La gente de mi tierra
Ellos no pueden escuchar una cumbia o un bullerengue porque enseguida empiezan a mover los hombros, los pies o la cabeza. Pelan el diente al primer desconocido y se ríen a carcajadas; las más auténticas carcajadas que jamás persona alguna escuchará.
No sienten culpa por contar sus problemas a todo pulmón, y buscan en la mirada de cualquier desconocido, algún signo de aprobación. No tienen vergüenza, no les importa si los critican o los miran mal. Hacen amigos por doquier y entregan todo, sin esperar nada.
Salen corriendo en bandada si a alguien lo atracan, y no tienen pelos en la lengua para decirte que te caíste del bus (cuando te cortaste el cabello). Se comen las palabras, y son orgullosos de eso, porque entre más golpeado, deschavetado y enredado hablan, se sienten más caribeños.
Nunca lloran por bobadas, porque su estado de ánimo es siempre alegría. No se complican con las más tontas trivialidades y cuando quieren contentarse con alguien, se lucen invitándolo a bailar salsa a La Troja, o gastándole una boleta para un partido de Colombia.
Si les caes mal te lo harán saber de una vez, por lo que con ellos no debes esperar sorpresas. Son los mejores amigos, los más incondicionales, divertidos, amenos, sinceros, dicharacheros y honestos.
Cuando son músicos son los mejores de este país. Y es que cómo no serlo si por sus venas corre una combinación bestial: el agua salada del mar, su arena, sus estrellitas, sus caracolas, y por el otro lado, el agua dulce del río, sus pescaditos, sus chalupas y la fuerza de su caudalosa corriente.
Y ni hablar de sus fiestas. ¡Nunca se ha visto en todos los tiempos festividad más monocuca, más colorida, más vibrante, más enérgica! Quien haya tenido el placer de gozar de tan inolvidables fiestas, asegurará con toda franqueza que no hay una más singular. Allí puedes encontrar abrazados a Chávez y a Uribe, ver a los negros pintados de negro, al único hombre con moñitos, las mejores danzas del continente, las carrozas más festivas, los bailarines más talentosos y la música más arrolladora que te hará delirar.
Cómo no quererlos en la distancia, cómo no amar sus singularidades. Cómo no extrañar el grito del vendedor de peto a lo lejos, la sinfonía de Beethoven desdibujada por la brisa, que era la más fiel premonición de que se acercaba el carrito de helados.
Cómo no extrañar el “man” de las butifarras, las fiestas donde cerraban cuadras enteras, los grupos de amigos conversando en centros comerciales, o en algún parque. Cómo no extrañar el “cógela suave”, porque para ellos no hay vicisitudes que no se puedan franquear, porque para ellos los afanes de la vida no son tales, porque ellos viven de verdad, no solo en función de un trabajo o de lo que, se supone, son las grandes responsabilidades de la vida.
Les dicen flojos porque no caminan como locos para llegar a un lugar, no empujan a nadie para tomar un bus porque no tienen afán de llegar, se toman su tiempo para hacer un trabajo bien hecho y porque tienen dos horas de almuerzo.
Lo que no entienden quienes no los conocen es que ellos viven un día a la vez, el presente… lo único cierto y real, como si fuera el último, al máximo, con el 100% de la energía, con la mejor actitud. Y que esas dos horas de almuerzo las toman para ir a su casa, ver a sus hijos, besar a sus madres, y almorzar en familia. Lo que no entienden es que para ellos es más importante forjar relaciones, crear lazos de amistad o de amor. Ellos entienden a la perfección que no son máquinas de trabajo, que son humanos, de carne hueso, que respiran, que se agotan, que se fatigan con 32 grados de temperatura continua todos los días, los 365 del año. Hacen lo que pueden cuando pueden y no ponen en riesgo lo más importante: su familia.
Cuando son intelectuales, son los más comprometidos, concienzudos y responsables que haya conocido. Encuentran pasión en los más diversos temas, y se destacan porque su trabajo es una simbiosis entre el profesionalismo y el desparpajo para decir los que se piensa sin tabúes, claramente.
Gente mía, esta es una exaltación de lo que los hace grandes. Me faltó decir que lo que más amo de ustedes es ese gran corazón con más habitaciones que un cuarto de hotel, como lo dijo nuestro Nobel. Porque después de haber conocido tanta gente de aquí y de allá, puedo decirles, sin temor a equivocarme, que no hay nadie como ustedes, gente de mi tierra.