Del campo a un albergue: la historia de un hombre que lo perdió todo por el desbordamiento del río Sinú
Por la creciente perdió sus gallinas, cerdos y los cultivos que sostenían a su familia.
En un salón de clases convertido en albergue temporal, con pupitres amontonados contra las paredes, colchones apoyados en los rincones y ropa tendida en las ventanas, José Julián Castaño mira su celular mientras espera noticias sobre cuándo podrá volver a su tierra.
El campesino, padre de cinco niños, es uno de los miles de damnificados que dejó la reciente crecida del río Sinú en la zona rural del municipio de Tierralta, en el departamento colombiano de Córdoba.
"Se perdió todo, menos la vida", resumió Castaño, agricultor de la aldea de Puertas Negras, ubicado a orillas del río que hace una semana se salió de su cauce e inundó todo a su paso desde la parte alta ubicada en el noroeste de Colombia.
El hombre cuenta que la emergencia llegó sin aviso, porque el agua empezó a subir y él decidió esperar, como otras veces, a ver si la creciente se detenía, pero esta vez no ocurrió porque el agua terminó entrando hace cuatro días a su casa y alcanzó cerca de un metro de altura. Así perdió sus gallinas, cerdos y los cultivos que sostenían a su familia.
"Lo único que no se perdió fueron las vidas de nosotros", insistió.
La evacuación vino después, cuando ya no había forma de permanecer en la vivienda, por lo que Castaño y su familia, parte de un grupo de 21 personas, fueron trasladados a albergues improvisados por la Alcaldía en escuelas e iglesias de la zona.
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La ayuda humanitaria comenzó a llegar en los últimos días pero para él ha sido insuficiente porque, según relató, cuando fue a buscar víveres para cocinar, solo le dieron "cinco libras de arroz y tres bolsitas de espagueti".
No hubo alerta
El campesino aseguró que no recibieron ninguna alerta para evacuar: "No, nada, nada. Ahí no hubo alerta de nada" afirmó.
Y aunque reconoce que en la zona son frecuentes las crecidas del río Sinú, dice que el temor ahora es distinto porque "antes venían tres o cuatro crecientes al año" y se sabía por dónde pasaba el agua.

Pero ahora vive con "el miedo de que se caiga ese muro", en referencia a la represa de la central hidroeléctrica de Urrá, la única de la zona norte de Colombia, que tiene cuatro turbinas con una capacidad instalada de producción de 340 MW.
El embalse, situado a 276 kilómetros de la desembocadura del río Sinú, tiene un área de 7.988 hectáreas que almacenan 1.616 millones de metros cúbicos de agua.
El vertedero de Urrá, que según la empresa sirve también para regular el flujo de agua, tiene una capacidad máxima de descarga cercana a los 9.000 metros cúbicos por segundo que caen al cauce del Sinú.
Eso, según los campesinos, agudiza aguas abajo una emergencia que comenzó con las lluvias atípicas en esta época del año en el país, producto del frente frío del Ártico que llegó hasta el sur del Caribe.
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Mientras los damnificados esperan respuestas, el Gobierno nacional y las autoridades locales intentan atender la emergencia.
Hasta la zona llegó el jueves el director de la estatal Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Carlos Carrillo, quien a pocos metros de donde Castaño contaba su tragedia informaba de la llegada de un vuelo de la Fuerza Aérea con más de diez toneladas de ayuda trasladadas desde Bogotá.
Según explicó, la asistencia incluye kits alimentarios, de cocina y de higiene personal, además de hamacas y sábanas, y su entrega "depende del registro de las familias en el censo oficial de damnificados que realizan las autoridades municipales".
Miles de damnificados
Entre tanto el alcalde de Tierralta, Jesús David Contreras, señaló que la situación "sigue siendo crítica en las zonas rurales ribereñas", y según el balance preliminar, unas 60 aldeas permanecen inundadas, con más de 5.100 familias damnificadas y alrededor de 8.000 hectáreas de cultivos perdidas.
Actualmente, indica el alcalde, funcionan 36 albergues temporales en el municipio, donde las comunidades reciben alimentación diaria mientras las aguas comienzan a descender.
Para Castaño, sin embargo, la preocupación va más allá de la ayuda inmediata: "¿Ahora qué hacemos?", pregunta.
"El sustento de nosotros era la vereda, la yuca, el plátano, la papaya, y todo eso se cayó. Vienen, hacen un censo, te dan un poquito de comida y se acaba todo", lamentó sentado en un pupitre que ya no es de escuela sino de refugio, mientras espera que el río baje y que llegue una respuesta que le permita volver a empezar, lejos del agua que esta vez no dio aviso.
EFE.