'Como polvo en el viento', de Leonardo Padura: ¿exilios e identidades (¿solo?) cubanas?
La obra es la historia de un grupo de amigos que ha sobrevivido a un destino de exilio en Barcelona, en el extremo noroeste de Estados Unidos, en Madrid, en Puerto Rico, en Buenos Aires.
Por: Adalberto Bolaño Sandoval
Suena a lugar común decir que la literatura cubana goza de buena salud. Bástenos señalar algunos nombres clásicos del siglo XX, de manera desordenada de los años 40 al 70: Nicolás Guillén, Fayad Jamís, Antón Arrufat, Roberto Fernández Retamar, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Dulce María Loynaz, Reinaldo Arenas y Heberto Padilla, y, más cercano, Leonardo Padura.
Algunos de ellos con premios Cervantes o princesas de Asturias. No quiero mencionar los escritores más recientes, por no hacer una lista interminable y cansonamente deliciosa.
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Como los autores brasileños, argentinos o mexicanos, los aportes de los cubanos son de gran altura, desde los movimientos vanguardistas de comienzos de los años 20, hasta la literatura contemporánea. Autores para exaltar, también a salto de mata, son Alejo Carpentier, quien sentó las bases de “lo real maravilloso” con 'El reino de este mundo' (1949) y 'El siglo de las luces' (1962), 'José Lezama Lima y su Paradiso', o 'Guillermo Cabrera Infante' y los Tres tristes tigres', Reinaldo Arenas con 'El mundo alucinante y Severo Sarduy' y 'De donde son los cantantes. ¿Y otros poetas?'
Se debe también destacar la época de la persecución cultural (¿continúa todavía?), el acoso a intelectuales y artistas, durante el 'Quinquenio gris' (1971-1976) de la revolución, lográndose con ello el exilio de muchos de estos autores, entre ellos los tres últimos mencionados, sin contar los posteriores 400.000 “marielitos” y los balseros.
Esta situación de los últimos 86 años de la isla pasa por las mayores tensiones históricas, económicas, políticas y, sobre todo, humanas, registradas en el orbe americano, aunque, no a poca distancia de la haitiana, pero desde muchos perfiles diferentes.

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Un recorrido y un posible Nobel
Cuando miras la obra narrativa de Leonardo Padura, quedas asombrado de sus aportes literarios.
No mencionaré sus textos periodísticos o críticos, porque también conforman una buena propuesta creativa y analítica. De igual manera, ha sido guionista (destacado) y ha recibido innumerables premios y reconocimientos tanto por lo literario como por lo cinematográfico (ver Wikipedia, cuando quieran y puedan para buscar esos datos).
Lo primero que leí de Padura fueron los cuentos de “Aquello estaba deseando ocurrir”, los cuales me gustaron mucho. Siempre considero que ese puede ser el primer camino para abrir fronteras con un narrador. Al mismo tiempo, me subí a navegar en los libros en que el detective Mario Conde ha sido reconocido ampliamente, así como el ya famoso desde el 2011 'El hombre que amaba los perros'.
Los medios y su publicidad eran implacables con su vocinglerío y yo generalmente no caigo en esa trampa, aunque a veces conceda algunos pases. Penetré por allí por ser amante de algunos relatos y novelas de detectives, nacidos desde Dashiell Hammett y del excelentísimo Raymond Chandler “El largo adiós”, leído 20 años después de tenerlo saltando del timbo al tambo, lo encontré inconexo), aunque no me había sentido pleno con algunos autores argentinos y algunos europeos.

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Indudablemente, me atrajeron muchos cuentos del colombiano Roberto Rubiano Vargas, y pare de contar, por exceso de ignorancia. Borges aquí cuenta y no cuenta para nada, y mucho menos Bioy Casares.
En todo caso, leí con fruición exquisita las historias de Mario Conde, afrontándolas en el orden cronológico en que fueron publicadas: la tetralogía 'Las cuatro estaciones': ´Pasado perfecto', 'Vientos de cuaresma', 'Máscaras', 'Paisaje de otoño', y tres años después, “Adiós, Hemingway”, “La neblina del ayer” y “La cola de la serpiente”.
Las cuatro primeras revelan un equilibrio narrativo perfecto, con un seguimiento y hurgamiento eficaz a los personajes y sus cuitas, que rayan en una especie de radiografía biográfica de cada uno de los personajes, removiendo sagazmente no solo en sus vidas, sino, de manera brillante, en la intriga y en la investigación de Conde.
No deja de haber en ellas una relevante penetración sociológica sobre la situación difícil de La Habana y Cuba entre los años 70 a los años al 2000, especialmente incursionando en el papel de la degradada clase política, a la cual le corresponde un peso preponderante en esta narrativa paduriana.
Por otra parte, de la misma serie de Conde, “Vientos de cuaresma”, “Máscaras” y “Paisaje de otoño” comienzan con las primeras páginas meteorológicas-emocionales más relevantes de la última narrativa del Caribe, anticipando el clima y clímax que cursará en cada uno de esos textos: por solo poner un ejemplo, leamos en la segunda página de “Vientos de cuaresma”: “Aquel viento ponía a flotar las arenas negras y los desperdicios de su memoria, las hojas secas de sus afectos muertos, los olores amargos de sus culpas con una persistencia más perversa que la sed de cuarenta días en el desierto”.

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Medioambiante, trama y personalidades se entrecruzan inextricablemente.
La Cuba descrita es aquella fundamentada en las incomodidades alimentarias, económicas, de escasa política pública, de gasolina, del ahogamiento en todos los niveles de los más necesitados, especialmente.
Estos libros no solo reflejan la corrupción de los funcionarios “estrellas” y su parentela, sino que profundizan en la llaga cubana y sus desavenencias, sus dolores, sus violencias frenteras y las soterradas.
Pero hete aquí que Padura, como todo buen escritor, puede aflojar su escritura, como lo hace justamente en “Adiós, Hemingway”, donde la historia se muestra con líneas poco desarrolladas, la intriga parece no depender a la perspicacia de Mario Conde, la anécdota investigativa alrededor de Hemingway tampoco madura, con lo cual se muestra más que como novela (aquí atrevidamente), como ejercicio de estilo.
Quizá, como indica el autor en una nota introductoria, por cuestiones de la renuncia de Conde a la policía, su propia perspectiva analítica y la crisis del personaje conllevó declinar en su propia narrativa como escritor.
Ahora, si me preguntan por los caminos de la última novela sobre Mario Conde, 'La transparencia del tiempo', sobre ese detective cada vez más desengañado, contratado por un antiguo compañero de bachillerato para rescatar del robo de la estatua de una virgen negra, es acaso la más empojada y rellena.
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Aunque, se sabrá después que esta figura tiene un valor incalculable, la alargan unos capítulos intercalados con el pasado de esa figura, dando como resultado tal vez más de doscientas páginas de más, especialmente las de ese mismo pasado de la virgen. Quizá quiso Padura ahondar en algunas raíces gallegas, por interpuesto narrador, pero que aportan poco (de nuevo, atrevidamente).
Entre la publicación de esta novela, Padura escribió con mucho tino otras cinco: 'La novela de mi vida', 'La neblina del ayer' (la sexta de la serie Conde), “El hombre que amaba los perros”, “La cola de la serpiente” (la séptima, en este caso) y “Herejes”, hasta llegar a “La transparencia del tiempo” (la octava condiana).
Una de las pocas novedades de esta última obra es la reconstrucción del pasado del bachillerato de Conde, desarrollada mediante una maravillosa entrada a la adolescencia y a los orígenes de ese cúmulo de amigos que todavía en ese presente —con los 60 años cumplidos del exdetective— viven con mayor fuerza las afugias de edad, alimentarias y económicas.
Destaquemos además que en cada una de estas obras Padura homenajea a sus escritores predilectos, conforma juegos literarios y lingüísticos, pero donde vuelve a apretar el pulso sobre el detective Conde es en “La neblina del ayer” y “La cola de la serpiente”, en las que amplía mucho más allá el universo de La Habana, al introducirse, en esta primera obra, en el mundo de la biliofilia, pues Conde se convierte en un vendedor y comprador de libros.
En una de esas compras, encuentra un suplemento de una cantante de los años 50, con lo cual se sumerge en esa época, para encontrar una cadena de corrupción y muertes nacidas en una Cuba prerrevolucionaria, donde los capitales mafiosos norteamericano han penetrado en la burguesía de ese país, cuando celebraban los tiempos con vinos y rosas, pero también vendiéndose al mejor postor gringo.
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Esta es una de esos textos narrativos donde el protagonismo del expolicía Conde se amalgama con un relato lleno de escritura electrizante, intensa y sórdida.
En tanto, “La cola de la serpiente” Padura retrata el mundo mestizo de los chinos y los negros, creando uno de esos apotegmas que riega en cada una de sus novelas: “para Mario Conde un chino debía ser lo que siempre debía ser un chino: un prójimo con ojos rasgados, con esa piel resistente a las adversidades y de engañoso color hepático”.
Así igual en “Máscaras”, donde Conde encara la homofobia desde el pensamiento machista de Conde, pero que en el transcurso de la narración va cambiando los apotegmas desdeñosos en una concepción más abierta y equilibrada.
Con la teniente Patricia Chion y su cuerpo excepcional, la trama se introduce en la historia de muchas familias chinas emigrantes, así como de un excelso erotismo.
Agreguemos que, como toda novela policíaca o de detectives (las dos cumplen estas implicaciones), estas obras permiten penetrar en muchos de esos fenómenos propios de nuestras identidades trasnacionales: el detective escéptico, dos veces abandonado, que siempre busca en su Habana su lugar en el mundo, y que desea escribir pero nunca tiene tiempo para ello, llenándose de borradores siempre pospuestos, aunque, por complemento, tiene un cuadro de amigos que lo sustentan y que complementan sus vicisitudes para sobreaguar a cuentagotas la siempre constante crisis cubana en todos los niveles.
Con “La novela de mi vida” Padura rompe el hilo de los cinco primeros libros sobre Mario Conde y nos introduce en el mundo de José María Heredia, célebre poeta del siglo XIX, contada a través de Fernando Terry, quien retorna al país para terminar su tesis doctoral sobre ese autor, pero, sobre todo, para encontrar una autobiografía de este, inhallable y que representaría un gran logro histórico y bibliográfico.
Al tiempo, Terry busca resarcirse de quienes lo persiguieron académicamente en la universidad norteamericana de donde prescindieron de él. A través de esta ficción historiográfica, Padura continúa una profunda vena literaria historiográfica comenzada con “El hombre que amaba los perros”.
Y es aquí donde me planteo (y acaso uno de los motivos de este artículo): cómo, de manera espontánea, pero comercialmente sopesada por los áulicos del mercantilismo, se postula que algunos escritores puedan merecerse un Nobel de literatura por solo una obra de relevancia o por algunos cuantos libros.
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Todo ello para preguntarme: ¿se lo merecería Leonardo Padura por “El hombre que amaba los perros” y con varias de las obras mencionadas? Y me lo inquiero porque, desde el año anterior, y especialmente este, diversas “voces” “oficiales” han postulado a Samanta Schweblin a este Nobel, y mucho más por el nuevo premio a su último libro de cuentos “El buen mal”.
No hay que negar las calidades de muchos de sus cuentos. Pero me sucede igual que con la literatura de Mariana Enrique: mi ignorancia supina no logra aprehender su “terror”, sus “horrores”, su “extraordinariedad”.
Me quedé en Walpole, Kafka, en Poe, en Lovecraft, en Saki, en Quiroga, en Bierce. Las irracionalidades, los descentramientos, los dobles, los fantasmas de la contemporaneidad de estas dos escritoras no me permiten asustarme, inquietarme, ni siquiera literariamente.
Y entonces nace la segunda pregunta: ¿hasta dónde el premio de un millón de euros por “El buen mal” conlleva un Nobel? Hay allí cuentos muy buenos y algunos excelentes. Pero debe ser que mi sistema interpretativo se encuentra obtuso y obnubilado y no entiendo esas nuevas propuestas. Pero sigamos con Padura.
“El hombre que amaba los perros” es de los mejor que leí de Padura. Y no voy a hablar de ella, por la bulla comercial verdaderamente fundamentada que tuvo, pero sí sostengo, además, las grandes calidades de “La novela de mi vida”. Un paréntesis: a “El hombre…” debo una lectura y media. Primero leí las primeras 200 páginas, pero el destino, las cosas de la vida, no sé, me impidieron terminarla.
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Y luego de dos años, empecé de nuevo a releerla y culminarla, y reconozco que este nuevo ejercicio representó una lectura febricitante, atornillante, riquísima.
Esa metaficción historiográfica me hizo retornar a una interpretación correctiva sin precedentes sobre mis viejas lecturas de estudiante de bachillerato y universitario aspirante a integrar grupos “izquierdistas” que nunca me convencieron.
Mejor hubiera sido leer esta novela (en el pasado), y, aunque, con mucha ficción, me hubiera enseñado mucho más a revivir de manera inmejorable las lecturas y vidas de/sobre Lenin, Trotsky y Stalin, y a adquirir otra conciencia sobre la guerra civil española, Primo de Rivera y Franco, Diego Rivera y Frida Khalo, obviamente contrastando con otras lecturas sobre todo ello. En fin, la magia de la buena literatura…
Todavía más: en esas lecturas sobre Padura, se encuentran próximas en el horno “Personas decentes” y “Morir en la arena”, antes de que, a él sí, seguramente, le entreguen el Nobel de literatura, por esta labor insostenible de mostrar la historia y vicisitudes de un país, pero, más que todo, acerca de los seres humanos que retrata frente a la Historia en sus esperanzas, desencuentros, asperezas, contradicciones y dolores.
“Como polvo en el viento”: la novela del exilio
La Cuba que retrata Padura en esta obra desde esa Habana de los 90 del siglo XX hasta la de los años 2015, representa la de las muchas crisis, de alto y bajo nivel del país, pero que, en este período existe, en ciertas épocas, cierta estabilidad económica, que es la que disfrutan el Clan en algunos años, el grupo de grandes amigos y otros integrantes, que se conocieron, casi todos, en los años 70, durante sus estudios universitarios.
Ellos se encontraban amparados por el régimen, por los altos cargos de sus padres: Clara, su marido Darío (y después, sus dos hijos, Marcos y Ramsés); Irving y su novio Joel; Elisa (la “british”) y su esposo Bernardo; Walter el odiado pintor; Horacio, el físico, con Guesty, la supuesta espía; y Liuba y Fabio, los arquitectos.
A excepción de Darío, quien vino de un hogar pobrísimo y con graves situaciones familiares. La novela gira sobre dos ejes e intrigas: la muerte de Walter y la desaparición repentina de Elisa, quien, embarazada y sin saber de quién, se pierde de la faz de la tierra cubana durante casi 25 años.
Así mismo, la narración gira constantemente del presente al pasado, de delante hacia atrás. Padura es un maestro en ello, y mucho más cuando la novela comienza con el presente, con la relación de Adela Fitzberg y Marcos Martínez, este hijo de Clara Chaple y Darío, titulado sintomáticamente, “Adela, Marcos y la ternura”. P
orque, acaso, este es de los pocos capítulos del texto que despliega la felicidad y el erotismo. Ella, newyorkina, de madre cubana, y el padre, argentino. ¿Mera coincidencia de dos extranjeros en Estados Unidos? Adela realizó su pregrado en la capital del mundo, pero se decidió por una beca de posgrado en Miami, mientras Marcos, tenía dos meses de haber llegado de Cuba, cuando se conocieron en la discoteca.
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Y, seguidamente, en el capítulo siguiente, Padura da la bienvenida a una de las protagonistas, Clara, y en los siguientes capítulos, los otros protagonistas, alternándose, reitero, en ambos tiempos.
Esta es una obra coral, dividida en 10 capítulos, casi cada uno de ellos dedicado a cada uno de los protagonistas, o por parejas. En estas 669 páginas, Padura desarrolla de manera morosa y amorosa la vida la vida de nueve de estos personajes, porque Giusty, Joel y la pareja de Liuba y Fabio tienen una incidencia menor en la trama, sin dejar de ser relevantes por su amistad con el Clan.
El tejido novelesco hace relevar a cada uno de estos personajes principales, mostrados todos mediante un narrador omnipresente. Los saltos en los tiempos, el poder de la atracción narrativa de Padura, el manejo de la presentación de las emociones y la intriga de la historia, permiten exaltar a “Como polvo en el viento” como un texto envolvente y de gran intensidad, de grandiosidad narrativa, mediatizado por excelentes entrecruzamientos de personajes. No obstante, solo trazaré algunos elementos de la novela.
De manera más preclara, la obra gira, mayormente, sobre los mundos de Clara, Adela y Elisa, quienes cobran inusitados papeles, pues de ellas depende mayormente la trama narrativa. Alrededor de ellas (y también con ellas) se observa un mundo de mentiras, especialmente desde la muerte de Walter y la desaparición de Elisa.
Entre las tres mujeres se tejen y destejen las sensibilidades, desolaciones, esperanzas y vacilaciones, mucho más cuando Adela descubre la publicación que hace Clara, través de una foto del Clan en Facebook, y que le muestra Marcos: “Nuestro clan antes de la ventolera. 21 de enero de 1990”.
De allí Adela observa a su madre, pero también a alguien parecido a ella, lo cual hace que Marcos comience una investigación alrededor de esta foto, del grupo y especialmente de esa mujer que aparece allí, conectada con ese grupo donde aparecen los padres de Marcos. Este emprenderá una primera investigación.
Cada capa de tiempo y espacio, cada información que se levanta al respecto, nos hace pensar que esta es también una novela investigativa, detectivesca, como también lo fueron, de algún modo también, “La novela de mi vida” (2002), “El hombre que amaba a los perros” (2009) y “Herejes” (2013).
Detrás de cada una de ellas existe un misterio o dos que develar. En “Como polvo en el viento” el narrador sabe colocar y descolocar los datos y la intriga, para ir explorando también en los secretos nacidos en los años 90, cuando Elisa se esfumó, pero que, en un momento determinado, varios de los compañeros del Clan, especialmente Irving, creen haberla visto en Madrid y en Barcelona, con una niña o hija de más o menos.
De igual manera, Darío cree ver a Giusty en la misma ciudad. Con ello aflora el tema del “doble”: ¿ser o no ser?, que conlleva no solo el problema de la identidad en la novela, sino también el de la dispersión.
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Y a este respecto, la mayoría de los miembros del Clan, salvo Clara, incluyendo a sus hijos, emigraron a Miami, Nueva York, Tacoma, Madrid y Barcelona, en la búsqueda de una vida mejor, en razón del encerramiento miserable que le impone el propio país merced a sus fronteras cerradas a la economía, a su poca producción interior, el poco pago en salarios y a la propia crisis social y política que los agobia. Resultado de ello, la undécima reunión del cumpleaños de Clara los amigos se hallan diseminados en esas ciudades.
El “entre-lugar” y la búsqueda de la identidad
Las novelas de Padura siempre están hablando sobre el exilio interior en que viven los cubanos. En esta es al revés: casi todos los personajes coexisten en ambos exilios: inicialmente en el interno, y más tarde en el externo-interno, reflejando este último el concepto de “no-lugar”.
Recordemos que este término lo creó Marc Augé para designar esos lugares transitorios, casi fríos, de lo inestable y lo anónimo, de la cultura del no-lugar, como parques, aeropuertos, centros comerciales.
Por analogía, serían las ciudades adonde se fueron al exilio estos personajes, aunque, más aproximadamente, viven un “in between” (el entre-medio, el entre-lugar, el descentramiento que ha introducido Homi Bhabha).
Este entre-medio constituye un espacio contradictorio del alma y el cuerpo, del ser, de su identidad. Representa un espacio donde el colonizado y colonizadores negocian, donde se borran las fronteras, conformándose una negociación cultural, la denominada hibridez cultural.
Allí los individuos manifiestan, especialmente los emigrados, un área de resistencia, antes que geográfica, una "membrana" sin jerarquías. Por ello, estos personajes cubanos viven en un entre-lugar territorial y lingüístico (especialmente Elsa, en Estados Unidos, aunque no sea mostrada hasta la mitad de la novela).
Este constituye un espacio liminar, que releja la pérdida de su territorio natal, de una parte de su vida, y también, desde lo lingüístico, aunque para los que viven en España, no lo sea tanto.
Aquí quiero darle otro sesgo a la propuesta de Bhabha, cuando se refiere a los dislocamientos o descentramientos culturales, a esas hibridaciones culturales de aquellos migrantes que viven en lugares sin jerarquías, pero asumiendo nuevos signos y estrategias de identificación, de forma singular o comunitaria.
Estos personajes cubanos, a excepción de Darío, muestran esa caída, esa descolocación. Darío, por el contrario, es aquel que se ha sabido adaptar y disfruta de su posición de buen nivel en España, a vivirla con plenitud, pero sin dejar, en muchos momentos, de recordar el Clan que dejó en Cuba. Por ello, mientras la mayoría no se adapta a sus espacios de exilio, Darío sabe “negociar” sus experiencias exílicas.
Él, inicialmente, fue esposo de Clara, pero ahora vive con una francesa rica, a lo que se agrega su propia estabilidad laboral como médico especializado.
Tras su camino español, se encuentran también Irving y Joel, y algún tiempo después, Ramsés, quien luego emigra a Francia, donde finalmente se queda; y, los otros: Marcos en Miami, Elsa recorre Inglaterra y Estados Unidos; Liuba y Fabio en Argentina; Horacio en Puerto Rico.
Ellos son muestra de esa diáspora cubana nacida desde 1959 y que, por 65 años, ha dejado y se ha quedado resistiendo y perviviendo en esas dicotomías de las otras tierras, más significativamente en Estados Unidos, España, Italia y México, en una cifra que gira alrededor de dos millones de isleños.
Lo que desarrolla Padura en la obra representa esa identidad trasnacional de esos seres acogidos, muchas veces de mala manera, como parte de esos habitantes de países latinoamericanos, asiáticos y africanos, entre otros, que han buscado mayor seguridad y estabilidad en los países “colonizadores”.
Mientras en “El hombre que amaba…” penetra y revive re-versiones y revisiones de la Historia mediante la metaficción historiográfica, desarrollando las contraluces de muchos protagonistas históricos y de carne y hueso, así como muchos ficcionalizados, en “Como polvo en el viento” se conjugan microhistorias, pero cuya dimensión multidimensional postula “otras” Historias: las intrahistorias, las de aquellos seres que la Historia esconde, pero que hacen parte de un cuadro más amplio: la de aquellos seres que transgreden esa misma Historia, las que la redimensionan y conforman la Historia de manera clara y eficiente, concreta; encarnan la Historia en negativo, conjugada a través de la materialidad de los sentidos y de las emociones.
A este respecto, Padura ha declarado: “no es un texto en el que yo haga un análisis de lo que ha significado la diáspora en Cuba. A diferencia de "El hombre que amaba a los perros" donde hay una mirada más cerebral, más meditada, estudiada, investigada con respecto a lo que hablo, en este caso es una novela que he calificado de más visceral, porque son las historias que yo tenía dentro, que fui conociendo a lo largo de todos estos años.
La literatura como lo político
Cuando hablo de microhistorias, cuando me refiero a intrahistorias en “Como polvo en el viento”, y observo la concurrencia de personajes-seres humanos y sus contextos, con sus sufrimientos, expectativas, problemas y trascendencias, y que estas encierran diversas evaluaciones implícitas, me hace reflexionar y retomar, desde la literatura, la predisposición de que este discurso estético adquiere los ribetes que lo acercan a un discurso político, proponiendo, de alguna manera, una política de la literatura.
En este sentido, propondré o prolongaré, como indica Padura algunas líneas atrás, una especie de “mirada más cerebral, más meditada, estudiada”, desde la literatura como política (de la mano de Jacques Rancière), más allá que la propia propuesta del escritor cubano, fundamentada presuntamente en lo emocional, pero que sabemos que tiene una gran carga de profundidad.
Acerca de estas relaciones entre lo estético —lo literario como materia sensible— y la política, el filósofo francés Rancière plantea que la expresión “política de la literatura” implica que la literatura interviene en tanto que literatura cuando se recortan los espacios y los tiempos, cuando se adoptan lo visible y lo invisible, la palabra y el ruido. En sus palabras: “La expresión "política de la literatura" significa que la literatura "hace" política como literatura, que hay un vínculo especial entre la política como una determinada manera de hacer y la literatura como una determinada práctica de la escritura.
Pero ello no se hace de modo evidente, pues el escritor no pretende presentar un compromiso político como tal, sino mediante “los repartos de lo sensible”, quiere decir, cuando muestra lo que se puede ver y decir, cuando se cruzan el ser, el decir y el hacer para estructurar un mundo polémico común.
Traduzcamos lo anterior: cuando Padura “ve” y “hace”, cuando “dice” sobre lo que observa y ficcionaliza sobre su contexto cubano, estructura las cosas, adquiriendo estas una nueva visibilidad.
Entonces, vemos y entendemos la literatura de Padura como un nuevo reparto, una nueva predisposición que visibiliza al mundo recreado como una interpretación nueva del ser humano y su tiempo y espacio, y que, al tiempo mantiene una exégesis cuestionante al régimen (cubano) de donde provino. Esa literatura representa una política, una estética crítica.
O entendámoslo también con estas palabras: si atendemos la política de esa forma, podría entenderse que “Como polvo en el viento”, al introducir los mundos y perspectivas de estos personajes, dándoles y reconfigurándolos como seres singulares, se les redimensiona y los carnaliza, esta obra narrativa (en palabras de Ranciére) permite “reestructurar lo visible de ellos, lo que se puede decir y pensar de ellos como comunidad”.
Con ello, esta novela, mediante estos personajes, que conforman también la sociedad, cuestionan, así mismo, “las jerarquías sociales”, el poder contextualizado de la sociedad “socialista” de donde provienen los detentadores del poder.
Analógicamente, el novelista cuestiona, debate el sistema-mundo wellersteiniano, el universo del poder, poniéndose del lado de los sin poder. Porque Padura debate desde los personajes, desde su historia, al sistema cubano, sus desobligaciones, sus irresponsabilidades, sus corrupciones, y, con ello, al vasto mundo que lo rodea, a los causantes de esa crisis, pero sin afirmarlo taxativamente, porque, si bien la política de la literatura debe ser bien entendida, los trazos de esta política no deben superponerse a la excelente literatura, como en este caso.
¿Novela del poder y sobre el poder? No. ¿Novela sobre la vida de los exilios y los inxilios? Sí. ¿Novela sobre la vida? Sí, pues constituye un texto sobre el ser, sobre los seres en el mundo con sus exilios internos y externos; sobre las negaciones y las afirmaciones.
Sobre sus profundidades, necesidades y mentiras. Una obra sobre el destino, sobre el arraigo y sus huellas. Sobre cómo ir montado en el viento, para bien y para mal, porque, como dice la letra de Kerry Livgren para el grupo Kansas: “Polvo en el viento, / todo lo que somos es polvo en el viento. / No te resistas, / nada es para siempre / salvo la tierra y el cielo”.