aproximamos a esa “crónica de muchas muertes anunciadas”. Lo relevante de la serie frente a la película se observa allí: la escenificación en espiral que va narrando “Estado de fuga”, de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás, la historia del asesino, y de León (José Restrepo), el compañero de universidad de Jeremías Salgado, e Indira Quinchía (Carolina Gómez), la taxista.

Ella comenzará a investigar a León y su relación con el asesino. Todos estos personajes son analizados y reflejan un ahondamiento en la información, en los personajes y en la historia que se cuenta. Salvo acerca de Indira.

La serie retoma el narrar de manera plural, como la novela, aunque con muchas diferencias: solo los guionistas y el director tomaron el personaje del exsoldado y exsargento, le agregaron que fuera estudiante de la Javeriana y conocer a (Camilo) León, a quien manipula e introduce en el mundo del Mal, transformando su mente y poniéndolo en estado de fuga.

Este se constituye víctima propiciatoria que se hunde más en un universo fragmentado, desconectándose de sí, de sus responsabilidades y personas. Las tres obras, indudablemente, han querido mostrar de manera acendrada las crisis de una sociedad desconectada de sí misma y con los otros. 

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Pero, todo caso, lo que hace impresionante “Estado de fuga 1986” son las extraordinarias actuaciones de Andrés Parra, José Restrepo y Carolina Gómez.

Pero mucho más de los dos primeros, pues (se) transducen en dos personalidades diferentes, y, en muchos momentos parecidos como desiguales: la mente racional y ambigua, descolocada, de Jeremías, y la de León, en igual circunstancia, naufragando ante la instigación de la venganza por la violencia que infligieron algunos agentes a su padre cuando era un niño, pero también la mente de Jeremías zozobrando en varias catarsis negativas, cuando su mente se desdobla como las de los dos personajes de su libro adorado, el del doctor Jekill y míster Hyde.

Recordemos que Parra fue actor en “Satanás”, como uno de los “amigos” de María, uno de los maleantes que la conminan a emborrachar a los clientes que robarán. Como siempre, pone su constante y relevante aporte dramatúrgico a sus personajes.

De igual manera, Restrepo se transforma de un estudiante, con visos de un optimista escritor a un ser oscuro, desnaturalizado, un zombie, separado de la vida. Acaso la serie revela, de otra manera, el naufragio del ser humano hundido por mentes hechas jirones, mentes enfrentadas a un mundo que no les da paso porque las normas se vuelven amarras racionales, o, también, una vuelta a la permanencia misma de otros seres humanos menos desdibujados frente a sí mismos.

Seguramente, director y guionistas de “Estado de fuga” vieron “Satanás. Perfil de un asesino” (un agregado en el título tal vez innecesario) para no repetir sus entuertos y deshacerlos.

Porque, entre las diferencias, ofrecieron una serie con una gran profundidad no solo dramatúrgica sino escenográfica. Allá donde lo plano de Baiz (quien también fue su guionista y libretista, diferencias en que el primero escenifica solo instrucciones, y el segundo guía las acciones) campeaba en la cinta, acá se muestra una acrisolada hondura existencial.

Allá donde el libreto se desarrollaba en desmedro de la tensión y la intensidad. y la linealidad hacía encallar la historia, acá persiste un constante contrapunteo de información y datos que acaballan una narración más compleja, mediante un suspenso más soterrado y rico.

Ahora, no todo es excelente en “Estado de fuga”, pues me quedaron faltando las motivaciones de Indira Quinchía para investigar a Camilo León: ¿de dónde provienen esos cuestionamientos hacia él y hacia la verdad? Quizá pensemos en ella como un ángel de la justicia, al querer encontrar a la niña secuestrada, hija del agente de policía, del grupo que torturó al padre de Mateo, por ser quizá un terrorista o un izquierdista, pues las líneas llegan a perderse.

Quizá ella representa el polo a tierra ante los desafueros del exsargento y del estudiante de la Javeriana. Pero sus motivaciones no aparecen, no son mostradas. Pero, insisto, le faltaron tal vez, al menos, 15 minutos de ilustración sobre ella.

Y un envión final, concomitante con lo señalado y que aclara en mucho la personalidad y comportamiento de Eliseo. Tiene que ver con la manera de ser contada la serie: a fogonazos, mediante flashbacks, como una raedera, en espiral. Ello hace explayar analógicamente su mente.

A este respecto, Mendoza, quien colaboraría en el guion, explicó lo siguiente sobre un presupuesto relevante de la génesis de “Estado de fuga”: la mente de Campo Elías “trabajaría”, como la de una “asesino relámpago”, tipo de sujeto que “parece matar (indica Mendoza) por razones sociales, indiscriminadamente, como si estuviera enviando un mensaje desesperado al resto de la humanidad”.

Esta mirada surge, dice el escritor, fundamentada en una propuesta de los siquiatras, quienes encontraron en el “Síndrome de Amok”, a “un individuo, agotado por el desprecio y el maltrato de sus congéneres, [que] un día decide salir a matar en línea recta […] En los asesinos relámpago parece ocurrir lo mismo y eso significa que no se trata solamente de una psicosis, sino de alguna manera de un grado de corresponsabilidad social que nos compete a todos”.

Puede entenderse, en este sentido, que “Estado de fuga 1986” amplía y resignifica “Satanás”, la novela. La reescribe y la resitúa, la resignifica. Al igual que “Delirio”, la también serie de Netflix, basada en la novela de Laura Restrepo del mismo nombre, da una nueva “realidad” a la mente de su protagonista, contextualizándola en una sociedad donde las alarmas sociales, las contradicciones y la corrupción, el fraude y decadencia de los seres humanos, se amalgaman en un solo coro conducido hacia el abismo, hacia la entropía social, mientras esa misma “realidad” se filtra, corre “normal”. En fin, nos encontramos (o solemos ignorar) esos mundos “paralelos”.

Coincidirá con la mirada oscurecida de Mendoza, en su novela, cuando retrata los temperamentos sociales de personajes de “poca” relevancia social, perseguidos por las crisis religiosas, la pobreza, la podredumbre, conformando una especie de “corte” de la sociedad.

Si bien conduce a retratar las condiciones negativas de varios sectores de esta, especialmente revelando el “mal” que la persigue, ese otro malestar que los ahoga, quizá se salva en el personaje de la madre de Salgado.

Una penúltima anotación: montaje y fotografía en “Satanás” no son concordantes con la oscuridad de la trama y de quienes retrata: no revela los ambientes ni a sus personajes. 

Son aspectos planos. Espectros con muchas luces en el día. En cambio, sí se observan en “Estado de fuga”. Como en la novela, estos efectos se revelan en una escritura concentrada en su exposición de motivos. Igual sucede con el montaje y el ritmo: en el film, se observa una puesta en escena sin matices, bajo una impresión narrativa seca, sin oficio. Mientras, en la serie se presentan estos efectos con claroscuros, con una exposición que revela sapiencia, especialmente en las escenas de los disparos en el restaurante o en los claroscuros del alma y del cuarto del padre y del mismo León.   

Las tres puestas en escena conjugan una mirada desde los residuos y problemas sociales colombianos (del continente, del mundo todo), cada uno con sus alcances y propuestas. Mendoza, mostrándolo desde una mirada donde los personajes se encuentran perseguidos por sus demonios. Baiz, como un aparente film sicológico, sin lograrlo, pero aproximándolo.

"Estado de fuga 1986", recreándolo desde las contradicciones y honduras negativas de la conciencia humana. Ello conlleva a una pregunta problemática: ¿a quién pertenece el mal: al individuo o a la sociedad de donde proviene? Las tres obras revelan historias diferentes, porque son tres formas diversas de comprender la violencia del país. Y que quizá muchas no veces vemos, porque tal vez entrecerramos los ojos.

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