En el norte de la India, el camino hacia el festival hindú Kumbh Mela tiene solo dos direcciones indetenibles: los que van y los que vuelven.
A los millones de peregrinos que desbordan las calles, la fe los empuja hacía la última oportunidad que tendrán hasta dentro de doce años de sumergirse en las aguas sagradas de los ríos de la ciudad de Prayagraj, un baño que creen que podrá limpiar sus pecados.
Entre los últimos peregrinos, una carreta tirada por un hombre en bicicleta carga a una familia de seis, seguramente más acomodada, que se permite este lujo relativo. Más adelante, algún convoy policial abre paso a una comitiva que lleva a alguien a bordo, quizá a una estrella de Bollywood, o un político destacado, el hijo o el amigo.
La velocidad es la misma en coche o a pie. En este festival, la fe, dicen, iguala a todos, aunque no todos caminan hacia ella del mismo modo.
Las calles, laberintos de arena y lona, están repletas a cada hora. La ciudad efímera es un pueblo sin noche, solo marcada por la ausencia del sol. El Kumbh Mela no duerme, hay un murmullo constante, un ir y venir incesante, un megáfono que no calla, un mantra que se repite, y cada cierto tiempo los nombres de los perdidos.
Uno de estos devotos es un sadhu que ha viajado desde Himachal Pradesh, en el territorio indio del Himalaya, para la alineación celestial que, según los organizadores, no ha ocurrido en 144 años, si bien no hay información precisa sobre el fenómeno.
"Este día es un privilegio, tú y yo somos afortunados de estar aquí en este preciso momento", dice a EFE el asceta hindú que ha renunciado a la vida mundana para dedicarse a la búsqueda espiritual.
EFE