José Chois, Manuel Henríquez, Gilberto Marenco y Fabián Orozco.
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Zonacero

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Amigos de la Música: una memoria que sigue girando

Amigos de la Música no solamente realiza las sesiones de escuchas, sino que está  financiando dos proyectos internacionales.

Por Gilberto Marenco Better

Periodista, investigador y mélomano

Barranquilla es una ciudad que tiene como características que “es el mejor vividero del mundo” o que “Barranquilla es su gente”, convirtiéndose en un producto de estos mitos urbanos  que se ha ido deteriorando con el paso del tiempo y el mismo proceso de urbanización de la ciudad pasando de la Vieja Barranquilla de las calles de arena,  del Palito de matarratón y hasta con una luna propia a una supuesta y cosmopolita ciudad, en donde campea el espantajopismo, el arribismo social, las amistades hipócritas, la envidia y la puñalada trapera,

La ficción romántica en la mente de personas que hoy están por encima de los 70 años y que vivieron  ese movimiento cultural que se desarrolló en las décadas del 60 y el 70 del siglo pasado, impulsado por la información que llegaba allende fronteras, ya fuera en las ondas hertzianas, el cine, los discos de vinilo o la información de quienes estudiaban en Europa o Estados Unidos y que cuando regresaban impulsaban modas y estilos foráneos.

Posteriormente a la inauguración del Puente sobre el rio Magdalena con la llegada masiva de familias del Cesar y La Guajira, además que venían con un fuerte proceso de identidad cultural traían mucho dinero, de actividades legales e ilegales. Y entonces aparecieron las camionetas Rangers 4 puertas, el vallenato ventiao y la cultura traqueta que empezó a ser copiada en su simbología por los barranquilleros, gruesas cadenas de oro, anillos rutilantes, esclavas y tener su fierro al alcance de la mano de la guantera.

También se recibió la influencia de los antioqueños y los vallecaucanos que se movían en otra economía ilegal, la del trafico de coca y surgen las prepago, las chicas reconstruidas que con senos esperaban llegar al paraíso.

Simultáneamente el gusto por la música también fue variando poco a poco, de la discografía de figuras de la música cubana, de Puerto Rico, de Dominicana, Venezuela, Panamá y algo de las Antillas menores, calipso y sus derivaciones, y empezaron a sonar por oleadas orquestas y grupos que se destacaban en los Estados Unidos y Puerto Rico, que había llegado a Colombia a través de Barranquilla sobre todo en el marco del carnaval, generaron un nuevo mito de Barranquilla: “Somos salseros”

Y aparentemente así era, porque los estaderos y cantinas los programaban habitualmente, desplazando a la Billos, a Los Melódicos, al Súper Combo Los Tropicales, entre otras y las orquestas costeñas de Pedro Laza, Rufo Garrido, Los Corraleros,  La Orquesta A número 1, por orquestas que tenían el sello del sonido de Nueva York: Ricardo Rey, Joe Bataan, Ray Barretto, Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades, Pete Rodríguez y de Puerto Rico, Cortijo, El Gran Combo, Tommy Olivencia y la música jíbara.

Pero en las discotecas a donde iba la juventud escuchaban música americana, vallenato y merengue, dándose un lánguido decaimiento de los viejos rumbeaderos que existían en Rebolo, la  Carrera 21 y la Ceiba y surgieron nuevas propuestas como El Rincón del Babalao y El Rico Vacilón, en donde la música era más importante que la rumba, porque era la apropiación de nuevas sonoridades por un público que degustaba las melodías con el mismo placer que beberse una cerveza o tomarse un cóctel.

El 21 de noviembre de 1992, en las instalaciones del Teatro Amira de la Rosa, se constituyó la Asociación Colombiana de Coleccionistas de Música Afrocaribe, que fue el resultado de las reuniones después del éxito del Primer Encuentro de Coleccionistas que se celebro en el Rancho Currambero el 12 de julio de ese mismo año, organizado por Idelfonso Vivero, Manuel de la Rosa, Aníbal Cotes y mi persona.

Ese fue el inicio de un tira y afloje entre quienes querían tener la categoría de coleccionistas, que se les reconociera su aporte a la divulgación  de la música, como los Djs de los estaderos. Los concursos se sucedían con una velocidad alucinante. Se desarrollaban en los estaderos de barrios populares y en el algunas discotecas en el norte de Barranquilla.

Como era de esperarse eso empezó a decaer cuando los vendedores de discos empezaron a ser jurados de los concursos y ganaban sin mérito discos que había vendido a precios exorbitantes. Esto concursos más que fomentar el gusto por la buena música, fortalecían el ego de los ganadores que empezaron a poner de moda los discos “exclusivos”, sobre todo cubanos, de difícil consecución para muchos de los participantes.

Vinilo en una sesión de escucha

Hoy en día Barranquilla parece vivir un “Deja Vu”, en donde todas las semanas hay diferentes encuentros, organizados en estaderos, billares, tiendas de esquinas y sitios “culturales” y cuyos generadores se mueven a partir de su propio ego, como sabios de papel, o como figuras de las redes sociales y cuyos resultados, fuera de una colección de llamativas invitaciones hechas con IA, no  dejan nada ni para participantes, ni para quienes asisten engañados por la rutilante campaña mediática.

Sin embargo desde hace un año las cosas comenzaron a tomar un rumbo diferente porque apareció un particular movimiento de melómanos, coleccionistas e investigadores musicales agrupados alrededor de Amigos de la Música. Cuya sede no era una cantina, un estadero o un billar sino en un sitio suigeneris El Paladar del Chino Chois, restaurante instalado en la casa del médico, chef y coleccionista José “El Chino” Chois.

Hay lugares en Barranquilla donde la música simplemente se escucha. Y hay otros donde la música se estudia, se recuerda, se discute y se vuelve a vivir. Allí, un domingo cualquiera, el almuerzo puede esperar. Primero hay que escuchar.

Y escuchar significa, en este caso, enfrentarse a un 78 revoluciones que sobrevivió décadas, descubrir una grabación de 45 rpm, volver a un viejo LP de 33 revoluciones o rescatar de un CD una interpretación que quizá muchos habían olvidado. Pero la música no llega sola. Llega acompañada de una historia.

La historia de Amigos de la Música comenzó en octubre de 2025 con tres nombres como coordinadores: José “El Chino” Chois, anfitrión, médico, chef y coleccionista. Manuel Henríquez Esmeral, investigador y coleccionista conocido como “El musicólogo del Caribe”; Laurian Puerta, periodista y participante activo en la organización y conducción de las sesiones, y quien escribe estas notas, Gilberto Marenco Better, coleccionista e investigador de vieja data y gestor cultural desde su oficio como periodista.  La idea fundamental del  colectivo se concibe como un espacio de intercambio, no como una competencia entre coleccionistas.

El concepto comenzó a consolidarse alrededor de una idea sencilla: reunir personas que tienen música, pero también tienen algo que decir sobre ella. No era la creación de un club de coleccionistas era generar una dinámica combinara audición, conversación, investigación, intercambio de información y presentación de piezas pertenecientes a las colecciones personales de los participantes.

Ya en 2024 una crónica sobre una tertulia carnavalera describía el restaurante, que funciona en la casa de José Chois y Eva Antequera, como un sitio de encuentro habitual de personas vinculadas a la vida cultural de la ciudad. En aquella ocasión pasaron por allí músicos, coleccionistas y personajes relacionados con la salsa y la cultura barranquillera. Eso ayuda a entender cómo se construyó el ambiente. No hay una distancia rígida entre expositor y público. La conversación ocurre alrededor de la mesa. La comida acompaña la escucha. Y la memoria personal se mezcla con la historia musical.

Es, en cierto modo, una tertulia barranquillera del siglo XXI construida alrededor del disco.

El proyecto fue ampliando progresivamente sus contenidos. Ya no solamente se trataba de escuchar colecciones. Comenzaron a aparecer sesiones especiales y componentes académicos. Un ejemplo extraordinario fue “Su majestad el piano”, realizado en agosto de 2026. Durante la primera parte participaron coleccionistas y melómanos que presentaron grabaciones relacionadas con el piano en formatos de 78, 45 y 33 rpm, además de CD.

Después llegó la pianista cubana Yamira Rodríguez Núñez, quien ofreció la charla musicalizada “La pianística clásica cubana” acompañada por la pianista María Alejandra Camacho, de Baranoa, ofrecieron una presentación que recibió una larga ovación.

Y allí se produjo otra transformación importante: el disco dio paso a la música en vivo.

Programación de Amigos de la Música del domingo 27 de septiembre

La programación de grupos musicales para el resto del año, tiene a la orquesta de Los Hermanos Márquez y su son de Cuba, quienes harán un conversatorio con ejemplos en vivo sobre la clave cubana. Y en diciembre ya están contratados Los Gaiteros de San Jacinto, como un homenaje y reconocimiento de un grupo que después de varias generaciones sigue con la misma calidad interpretativa como cuando iniciaron su periplo artístico en 1954, dirigidos por “Toño” Fernández.

Pero no es solo música sino también publicaciones. En un reciente viaje a Cuba en julio, se hizo una segunda edición del libro “Una Guerra a 33 RPM” de mi autoría y que fue repartido entre músicos, investigadores y melómanos cubanos.

Amigos de la Música no solamente realiza las sesiones de escuchas, sino que está  financiando dos proyectos internacionales: El libro “Jorge Rodríguez, la memoria los discos”, sobre las memorias del productor musical de la Egrem durante más de 40 años, cuya impresión se hará en Medellín y debe estar lista a finales de octubre y para cuyo lanzamiento se traerá su autor para que presente sus memoria en Barranquilla y en la Feria de Cali.

Además del libro se participa en la producción de  un documental sobre José Urfé y el danzón “Fefita” que compuso hace 102 años. Con este material se busca candidatizar ante la UNESCO el danzón como patrimonio musical de la Humanidad.

Hay algo particularmente significativo en que esta experiencia ocurra en Barranquilla. La ciudad tiene una historia musical marcada por la circulación: músicos que llegaron de Cuba, Puerto Rico, Nueva York, Venezuela, Panamá y otros lugares; discos que llegaron por los puertos; emisoras; clubes; salones de baile; picós; coleccionistas; bailadores y periodistas.

La propia memoria musical de Barranquilla ha sido conservada muchas veces de manera informal: en casas, colecciones privadas, emisoras, estaderos y conversaciones.

Amigos de la Música pertenece a esa tradición. Pero introduce una diferencia: convierte la reunión informal en una actividad organizada de escucha y transmisión de conocimiento.

Y allí radica buena parte de su valor documental. Por eso la reunión de estos coleccionistas debe ser entendida también como una forma de patrimonio sonoro comunitario.

La experiencia ha mantenido, sin embargo, una constante: la música como punto de encuentro.

Desde el Carnaval barranquillero hasta la pianística clásica cubana; desde los discos de colección hasta las agrupaciones contemporáneas; desde los recuerdos personales hasta la investigación musical, el restaurante de José Chois se ha convertido en un escenario donde la memoria musical del Caribe encuentra una mesa para sentarse.

Y quizá esa sea la mayor virtud de Los Amigos de la Música: no pretende que la historia musical permanezca encerrada en los archivos. La pone a sonar. Porque en Barranquilla, mientras exista alguien dispuesto a colocar un disco y otro dispuesto a escucharlo, la memoria todavía tiene aguja, surco y sonido.

Los Amigos de la Música ha generado una dinámica de lazos de amistad e identificación y respeto por el otro que quiero terminar haciendo un listado de quienes han participado activamente durante este año: José “El Chino” Chois, Manuel Henríquez Esmeral, Laurian Puerta, Gilberto Marenco Better, Germán Surmay, Fabián Orozco, Aníbal Cotes, Carlos Julio Pájaro, Óscar Pájaro, Fernando Cabarcas , Frank Marenco, José “Nacho” Saavedra, Víctor Jiménez, Orielo Alarcón, Tito Suárez, Toni Celia, Francisco Escalante, Donaldo García, Dairo García, Aldo Lapeira, Alaín Rojas y Edgardo Aguirre.

Con esta crónica de un club de escuchas, coleccionistas y memoriosos que convirtió el restaurante de José “El Chino” Chois en una pequeña universidad de la música, quise hacer un reconocimiento a quienes han luchado por evitar  que el gusto musical del barranquillero se siga pervirtiendo… Ah, otra cosa lo de los picós hay que analizarlo muy bien, ese es otro mito que debemos analizar.

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