“Juan José”, el niño de la historia.
“Juan José”, el niño de la historia.
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@VikiOspina

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Una niñez restringida y escasa

Crónica sobre la sociedad y su reflejo en las calles de Bogotá.

Por Ciro Quiróz

El sol apenas empezaba a desplegar su brillo, casi al mediodía, sobre la calle 19 con carrera 4a de Bogotá. En una de sus esquinas. ya repleta de clientes, estaba la Panadería Griega y yo me deslizaba hacia fuera por su puerta principal mientras ingería uno de sus apetecidos panecillos. Contemplé desprevenido a lado y lado el tránsito atascado, suponiendo  la razón por la cual en una lejana época de su vida colonial los bogotanos bautizaron esta vía con un nombre sugestivamente indigesto: “calle del afán”.

No tendría seis años, estaba vestido de harapos, sus zapatos desechos y diferentes uno del otro, un niño de mirada lánguida con su mano extendida me imploró que le diera de lo que yo comía. Mi reacción instantánea fue agreste, con tal vehemencia, que huyó de puro miedo. 

Crucé luego la agitada avenida para ingresar a mi oficina en uno de los pisos altos del edificio Procoil pero, al sentarme en mi silla de trabajo, un sentimiento de reproche me invadió. Apresurado bajé y rumbo a la tienda de dulces en pos de encontrar al desventurado pelafustán que, desde luego, ya no andaba por allí.

“Juan José”, el niño de la historia.

Compré unos panes y salí a buscarlo, di varias vueltas a las manzanas cercanas antes de encontrarlo en la parte trasera del edificio de la Academia de la Lengua. Imaginé la forma de conversar con él, no sabía qué decirle, y cuando al fin logré acercarme me rechazó. El daño ya estaba hecho. Insistiendo, le pedí que me perdonara por la forma como lo había tratado, le dije que aquel mal momento  ya  había pasado. Entonces estiró nerviosamente su brazo izquierdo para recibir con justificado temor los panes. Le pregunté su nombre y me dijo: “Juan José”;  mi mente trajo de inmediato la connotación bíblica de esos dos nombres juntos que para nada le servían.  Me dijo que no tenía apellido, y agregó que su madre de pura pobreza lo había lanzado a la calle con un hermano menor de quien no sabía dónde andaba. Sentí que este niño sobrevivía porque la naturaleza suele ser benevolente , la pobreza no es solo la falta de bienes, es además el vacío de una esperanza en un futuro.

Nos hicimos amigos sin presentación previa. Me preguntó si yo era costeño, le dije que sí, y que  estaba casi siempre por aquí a esta hora, de modo que si me volvía a ver, me hablara pues le proveería de algo para comer . Así ocurrió por un tiempo. Cuando me veía, de lejos emitía su grito juvenil: “¡Costeño!”. Yo le respondía con el distintivo que para él inventé: “Quihubo Juanjo".

Más de una vez, nos tropezamos hasta cuando un día no volví a verlo. Después de indagar por él infructuosamente, al describírselo a uno de la  gallada, de manera espeluznante me contó con detalles la manera como un bus lo había arrollado cerca de San Victorino a la altura de la carrera décima, y había muerto. Un impacto penoso me sacudió al instante, al imaginar su final, pues hay fenómenos que sin percatarnos, nos igualan. Por ejemplo,  el dolor y, al final, la muerte.

Sin doliente, ni una luminaria siquiera, sin un rezo por su ánima desierta e inocente y sin un nombre, y la manera como sus despojos fueron a parar, sin identidad y para siempre, a una fosa común. Solo le faltó para ser nadie, haber venido a este mundo sin huellas dactilares.

Reviví la escena del día que lo maltraté, motivo para esta reflexión que se extiende hacia experiencias y observaciones sobre vidas limitadas. Un evento contra toda razón, de ocurrencia humana en un día corriente e inesperado cuando un suceso previsible se convirtió en experticia para este relato en evocación de una  vida humilde e irrecuperable. 

He recordado por este hecho y en forma repetida algunos detalles comparativos  sobre aquellos que, al nacer, tuvieron la valoración afectiva de una familia, una cuna acogedora donde dormir, la recreación que activó en momentos su espíritu. A quienes   reiteran  que la infancia es la etapa más bella de la vida, seguramente lo es  para algunos, un paradigma  originado en la literatura sublimada de los privilegiados, por quienes vivieron una infancia holgada y  desconocen a quienes  han sufrido una niñez restringida y escasa, pobre y dolorosa, contrarios a la de los sobresaturados de caricias, y atenciones  repletas de juegos infantiles porque compartieron  a un mismo  Dios eternamente  niño.  Son los  convivientes vacacionales entre iguales  en praderas repletas de sol, contemporáneos de una misma clase y especie que han disfrutado de amaestradas cabalgaduras y  a su  edad adulta  sopesan su pasado. Son  aquellos que lo han tenido todo y lo tienen y una vez, asomados a la vejez, recuerdan  momentos no perdurables pero  placenteros, con un sentimiento de nostalgia que  los envuelve en  ese pasado que no se repite y ya alejadas de sus hazañas de niño, añoran repetirlos. Así es de injusta la sociedad…

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