Pódcast Más Allá del Silencio.
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“Nos bañábamos con leche para borrar la pólvora”: Exsicaria de Pablo Escobar revela cómo operaban

También expone prácticas que evidencian el nivel de organización y frialdad con el que operaban estos grupos, incluso en detalles que hoy parecen difíciles de creer.

Exsicaria vinculada a Pablo Escobar reveló en Más Allá del Silencio cómo operaban los combos, los atentados y el momento que la hizo cambiar su vida.

Durante los años más duros del narcotráfico en Medellín, cientos de jóvenes crecieron en barrios donde la violencia no era una excepción, sino una forma de vida.

En ese contexto, una mujer que hizo parte de los círculos criminales al servicio de Pablo Escobar decidió contar, décadas después, cómo funcionaban esas estructuras desde adentro, cuáles eran sus reglas y cómo se ejecutaban las operaciones que marcaron al país.

Su testimonio, revelado en el pódcast Más Allá del Silencio, no se limita a reconstruir hechos. También expone prácticas que evidencian el nivel de organización y frialdad con el que operaban estos grupos, incluso en detalles que hoy parecen difíciles de creer.

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En medio de esa explicación, recordó uno de los métodos que utilizaban tras disparar armas de fuego para evitar ser detectados por las autoridades.

“Después de hacer las vueltas, tocaba bañarse con leche para quitarse la pólvora… era la única forma de no dejar rastro”, explicó al detallar cómo intentaban borrar cualquier evidencia que los vinculara con los hechos. 

La infancia en barrios marcados por el narcotráfico

La historia no comienza con un arma en la mano, sino en el entorno en el que creció. Aranjuez, en Medellín, fue uno de los puntos clave donde Pablo Escobar y sus estructuras encontraron jóvenes dispuestos —o empujados— a ingresar al mundo criminal.

Desde temprana edad, la entrevistada ya estaba expuesta a ese ambiente. No se trataba de una elección consciente, sino de una normalización progresiva de la violencia dentro del hogar y del barrio.

“Yo desde niña ya veía las armas debajo de la cama… eso era parte del día a día”, contó, describiendo cómo la presencia de revólveres y municiones no generaba sorpresa, sino costumbre.

Ese contexto facilitó el siguiente paso: el reclutamiento. Según su relato, Escobar no elegía al azar. Observaba comportamientos, medía habilidades y detectaba en los jóvenes una combinación de agilidad, audacia y capacidad de reacción.

“Él miraba la malicia en el juego… esa forma de moverse era la que buscaba para volverlos gatilleros”, recordó, al explicar cómo incluso espacios como las canchas de fútbol se convertían en lugares de selección. 

Con el paso de los años, la necesidad económica terminó empujándola a integrarse a estas dinámicas. Su ingreso no fue distinto al de muchos otros: falta de oportunidades y presión del entorno.

Dentro del grupo, asumió funciones específicas que resultaban clave para las operaciones. Su condición de mujer, lejos de ser un obstáculo, se convertía en una ventaja táctica.

“A mí me tocaba cargar las armas porque era más fácil esconderlas… nadie sospechaba igual”, explicó, dejando en evidencia cómo se utilizaban perfiles aparentemente “invisibles” para mover armamento sin levantar alertas.

Además, participó en el robo de vehículos que luego eran utilizados en operaciones criminales, especialmente para movilizar a Escobar o ejecutar atentados.

“Esos carros eran para hacer vueltas, para moverlo de un lado a otro sin que lo detectaran”, detalló.

El relato se vuelve más contundente cuando describe uno de los atentados en los que estuvo presente, el asesinato del coronel Valdemar Franklin Quintero. La operación, según cuenta, fue planificada y ejecutada con precisión.

“Nos ubicamos cada uno en su punto… cuando llegó el momento, todos descargaron lo que llevábamos”, afirmó, recordando cómo se distribuían roles antes de actuar. 

En ese entonces, asegura, no siempre conocían a la víctima. Cumplían órdenes sin cuestionarlas.

“Nos decían lo que había que hacer… y ya. Después uno se enteraba quién era”, añadió.

La violencia no solo se dirigía hacia afuera. También implicaba riesgos constantes dentro del mismo entorno criminal. En una ocasión, tras robar un vehículo en una zona equivocada, fue identificada por hombres que buscaban vengarse.

La situación escaló rápidamente y estuvo a punto de terminar en su muerte. Sin embargo, reaccionó utilizando un aprendizaje que había observado en un entrenamiento previo.

“Vi el poste y me pegué a él… eso fue lo que me salvó, porque las balas me pasaron rozando”, relató, describiendo cómo un movimiento instintivo le permitió sobrevivir.

Ese episodio, explica, refleja el nivel de tensión permanente en el que vivían. Durante años, la violencia fue parte de su rutina. Hasta que una pérdida personal transformó por completo su perspectiva. La muerte de su hijo en un accidente marcó un punto de no retorno.

Ese momento, según relata, le permitió dimensionar el dolor que antes había provocado en otras familias.

“Yo le quité hijos a muchas mamás… pero no entendía lo que eso significaba hasta que me pasó a mí”, dijo, reconociendo el impacto emocional de esa experiencia.

A partir de ahí, decidió apartarse de ese mundo y reconstruir su vida desde otro lugar.

Hoy, lejos de la violencia, trabaja en una fundación donde alimenta a personas en situación de vulnerabilidad. Su rutina es completamente distinta, pero mantiene una conexión directa con su pasado, que utiliza como herramienta para advertir a otros.

“Hoy alimentamos a más de 350 personas… eso es lo que me llena”, afirmó.

Su mensaje ahora apunta a quienes podrían estar en el mismo punto en el que ella estuvo años atrás.

“Esto no sirve, esto no da nada bueno… yo ya lo viví”, concluyó.

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