Clinton Ramírez: de la “primiparada” a la solidez narrativa
Los relatos de la obra construyen un universo literario que trasciende lo regional para dialogar con la experiencia humana universal.
Por: Adalberto Bolaño
La primera copia que leí de 'La ciudad de todos los veranos' me dejó entusiasmado. De Clinton Ramírez ya había leído dos novelas: 'Un viejo alumno de Maquiavelo' y 'Otra vez el paraíso', y en algún artículo mío afirmaba que el autor mostraba en estos personajes protagonistas su pervivencia al borde del abismo, pero no desde los existencialismos de vieja data (digamos “El túnel”, digamos “El extranjero”, para solo mencionar dos obras), sino a partir de una modosa, atildada revisión existencial, sin los pesos específicos de estas dos obras maestras, y que, por ello, no rozan aquella dramaticidad profunda de esos años, sino que revelan ser personajes fieles a sí mismos, más de acuerdo con nuestra situación contemporánea, aun en su condición crítica, mediante una especie de confabulación y contradicción contra sí mismos, propias del ser humano.

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Paralelo con estas lecturas de esos dos textos, en las colecciones 'Cuentos felinos' y 'Los doce de Calibán' Ramírez expone, en cada uno de los relatos publicados en cada ejemplar, su inconfundible pericia narrativa, su sello relevante.
El año pasado editó 21 cuentos en el volumen 'Nueva detención de Josef K', donde retoma viejas propuestas narrativas como la metaficción y la autobiografía ficticia, entre otras estrategias, y que ya venía perpetrando desde Hic zeno y en algunos otros cuentos sueltos.
Y decía inicialmente que esos primeros cuentos me dejaron entusiasmado, pues apelaban a dibujar en diversos escenarios no solo la Zona Bananera y algunos de sus pueblos, sino que, además, reviven las diversas formas de violencia que soporta el país, de manera que esa versión de 'La ciudad de todos los veranos me retornó', también, al pensamiento natural y lógico (que los críticos y propios narradores han elaborado) en lo relacionado a cómo los escritores conciben la escritura del cuento y la de la novela, y que son, obviamente, muy diferentes.
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Mientras en las dos obras narrativas mencionadas sus protagonistas emplean el alcohol para evadirse, y así suplir el despojo y la soledad, a través de una violencia soterrada, lo fructificaba mediante una respiración ficticia más amplia y sostenida, con proposiciones diversas, en los cuentos narra con la “correcta” adscripción al género, comedido en las historias, y, por lo tanto, nos vamos a encontrar con propuestas existenciales o, mejor, existenciarias, más concretas, aunque más sutiles.
Y es que la literatura de Ramírez, nos da serios indicios de sus aportes, desde cuando ganó, en un primer intento, el Premio Nacional de Novela Ciudad de Montería de 1987 por 'Las manchas del jaguar', escrita en un tirón de cuatro meses, luego de tropezar accidentalmente con un borrador guardado por varios años, y encontrado cuando buscaba textos para su tesis de grado en Economía. Esa “primiparada” de suerte literaria, representó abrazar su camino de buena manera.
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De igual modo, encontraremos en sus cuentos una vieja y prolífera manera de contar, una preciosa carga narrativa que difiere de cuento a cuento. Ni siquiera en “La promesa”, que comienza con un párrafo aprensivo, culmina con ese inicial y pesimista clima planteado.
Porque se trata, en amplios términos, de cambiar las primeras de cambio, para luego recargar el tiro y transformarlo en otra gracia, en una mejor gracia, y no en desgracia.
Quiérase o no, estos relatos revelan varios mundos, muchos mundos, pero cuyo eje gira alrededor de un solo origen: una zona del Caribe colombiano, y es que, desde esa variedad/unidad nos encontramos con un universo, así mismo, descentrado, y, por esta razón, profundo y riquísimo.
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Sobre ello, no quisiera anticipar las tramas de los cuentos, pero, irónicamente, me gustaría desgajar algunos apuntes sobre ellos. Por ejemplo, “La promesa” traza un camino hacia el pasado/“pecado” del padre, para cumplirle la palabra de volver a su pueblo natal, con una misión difícil; acaso “La ciudad de todos los veranos” sea una continuación hacia ese pasado desde la voz del propio narrador, quien retorna a sus orígenes, a su “ciudad”, pero que conlleva revisar el verano como destino, conciencia y apego, como connivencia, una nostalgia con sabor en presente siempre (para el escritor), cuando, paralelamente, la marihuana incursiona en pleno en la zona; o el erotismo en dos ritmos y modos diferentes en “El segundo hombre” y en “Nada diferente sucede en el paraíso”.
En estos relatos la mirada de Clinton es inquisitiva, observadora de los detalles, de los movimientos del pensamiento y del cuerpo.
Se trata, si se quiere, del entrelazamiento que va más allá de la anécdota: los cuerpos se chocan hermosamente, en el primero. Y en “Nada diferente…” la mirada irónica y alejada de los dos primos hacia la riqueza de esa familia, a su comportamiento endogámico, a esa especie de violencia consuetudinaria, tiene un dejo cáustico, porque detrás ellos también han buscado su autonomía, la deserción de esos lineamientos de consanguineidad que desean abandonar.
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“Papá salió al jardín” nos hace recordar sendos cuentos de Rulfo y García Márquez, pero, en este texto Ramírez emplea su propia originalidad y se sirve del contexto del Caribe colombiano para desplegar su sabiduría, distanciándose, en mucho, a esas dos propuestas ilustrativas del cuento latinoamericano, pues en este se apela a la cultura, a la fuerza del machismo, pero, sobre todo, a una mirada más familiar y más amplia y comunitaria del fenómeno invasivo del río en invierno.
Que empalmaría, quizá, con “Una casa”, en esa construcción antigua que es arrastrada por el tiempo, por los deseos nostálgicos de los habitantes de esa zona. Ficción surrealista, si se quiere, envuelta —como pocas de las de Ramírez— con misterio.
Como esos relatos sucedidos en Ciénaga, muchos de ellos están atravesados por la cultura popular, por la oralidad, por lo doloroso, como “La manta arrastra”, que, como se indica en la narración, sucedió en “los tiempos de la Ciénaga bárbara, diría mi abuelo”.
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Destaquemos y observemos también un revés temático: una mirada lúdica, generosa, acaso al amor territorial en “Treinta y cinco años después”, según ese narrador autobiográfico o autoficticio, que recuerda ese espacio cienaguero.
Allí, apelando a una de las palabras de ese cuento, la memoria “reverbera” para retratar el espacio venerado, el espacio ya, muchas veces, mítico, donde la niñez se comparte, desde el hermoso nombre del ventorrillo del pueblo: “Vitrina del tiempo”. O la de “Avenida 21”, donde el sicariato vive en flagrancia, cuento en el que el narrador despliega frases apotégmicas: “La resignación espanta tanto o más que la rutina de las palabras”.
En este libro, estos apotegmas son frecuentes. Remarquemos algo más: el espacio, la zona magdalense pierde sus fronteras territoriales siempre por la absorbente y límpida escritura, cuando la sutiliza.
Acaso uno de los finales más paradigmáticos sea “Apostaré a Piloto en la cuarta”, que es coherente con el abandono del juego: “Terminó de fumar el estúpido cigarro, bebió el resto del estúpido whisky y tomó el estúpido bolso de la estúpida mesa”.
O, para, recalcar, también, la escritura dramatúrgica y metaficticia, palabras sobre las palabras, en “Los actores”. Pero igualmente, en esos relatos-homenajes, narraciones donde la intertextualidad aflora de manera eficiente: “Antígona K.”, “Una cita en La Mancha”, o ese homenaje borgiano en “Un mensaje para el emperador”, que, como es de esperarse, constituye una apuesta que gana Clinton Ramírez desde su propia visión, su propia ironía y desde nuevas paráfrasis creativas.
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Digo segunda lectura de cuentos, porque hay otros relatos más recientes, en los que he advertido que existen varios cuentos maestros, de los que no diré su nombre, para que el lector los busque y se deleite con ellos.
Frente a los descritos con anterioridad, estos mantienen solución de continuidad y de calidad. Pero va una pista: en ellos se manifiesta un universo de contrastes, de paralelismos, de contradicciones, donde los puntos de vista chocan, donde los diálogos retuercen las verdades y las mentiras, conformando un universo dialógico, de entrelazamiento afectivo.
Además, Ramírez propone nuevamente la Historia ficcionalizada en “Encomienda para el señor Linneo”. O “Strimoglio”, historia inicial de un gato, pero que contiene otras expectativas.
Y en “Un forastero es un forastero” y “Un hombre observador” se revela una mirada profunda sobre lo cotidiano, sobre la restitución de la cotidianidad donde los seres humanos resplandecen con sus observaciones, con sus diálogos chispeantes, pero también el autor nos introduce en la mitificada Zona Bananera, con esas historias de colonos, de persecuciones u ocupaciones de tierra o asesinatos de baja estofa por la tierra.
Estas historias “de la región” hablan sinedóquicamente —por manes de la literatura— de Colombia, del continente. Aquella vieja senda centralista que pretendía descalificar la narrativa del Caribe colombiano, puede atender otros asuntos.
Ahora son mucho más los nombres de autores que saben afrontar el mundo creativo, en los que los caracteres de los personajes se conjuntan inextricablemente, muchas veces, con sus acciones, para contar y afirmar nuevas historias, nuevos mundos.
Los cuentos maestros que mencioné antes, revelan seres con carnalidad, con una disposición de vida de conocimiento del otro y de los otros, pero, sobre todo, de sí mismos. Constituye una riquísima escritura de realidades, de introducirse en universos mucho menos (y algunos más) cotidianos que la realidad misma, quizá dando cuenta que la literatura representa, además de “la fuerza de las materias juzgadas” (como se señala en “Un hombre observador”), la sensación de una fuerza de materias por gozar, fundadas en historias envolventes donde el narrador carga su fábula, nuevamente, con brillantes tiros narrativos.
Clinton Ramírez hace parte de estos creadores que aportan, con una voz madura y diestra, con una prosa de economía precisa y expresiva, a la narrativa contemporánea del país.